Premio Nobel al choreo

Graciela Guadalupe
Graciela Guadalupe LA NACION
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19 de junio de 2016  

"El enriquecimiento de Lázaro Báez siendo cajero bancario es para un Premio Nobel." (Del fiscal José María Campagnoli.)

Ni la física, ni la química, ni la economía, ni la medicina. La categoría estrella de los premios Nobel todavía no fue inscripta, pero ya tiene una parva de candidatos argentinos. Parafraseando al fiscal Campagnoli , se impone darle un premio al vaciamiento de las arcas del Estado en beneficio propio o, para decirlo en criollo, al choreo estatal. Ganamos seguro.

No será un premio digno de dignidad, como quien dice, pero es un reconocimiento que se hace imprescindible dada la creciente nómina de postulantes. ¿Cuántos ex cajeros de banco en el mundo superan un patrimonio de 700 millones de pesos, como se calcula que tendría Lázaro Báez?, ¿cuántos ex funcionarios de obra pública andan por la vida tirando bolsos llenos de dólares, euros y joyas en el jardín de un convento, como el Lopecito del kirchnerismo?, ¿acaso no se necesita un galardón como el Nobel para superar el de Patriota del Pueblo y de la Patria que recibió Amado Boudou en el hotel Bauen de parte de la agrupación K La Oesterheld?

Es hora de que alguien reconozca la eficacia que en su momento y para no ir tan lejos -ni en el tiempo, ni en el mapa- tuvieron nuestro comprovinciano Mario Fendrich, el subtesorero del Banco Nación a quien nunca le encontraron los 3 millones de dólares que robó en Santa Fe, y el ya célebre ladrón uruguayo Luis Vitette Sellanes, cerebro del millonario atraco "subacuático" al banco Río de Acassuso, que le permitió abrir una joyería en su país, desde donde pregona que nunca se arrepentirá de lo que hizo porque al éxito no se lo niega.

Eso sí: habría que acotar el premio a la eficacia y dejar afuera la valentía. Si no, no podrían recibirlo ni Báez , viejo pasajero frecuente al que atraparon por volar sin plan de vuelo; ni el prófugo Pérez Corradi, que le manoteó la identidad a un muerto; ni Jorge Chueco, el abogado cercano a Lázaro que amenazaba con suicidarse mientras hacía postas en diferentes hoteles y cruzaba la frontera del país en moto; ni Manuel Vázquez, acusado de ser testaferro de Ricardo Jaime y que no tuvo mejor idea que esconderse en un placard cuando la Gendarmería entraba en su casa al grito de "¡piedra libre para Manolito!".

Habría que sondear también si van a dar algún premio al arrepentido. No al que se retracta, sino al que boquea para que le bajen la pena. El otro siempre tiene la opción de ir a llorar al monasterio.

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