Albertina Carri y Alejo Moguillansky, en un encuentro sobre cine y política en la Di Tella

Los cineastas argentinos abrieron el primer encuentro del ciclo Política y Cultura en la mencionada universidad
Diana Fernández Irusta
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28 de junio de 2016  • 18:27

Expansión del cine hacia el museo, pero también hacia la danza y el teatro. Indagación en modos no convencionales de producción y exhibición. Radicalidad en las formas, puesta en cuestión del discurso; énfasis en lo material, tanto en los temas como en las condiciones de producción y la textura misma de la imagen. En el cruce de estas apuestas, piensan los cineastas Albertina Carri y Alejo Moguillansky, es donde se puede gestar una imagen cinematográfica potente, actual. Una imagen política.

Convocados por el Departamento de Ciencia Política y Estudios Internacionales y el Departamento de Arte de la Universidad Torcuato Di Tella y la publicación digital Informe Escaleno, Carri y Moguillansky protagonizaron esta semana el primer encuentro del ciclo Política y Cultura: contrapuntos, espacio que se propone reflexionar sobre distintos aspectos de la literatura, el cine, el arte y el pensamiento contemporáneos.

"Somos una generación medio bisagra", le asegura Carri al moderador de la charla, el crítico Gonzalo Aguilar. Bisagra, fundamentalmente, entre dos modos de visualizar, realizar y producir cine. La que conocieron en sus tiempos de formación, cuando aprender cine también era ser fiel seguidor de cineclubes, ciclos y estrenos en enormes salas cinematográficas, y prepararse para filmar películas destinadas a ese circuito. A ese mundo pertenecían cuando, siendo aún muy jóvenes, entre 2000 y 2003, asistieron al lento exilio del público de las grandes pantallas hacia la intimidad de las películas vistas online, las series, la multiplicidad de los formatos digitales o, en el caso del cine independiente, a la exhibición en algún museo. Y es a estos nuevos tránsitos, tanto como a los nuevos "cuerpos de los espectadores" (mucho menos dispuestos a vieja y sagrada inmersión en la sala a oscuras) a los que buscan interpelar, hoy, Carri y Moguillansky, dos hacedores de imágenes inclasificables, hambrientas de experimentación y decididamente alérgicas a cualquier cliché. Imágenes políticas sin necesidad de enunciarse como tales.

Memoria y materia

Carri filmó diversos cortos y largometrajes (No quiero volver a casa, Géminis, La rabia, Barbie también puede estar triste, Pets), pero fue la película Los rubios, estrenada en 2003, la que se convirtió en hito de su profesión, su vida, y de la cinematografía argentina. En ese film, por primera vez, una hija de desaparecidos miraba hacia la tragedia de los años 70 desde una impronta marcada más por el presente que por el pasado, desprovista de solemnidad y de convencionalismos expresivos. Una película realizada por una hija desde su lugar de hija, donde, justamente, poco o nada se mostraba de aquellos militantes setentistas que habían sido sus padres. "Una zona de la militancia de Derechos Humanos la acusó de superficial –recuerda la directora-. Le pedían catarsis, pero Los rubios decía ‘esto es el vacío’. En la película los ausentes estaban ausentes, y eso fue una decisión política, un discurso fuertemente político que decía: ‘ese vacío es lo que nos quedó’". El año pasado, unos doce años después de Los rubios, Carri presentó en el Parque de la Memoria la instalación Operación Fracaso y el Sonido Recobrado. Allí traducía un doble proceso personal y creativo: cierto alejamiento de los espacios tradicionales de exhibición cinematográfica y un nuevo posicionamiento como hija frente a dos "jóvenes eternos", sus padres. Esta vez, la realizadora ponía el foco en ellos, en sus huellas, en la obra que dejaron en su breve tránsito vital. Frente a la demoledora falta de restos a los que alguna vez poder dar sepultura, Carri apuntó a construir "un esquema fílmico" de los cuerpos de sus padres. Para hacerlo, indagó en el formato de cine expandido que implica toda instalación audiovisual, "donde los cuerpos de los espectadores son distintos de aquellos que asisten a una función de cine": personas que transitan, recorren las obras decidiendo cuánto y cuándo se detienen frente a cada una de ellas. Un público, además, mucho más diverso que el del circuito del cine independiente. "Los fines de semana el Parque de la Memoria se llena de gente de todo tipo. Gente que va sólo porque es un parque. Una vez escuché cómo un chico señalaba el listado de los desaparecidos y decía "no sé quiénes son todos estos". Eso, precisamente eso, le interesó. La apuesta a espectadores más imprevisibles, menos "entrenados" en los códigos del cine de autor.

Moguillansky también apuesta a la expansión de las imágenes cinematográficas, pero en su caso el movimiento se hizo hacia lo teatral y coreográfico. Director de los filmes La Prisionera, Castro, El loro y el cisne y El escarabajo de oro, colabora activamente con el grupo de teatro Krapp y realizó, junto a Luciana Acuña, la obra de teatro Por el dinero. "El tema era el dinero: aquello de lo que la obra carecía", se ríe el director, también integrante de la productora El Pampero, al remitirse al trabajoso proceso de conseguir recursos para la realización de cualquier otro trabajo expresivo. "Casi de modo marxista, trabajamos con la noción de materialidad. Lo material de las cosas, lo material en el recorrido de los cuatro personajes. Y siempre se llegaba al dinero".

En El loro y el cine, Moguillansky articuló la mirada cinematográfica con el universo de la danza; en El escarabajo de oro, trabajó con la materialidad del registro documental; en todas, insistió con un objetivo: "No ser un burócrata del argumento". En las compañías de danza y teatro, en su modo de "llegar ciegos a un ensayo" encontró el motor para la búsqueda cinematográfica y la realización de "películas huérfanas del sistema de subsidios". En eso, más que en la literalidad discursiva, él encuentra un potencial político para sus trabajos. "Soy argentino, soy político –sonríe-. Creo que las formas pueden ser algo político, no sólo los argumentos. Ahí hay una batalla para dar".

Que estallen los moldes

Para Carri, directora de Asterisco, Festival Internacional de cine LGBTIQ, lo político también pasa por poner en escena "otros cuerpos, otros goces". En esta línea, trabaja en su última película: Las hijas del fuego, film de sexo explícito, historia de "chicas que viajan y tienen sexo", que aún está en proceso de realización y cuya directora aún no tiene decidido a través de qué vías se exhibirá: viralización en redes, presentación en salas de cine condicionado o salas del Incaa. "La película es política en su relato y en su producción –comenta-. Se va haciendo por fuera de los canales convencionales, a medida que pasa el tiempo, reescribiéndose a partir de los recursos con que se van contando". No es su primera aproximación al registro pornográfico: Barbie también puede estar triste fue una experimentación con este género, y Pets, un film realizado con material de archivo de películas de sexo explícito de los años 70 y sonido de una película porno soft. Con todo, Carri asegura no estar demasiado de acuerdo con las corrientes feministas que proponen una "apropiación de la pornografía". "Habría que desarticular la idea de propiedad –dice-; habría que encontrar un acercamiento más amoroso".

Respecto de Moguillansky, actualmente trabaja en La vendedora de fósforos, película que nace durante la filmación, hace unos años, de una ópera en el Colón. "La había venido a dirigir un alemán, un veterano de las vanguardias, alguien que todavía hablaba de arte burgués y arte revolucionario –relata-. Pero resulta que llega a Buenos Aires y se encuentra con una orquesta que está en huelga". Allí, en el melómano alemán devoto de las vanguardias lidiando con un grupo de músicos que en el Sur del mundo lo recibían con una medida de fuerza, Moguillansky vio la película. Hace dos años que viene trabajando en ella. "Es un film ensayístico –describe-. Lo filmo con regularidad nula; me parece interesante el proceso: un trabajo como por capas". La vendedora de fósforos tiene que ver con el modo de producción que, a su entender, mejor puede garantizar una imagen capaz de hincarle los dientes –ese gesto político- a lo contemporáneo: "No saber a priori la película que querés".

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