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La primera biblioteca pública del país, de fiesta

Miguel Ángel De Marco
Miguel Ángel De Marco PARA LA NACION
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20 de junio de 2016  

Corría el año 1866. El país estaba empeñado en una agotadora guerra exterior, la del Paraguay, que segaba vidas y obligaba a dedicar buena parte de los recursos de la Nación y las provincias al sostenimiento del esfuerzo bélico. El presidente de la República, Bartolomé Mitre, se hallaba en el frente de batalla, y el vicepresidente, Marcos Paz, ejercía la conducción del Estado. En el interior se advertía una agitación política precursora de nuevos enfrentamientos fratricidas y, como en Buenos Aires, se sufría la ausencia de padres, esposos, hijos y hermanos, que afrontaban juntos el peligro en tierras lejanas.

Pese a todo, en San Juan crecía cada vez con más fuerza la idea de crear una biblioteca pública que completara otras medidas en favor de la educación y la cultura impulsadas durante el gobierno local de Sarmiento, por entonces ministro plenipotenciario argentino en los Estados Unidos. El primer mandatario de la provincia, Camilo Rojo, se hizo eco de la iniciativa y creó, el 2 de mayo de aquel año, una comisión compuesta por los doctores Isidoro Albarracín, Luis Tamini y José Benjamín de la Vega, con el fin de promover la constitución de una entidad sustentada en la suscripción popular. Con el ánimo de ayudar a su sostenimiento, el decreto disponía que se acompañara una propuesta de los empleados y útiles necesarios para la instalación. Ocho días más tarde, Tamini era nombrado bibliotecario.

Después de diversas reuniones, el 17 de junio de 1866 -hace 150 años- nació la institución más antigua en su género existente en América del Sur: la Biblioteca Franklin. El nombre elegido, correspondiente al sabio e inventor considerado uno de los padres fundadores de los Estados Unidos, era conocido y admirado en San Juan a través de los escritos de Sarmiento y además porque así se llamaba un destacado pintor hijo de la ciudad, quien en aquel momento residía en Buenos Aires: Benjamín Franklin Rawson, hermano mayor del entonces ministro del Interior, Guillermo Rawson.

El entusiasmo con que se recibió la construcción de aquel nuevo centro de saber hizo que pronto se llenaran sus anaqueles. El primero en donar sus libros fue el sacerdote Gil Oliva. Después llegaron varios cajones con obras de diversa índole enviadas por Sarmiento desde Nueva York, donde vivía a orillas del lago Oscawana. El embajador, que había elegido como residencia esa gran ciudad en vez de Washington, le había escrito a Pedro Quiroga: "Aplaudo de todo corazón la idea [?] la vía es ancha, el objeto nobilísimo y el fin ha de alcanzarse con perseverancia". Casi enseguida, llegó el ofrecimiento del ministro Rawson. Ponía "a disposición de la Biblioteca Pública de San Juan" todos sus libros, "en calidad de donación irrevocable". Eran de 800 a 1000 volúmenes, sin calcular los de medicina.

En poco tiempo se reunieron 3500 volúmenes, que comenzaron a usar los alumnos del Colegio Nacional y de la Escuela Normal. Así se abría una línea de apoyo a la educación que sigue siendo una constante. Muchos sanjuaninos que alcanzaron elevadas posiciones públicas o se destacaron en la actividad profesional han visto facilitados sus estudios a través de la lectura en sala y los préstamos a domicilio que la biblioteca brinda.

Una iniciativa de Sarmiento basada en sus experiencias en América del Norte impulsada dos años después de asumir la presidencia de la Nación, la ley de bibliotecas populares, que se sancionó el 23 de septiembre de 1870, permitió que de inmediato florecieran cien establecimientos en todo el país, a los que se enviaron grandes cantidades de libros para nutrirlos. Fueron la base de muchos otros más, unidos en una acción que mantiene plena vigencia. Dentro de ese movimiento, la entidad sanjuanina se constituyó en un ejemplo digno de imitar.

Sin embargo, hubo períodos de franca declinación. Contribuyó a revitalizarla Sarmiento durante la visita que hizo a su tierra natal en 1884, luego de muchos años de ausencia. Movilizó a la sociedad, obtuvo donaciones y logró que se cediera un salón de la escuela que llevaba su nombre para que se reanudasen los servicios. "El señor general", según rezaba un artículo periodístico, donó obras propias e impulsó a otros para que lo hicieran. Sarmiento, el genio egocéntrico, no había podido resistir la tentación de pasearse por su ciudad con el uniforme correspondiente al grado de general de división que ostentaba.

Gravemente enfermo, el prócer, que se había negado a que se quitara a la institución el nombre fundacional para poner el suyo, escribió en su testamento: "Los libros, cuadros, bronces y mapas serían remitidos con sus estantes a la Biblioteca Franklin de San Juan".

A lo largo de un siglo y medio esa casa sufrió momentos difíciles, incendios y otras calamidades, pero la devoción de sus sucesivos dirigentes -surgidos de entre los socios- convirtió la biblioteca en un gran centro de cultura, con edificio propio dotado de los más modernos medios para servir a los centenares de lectores que concurren diariamente. Y es digna de ser subrayada la continuidad de un esfuerzo cuyo norte no es el lucro, sino el servicio a la comunidad.

Historiador, ex presidente de la Academia Nacional de la Historia

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