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El poder de la moda: un extraño cóctel de géneros

Fernando López
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9 de junio de 2016  

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El poder de la moda (The Dressmaker, AUSTRALIA/2015, hablada en inglés) / Dirección: Jocelyn Moorhouse / Guión: Jocelyn Moorhouse y P. J. Hogan, sobre la novela de Rosalie Ham / Fotografía: Donald McAlpine / Edición: Jill Bilcock / Música: Deavid Hirschfelder / Diseño de producción: Roger Ford / Elenco: Kate Winslet , Judy Davis, Liam Hemsworth, Hugo Weaving, Julia Blake, Shane Bourne / Distribuidora: Energía Entusiasta / Duración: 118 minutos / Calificación: apta para mayores de 13 años, con reservas / Nuestra opinión: Regular.

Estoy de vuelta, bastardos." Pronunciadas en un escenario apartado e inhóspito, tales palabras anuncian que quien ha llegado regresa tras muchos años, en busca de un ajuste de cuentas con el pasado, de redención o de venganza. Parece un western, pero quien llega no carga armas sino una máquina de coser y lo que anuncia es apenas, en el fondo, una primera muestra de la facilidad y el desparpajo con que Jocelyn Moorhouse (Amores que nunca se olvidan, En lo profundo del corazón, La prueba) cambiará de género y de tono a cada rato a lo largo de dos horas de proyección. Y al mismo tiempo demostrará que quizá la idea de reaparecer como directora después de casi veinte años de dedicarse a colaborar con su marido (P. J. Hogan, el de El casamiento de Muriel y La boda de mi mejor amigo) no fue demasiado feliz.

Es cierto que la extraña mezcolanza (western spaghetti, melodrama sentimental, comedia negra, humor disparatado o grotesco y algún apunte de tragedia) provienen del original literario (un gran éxito en Australia), pero también porque la realizadora, que no se caracteriza por su rigor, no siempre logra armonizar materiales tan discordantes y –-quizás entusiasmada por el talento de su notable elenco, secundarios incluidos–-, toma rumbos diversos, lo que no sólo extiende el relato en busca de un final, sino que éste, tras varios intentos, resulta caótico y bastante forzado.

El atrevimiento de Moorhouse –_-con sus esporádicos aciertos y sus desbordes, se verá–- va bastante más allá del desfile de extravagante alta costura en el imaginario ambiente rural de una Australia de los años 50. Allí llega Myrtle "Tilly" Dunnage, la mujer que de pequeña debió dejar el poblado acusada de haber causado la muerte de un chico y terminó haciendo carrera en Europa como diseñadora de modas. En su tierra, nadie la espera; ni siquiera su madre, que a la humillación sufrida a por su familia a causa de la presuntamente falsa acusación de Tilly, respondió viviendo apartada de todos, en absoluto estado de abandono y sin memoria. La mayoría –incluso las que al poco tiempo se convertirán en futuras clientas cuando descubran que gracias a sus virtudes para la costura pueden ganar el atractivo que nunca tuvieron–- sigue culpándola por el pasado. Con excepción de un muchacho joven, Teddy (Liam Hemsworth), que terminará enamorándose de ella, en uno de los muchísimos cambios de rumbo que el guion emprende hasta enredarse entre tanta confusión y tanta necesidad de justificar conductas que a veces divierten y a veces desconciertan. Al frente del elenco, y a pesar de personajes que andan a los tumbos como quiere el guion, se lucen, como siempre, Kate Winslet, como la protagonista, y (casi desconocida) la admirable Judy Davis, a quien no veíamos desde que acompañó a Woody Allen en A Roma con amor.

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