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Diseñadores: la imaginación al poder

Ellos son comunicadores, inventores, provocadores, productores de sentido, cazadores de soluciones en una realidad vertiginosa y en cambio constante. Siete creadores argentinos de distintas especialidades develan, en sus historias como emprendedores, su personal –y masculina– visión del mundo
Sol Levinton
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19 de junio de 2016  • 00:09

Mariano Stampella (software)

A los seis años recibió con ilusión desenfrenada una Commodore 64. A los doce se anotó en una escuela técnica para especializarse en sistemas. En el secundario participó de las olimpíadas de Informática, conoció la UBA y ya no hubo lugar a dudas: quería ser ingeniero informático.

Mariano Stampella
Mariano Stampella Fuente: LA NACION - Crédito: Paula Teller

Lo que lo sedujo, dice, fue la posibilidad de diseñar nuevos lenguajes: "Lo que me fascina es la inteligencia artificial y cómo, desde el software, vivimos desafiando y recodificando las reglas de la sociedad". Y en eso anda: desde FDV Solutions, la empresa que montó hace diez años, su trabajo consiste en ayudar a empresas y emprendedores a diseñar aplicaciones o plataformas que resuelven sus problemas, o los de sus usuarios. Uno de esos proyectos fue DANE, una aplicación pensada para chicos con síndrome de Down, autismo y afasia que hoy se utiliza en colegios integradores. "Apareció con la misma pasión con la que nació mi vocación: crear formas de comunicarnos, en este caso para incluir", apunta. Y en plena revolución digital, donde dispositivos y redes se masificaron hasta el infinito, advierte que el diseño "debe elegir entre volverse un bien de consumo o uno de cambio social mucho más profundo".

"Vivimos en un mundo hiperdiseñado de dispositivos ínfimos, lujosos, que resuelven apenas problemáticas que casi no existen. El diseño nos cambia la vida muchas veces, pero no a todos. La democratización del diseño sólo es posible si se toma conciencia de su valor e importancia como factor de cambio social".

Pablo Jeifetz (vajilla)

Pablo Jeifetz
Pablo Jeifetz Fuente: LA NACION - Crédito: Paula Teller

Recorriendo bazares con su amigo y socio Guido Izbicki, Pablo Jeifetz descubrió que el diseño no había colonizado el terreno aún virgen de la gastronomía. Eran tiempos difíciles: corría el año 2000 y el estudio que habían montado apenas daba ganancia. La idea había aflorado a partir de un brainstorming urgente. Necesitaban empezar a producir piezas propias para salir a vender pero, primero, debían encontrar un leitmotiv. Así se les ocurrió investigar la cocina.

"Lo más difícil era mostrarle al mercado que se podían hacer cosas nuevas, por eso creamos cinco modelos fundacionales hechos en cerámica que tenían la frescura de lo inédito, eran intuitivos y funcionaron", cuenta Pablo, diseñador industrial, sobre aquellos prototipos de platos, cazuelas y bowls con un plus creativo.

Entre ésos estuvo Marleena, un plato con recipiente para salsas o aderezos incluido, que ganó el primer premio en la categoría de productos para el hogar del concurso Presente en 2006 y que despertó el interés de la prensa. El resto fue la génesis de lo que hoy es Ajídiseño: encargos para hoteles como el Marriot y el NH, un stand en Hotelga (feria de proveedores de hotelería y gastronomía) y, después, Orilla, su primera línea completa.

"Lo más difícil fue aprender el idioma, porque al principio nos decían palabras como dip o chutney y no sabíamos de qué hablaban o lo que pensábamos que medía seis centímetros medía seis milímetros", recuerda. "Cuando nosotros empezamos era más difícil porque había que explicar qué era el diseño. Hoy es un sello de validez que se usa para todo y en cualquier cosa, hay un exceso", advierte.

Rodrigo Matta (sustentabilidad)

Rodrigo Matta
Rodrigo Matta Fuente: LA NACION - Crédito: Paula Teller

Para comprar su primera máquina de carpintería tuvo que dejar en garantía el reloj de su abuelo: no podía pagarla. Por ese entonces, Rodrigo Matta sólo había trabajado en la fábrica de plástico de su papá y de este nuevo oficio no sabía casi nada. Cuando un amigo le pidió que copiara un mueble que había visto en una de esas tiendas exclusivas y disparatadamente caras, se sorprendió: "Quedó increíble", recuerda. Y se entusiasmó.

No tenía ni treinta años cuando esa habilidad encubierta afloró en una sociedad junto a un arquitecto trabajando en bancos, supermercados, edificios, mobiliarios; y no tenía ni cuarenta cuando decidió que su vida tenía que parecerse a otra cosa. Esa otra cosa fue su propio taller.

"Siempre fui un enfermo por el cuidado del medioambiente. Ya en la fábrica de mi papá me enloquecía pensar la cantidad de material que se usaba para hacer cubiertos descartables que la gente desechaba en menos de cinco minutos. Cuando empecé a desarrollar muebles descubrí que tirábamos tres volquetes de madera por semana, así que el primer impulso fue hacerlos con madera reciclada", dice para explicar el origen de Talleres Sustentables, que hoy ya tiene dos locales y un tercero por abrir en Norcenter.

"Ningún mueble es más hermoso ni más útil que un árbol", es el lema de su marca que trabaja con madera de reforestación o recuperada de demolición, lacas al agua, telas de algodón; es decir, materiales que, en su conjunto, son reutilizables hasta el infinito. "Para mí la sustentabilidad no es una elección sino una obligación. El problema es que hoy todavía es más caro; el día que incluyan el costo ambiental de usar especies que tardan 300 años en crecer, la cosa se va a dar vuelta", aventura.

"Lo positivo es que está todo por hacer y cada vez hay más cosas nuevas. En nuestro país el desafío es diseñar algo buenísimo con los materiales que tenemos".

Gustavo Samuelian (moda)

Gustavo Samuelian
Gustavo Samuelian Fuente: LA NACION - Crédito: Paula Teller

No quería un nombre francés; nada que sonara glamoroso ni sofisticado. A su marca de moda masculina, que hoy tiene 16 locales en todo el país, Gustavo Samuelian le puso Bolivia. Igual que sucede con sus colecciones, la naturaleza del proyecto que vio la luz en 2005 era molestar, ir contracorriente, estar fuera de contexto.

Bolivia se llamó entonces, un poco porque desde el imaginario no alude a nada necesariamente primoroso pero, además, porque Gustavo tenía siete años cuando en un Atlas descubrió que la independencia de ese país se celebraba el mismo día de su cumpleaños.

Hijo de una modista de alta costura, le bastaron dos meses en una escuela de diseño de indumentaria para decidir su destino: creador autodidacta. Empezó en un local como vendedor, luego fue encargado y gerente hasta que, a los 35 años, se atrevió a dar el salto. "Nunca me gustaba la ropa. Siempre modifiqué las prendas que compraba, metía mano, y pensando cómo haría la ropa que me pondría yo, me decidí a crear mi marca", cuenta. Y apostó por lo osado, lo disruptivo; por una identidad con carácter que nunca procuró estar a la moda. "En los 80 y 90 había grandes ejércitos de personas vestidas igual, como un conglomerado; hoy vamos hacia un paradigma mucho menos piramidal y más democrático", analiza. "El mundo del diseño hoy pasa por la artesanía compleja, por poner el corazón y el alma en lo que hacés. Por eso para mí es un honor que alguien se ponga esa prenda que en algún momento fue un sueño". Cada una de las creaciones de su marca se gestan al calor de su antojo: "Puede ser un pantalón ancho como los que usan los encargados de edificio para trabajar, algo que vi en una feria o que me llamó la atención en la calle".

"En estos once años Bolivia fue mutando conmigo. No existe la quietud y en ese movimiento yo pongo mi impronta. Nunca compré esa idea de cinco tipos sentados en una mesa explicando lo que quiere la gente".

Cristian Turdera (ilustrador)

Cristian Turdera
Cristian Turdera Fuente: LA NACION - Crédito: Paula Teller

Mucho antes de que su imaginario luminoso apareciera plasmado en rompecabezas, vinilos, posters, discos, agendas, calendarios, comerciales para la tele, animaciones, diarios y libros en la Argentina y otras partes del mundo, Cristian Turdera pensaba que iba a ser arquitecto.

Un paso breve por el universo de los planos y descubrió que lo suyo, en realidad, era el trazo liberado. Y como todavía no existía algo semejante a una carrera de ilustrador, se convirtió en diseñador gráfico, aunque siempre supo que sería bigamo de profesión. "Llevo las dos cosas en paralelo; me valgo del diseño para ilustrar y de la ilustración para diseñar. Ambos oficios trabajan con un sentido comunicacional,

y cada vez con mayor decisión trato de ejercerlos al mismo tiempo", afirma Cristian, cuyas creaciones también revolotean en más de veinte libros que incluyen joyas como La reina Mab, el hada de las pesadillas, sobre textos de William Shakespeare.

"Lo interesante de este oficio es ubicarte en el lugar creativo que más te interesa, aunque es importante nunca perder la capacidad de seguir buscando". Y ese lugar para él es la infancia; un estadío sensorial que le funciona como un bolsillo inagotable de recursos creativos: "Los cumpleaños, los parques, la calesita, cosas que tengo dando vueltas en la cabeza y forman parte de un ritual que me interesa rescatar, me da felicidad". Pero aquel semillero de recuerdos luminosos para él es sólo un tamiz, porque avanzar es ir mutando y trabajar en muchas líneas diferentes. Es que si hay algo que define al diseño hoy es su capacidad de discurrir, de manera omnipresente, por soportes y plataformas. "Lo importante son las ideas y las personas", reflexiona Cristian. "La multiplicación del concepto de diseño es una respuesta interesante a tantos años de estandarización, es la vuelta a lo artesanal, porque los libros internacionales, los productos, las ferias de diseño, comienzan siempre con una persona sentada sola con un lápiz y un papel".

Juan Doberti (360)

Juan Doberti
Juan Doberti Fuente: LA NACION - Crédito: Paula Teller

Este diseñador industrial (objetos, logos, espacios) supo que la identidad no es un compartimiento estanco, sino un legado que debe tener la capacidad de adaptarse y mutar en el tiempo para sobrevivir. Y convirtió ese principio en el capital distintivo de su portfolio creativo.

Por eso el súmum, la quintaesencia de su aún joven pero contundente carrera, exhibe un sello de innegable filiación argentina: el rediseño de la emblemática silla BKF, inventada por tres compatriotas en 1938 y que él recreó en hormigón para multiplicarla en distintas plazas y espacios públicos de Buenos Aires. "Para mí significó una búsqueda para enaltecer algo propio y contribuir a nuestra identidad; porque en lo personal aspiro a la construcción de algo que pueda reconocerse argentino", explica. Diseñador industrial e hijo de dos renombrados docentes de la Facultad de Arquitectura de la UBA, capitalizó los preceptos de ambos universos: "El valor distintivo de mi trabajo es saber cómo vincular un producto con el espacio donde se encuentra".

Porque no sólo de BKFs está hecho su inventario creativo. Su nombre está fuertemente asociado al diseño de identidad corporativa, aunque también se dedicó a la creación de mobiliario de fabricación seriada, de espacios privados de uso público como bares, discotecas y otros locales comerciales y, en el área de comunicación, desarrolló el diseño del programa deportivo emblemático de la década del 90, Fútbol de primera.

"Tengo vocación por lo disruptivo, por encontrar innovación y cambio. Pero cuando trabajo con lo público, que es un espacio de todos y convoca grandes confluencias de gente, busco provocar con el objeto de que eso se transforme también en parte de nuestra cultura nacional", explica.

Por eso considera clave la puesta en valor del diseño. Porque, afirma, "hace veinte años la gente no lo percibía como un recurso estratégico, mientras que hoy se lo considera como algo capital".

Marcelo Gabriele (gráfica)

Marcelo Gabriele
Marcelo Gabriele Fuente: LA NACION - Crédito: Paula Teller

"Un diseñador gráfico podrá hacer tapas de discos". Como una invocación divina, el folleto que llegó a manos de Marcelo Gabriele y que anunciaba sin demasiada precisión la aparición de una nueva carrera contenía, a la vez, la única precisión que él necesitaba.

Aquel instante celestial, en la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Buenos Aires, su rumbo profesional – un posible arquitecto sin demasiadas convicciones– se torció. "Después de recibirme trabajé quince años como diseñador en la industria discográfica", explica, tal vez para apuntalar aquella epifanía precedida de una juventud apasionada por el mundo del rock y la cultura under, en la primavera alfonsinista.

"Comencé a estudiar diseño gráfico entendiéndolo como un elemento más de la cultura". Y por eso montó con su amigo/socio Rubén Scaramuzzino, que por entonces se había ido a vivir a Zaragoza, el estudio y la revista de cultura rockera Zona de Obras.

"No queríamos una publicación con la típica foto de un músico en la tapa. Innovar con el absurdo gráfico en las portadas fue una ruptura importante", recuerda. "Todo diseño es social y toda pieza gráfica produce sentido, genera ideología y constituye también una forma de crítica".

Hoy, con una amplia trayectoria que incluye el rol de profesor titular de Diseño Gráfico I, II y III de la Facultad de Arquitectura de la UBA, Marcelo continúa apostando a concebir su trabajo como una herramienta transformadora. "Si existe la determinación entre los diseñadores, será posible reinventar la profesión las veces que sea necesario. En un futuro nos imagino como parte de todo el proceso de producción de mensajes y cosas, con el objetivo de hacerle entender a la gente las consecuencias de elegir un producto o marca sobre otra".

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