Dido y Eneas: Purcell, del barroco a la actualidad

Pablo Kohan
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9 de junio de 2016  

Dido y Eneas / Ópera de Henry Purcell: con Aurore Ugolin (Dido), Reuben Willcox (Eneas), Debora York (Belinda), Fabrice Mantegna (la hechicera) (Hechicero), elenco y cuerpo de baile akademie für alte musik berlin y coro vocalconsort berlin / Dirección musical: Christopher Moulds / Coreografía y dirección general: Sasha Waltz / Función del gran abono. Teatro Colón / Nuestra opinión: Excelente.

Los amantes de las taxonomías y los devotos de los límites claros van a encontrarse con demasiadas dificultades para encasillar a este Dido y Eneas dentro de la ópera o dentro del ballet. Como fuere, el espectáculo escénico de una ópera barroca en versión coreográfica dentro de la temporada lírica del Teatro Colón, así de contradictorio (los recelosos, seguramente dirían sospechoso) como aparentemente suena, es un espectáculo maravilloso, de belleza visual y auditiva inconmensurable, y cuya clasificación es absolutamente prescindible.

La ópera de Purcell ha sido modificada de modo virtuoso, de algún modo, en las antípodas de aquel malhadado Colón Ring, de 2012. Si en aquella oportunidad la Tetralogía de Wagner sufrió recortes tan amplios como poco venturosos -en realidad, una verdadera mutilación- para poder ser ofrecidos en una sola jornada, este Dido y Eneas ha sido extendido con la inclusión de pasajes de otras obras escénicas e instrumentales de Purcell que le permitieron a Sasha Waltz ampliar el panorama y el tiempo para crear una propuesta escénica deslumbrante, un extrañísimo mosaico de altísima congruencia artística, un auténtico derroche de fantasía y creatividad.

En el programa de mano dice que Dido y Eneas es una "ópera en un prólogo y tres actos". En su realización, efectivamente, esta ópera-ballet (o viceversa) puede ser escindida en un prólogo (inexistente en la ópera original de Purcell) y los tres actos que le continúan. Atemporal, con textos hablados en inglés que remiten al mundo marino y a mitologías varias, el prólogo, con exquisitas músicas de Purcell escogidas para la ocasión, está centrado en una gigantesca pecera rectangular a la que van accediendo y de ella saliendo los bailarines-actores. El inmenso recipiente, suspendido sobre potentes focos que apuntan hacia arriba y por delante un abismal fondo negrísimo, es el centro de una acción coreográfica y acuática particularmente bella. Tras un poco más de un cuarto de hora se cierra el telón, y con los sonidos originales de la obertura de Dido y Eneas comienza efectivamente la ópera. El prólogo había sido impactante. Lo que vendría a continuación, más sorprendente y admirable aún.

Waltz divide a cada personaje en cantantes y bailarines. Dido, por caso, no es sólo la excelente mezzosoprano Aurore Ugolin, sino también Yael Schnell y Michal Mualem, dos bailarinas de aptitudes y talentos ilimitados. Pero además, la directora exige (y obtiene las respuestas adecuadas) de cada cantante movimientos escénicos, coreográficos y actorales que funden aún más la acción y le otorgan una unicidad invulnerable. Del mismo modo, los cantantes del coro, sobre el escenario, se mueven con una destreza llamativa y suman su aporte para que la plástica del conjunto sea más coherente aún.

Describir o enumerar la multiplicidad infinita de movimientos y estímulos visuales que tienen lugar sobre el escenario sería un acto de banalización imperdonable. Sí cabe mencionar que la acción sucinta y apretada del libreto original de Nahum Tate se ve extendida por la incorporación de otras músicas, con sus correspondientes coreografías, y también por el agregado de danzas silenciosas y abstractas y por acciones teatrales que permiten el ingreso de otras miradas y otros comentarios sobre el argumento. Al mismo tiempo es menester señalar que la tensión no decae en ningún momento y que la atención se ve atraída por incitaciones escénicas de variedad ilimitada. También hay que señalar que la escena final -el llamado de Dido a Belinda, su lamento y el último número coral- es presentada sin alteraciones. Después de todo, ni a Sasha Waltz se le ocurriría perturbar esa continuidad y esos contenidos que hacen del final de Dido y Eneas uno de los más conmovedores de la historia de la ópera.

Si bien los sucesos que tienen lugar sobre el escenario constituyen la atracción central del espectáculo, es necesario destacar las excelencias de cada uno de los cantantes en lo estrictamente musical. El timbre oscuro de la voz de Ugolin, la presencia poderosa de Reuben Willcox, el lirismo y la dulzura del canto de Debora York y hasta la simpatía arrolladora del canto de esta hechicera masculina que construye Fabrice Mantegna, se destacan por sobre y por entre los movimientos del conjunto general. Impecables, musicales y atrapantes todos los sonidos emitidos por ese ensamble de excelencia que es la Akademie für Alte Musik Berlin, dirigida por Christopher Moulds, y las voces del Vocalconsort Berlin. Pero en esta ópera-ballet, además, son medulares esos bailarines tan incansables como talentosos que se funden íntimamente con los cantantes recién nombrados. Ellos son Yael Schnell, Michal Mualem, Virgis Puodziunas, Manuel Pérez Torres, Sasa Queliz, Takako Suzuki, Gyung Moo Kim y Jirí Bartovanec.

Poco más de una hora y media dura este Dido y Eneas de Purcell. Como pocas veces con una ópera hay que resaltar que sus sonidos son sólo una parte del producto final. Esta ópera barroca con instrumentos de época y, al mismo tiempo, un ballet contemporáneo es un espectáculo extraordinario creado por Sasha Waltz, una artista superior. No presenciarlo será un error irreparable.

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