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SABER. Una colección reúne a pensadores destacados en textos dirigidos a los chicos
Natalia Gelós
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26 de junio de 2016  

¡Qué emoción! ¿Qué emoción?. Georges Didi-Huberman. Capital Intelectual
¡Qué emoción! ¿Qué emoción?. Georges Didi-Huberman. Capital Intelectual

Veámoslo como una llama que se aviva en cada posta. Empieza a arder en 1818, cuando el pedagogo y filósofo francés Joseph Jacotot, instalado en Bélgica, reparte entre sus alumnos de la universidad ejemplares de Las aventuras de Telémaco, de Fénelon, en versión bilingüe y, sin mediar ni un atisbo de enseñanza tradicional (léase, verticalista), consigue que en poco tiempo todos aprendan francés, aferrados sólo a su voluntad de aprender. Es ahí cuando nace lo que él denominará el método de enseñanza universal que revoluciona su época. Y la posta sigue en 1987, cuando el también filósofo Jacques Rancière se inspira en esa mirada y publica un pequeño libro titulado El maestro ignorante. Cinco lecciones sobre la emancipación intelectual. Jacotot señalaba que las desigualdades sociales se acentuaban en proyectos pedagógicos no emancipadores, y que todos teníamos el potencial del entendimiento. Rancière retoma esas ideas para pensar cuestiones ligadas al poder, a la educación, a la diferencia entre autoridad y aprendizaje, parafrasea a su admirado filósofo y escribe: "No hay ignorante que no sepa infinidad de cosas y toda enseñanza se debe fundar en este saber, en esta capacidad en acto".

En 2009 se realiza una serie de conferencias en Francia, y ahí el fuego revive, porque hay un eco de ello al poner a pensadores de renombre frente a chicos y chicas que escucharán sus ideas. De esas charlas surge esta colección que publica Capital Intelectual bajo el nombre El Maestro Ignorante. Una manera de pensar conceptos estimulantes y de repensar los modos en los que a veces se fosiliza la divulgación científica.

Los autores publicados hasta ahora son la antropóloga feminista Françoise Héritier, los filósofos Alain Badiou y Jean-Luc Nancy, el historiador del arte Georges Didi-Huberman. Cada libro viene con un espacio para tomar notas, y con un apartado de preguntas y respuestas surgidas en las charlas que reafirman el clima de espacio de aprendizaje. La figura de chicos como destinatarios se vuelve algo más que un recorte por edad; encarna la idea de potencialidad, de interés que puede encenderse.

Héritier, discípula de Lévi-Strauss, es la autora de Diferencia de sexos, donde luego de un recorrido histórico y antropológico sobre los entramados construidos alrededor de la diferencia sexual, les dice a las chicas: "Es necesario que esto se vuelva una manera natural de pensar: tienen que rechazar que se las inscriba en un estereotipo como destino". Luego, a los niños: "Deben interiorizar esta igualdad". Y pide que tomen la posta, que rompan modelos de sometimiento instalados.

Badiou, en Lo finito y lo infinito, juega al ping-pong con esos dos conceptos frente a un grupo que luego le preguntará, por ejemplo, "¿Para qué sirve lo infinito?" Él les dirá: "Sirve para que el hombre no esté condenado a su pequeña vida mortal". También Jean-Luc Nancy, en ¿Qué significa partir?, reflexiona en parte sobre la finitud. Todos más tarde o más temprano vamos a partir: esa idea remueve el hormiguero y abre preguntas que pinchan al auditorio. Nancy las responde con desafíos, no se lo ve pero se le puede intuir una sonrisa en cada respuesta. "Vivir es correr el riesgo de ser algo más que una papa", les dice.

En ¡Qué emoción! ¿Qué emoción?, Didi-Huberman pone en cuestión distintas representaciones construidas sobre las emociones. Muestra imágenes, analiza, hace preguntas a la historia con el tono afable del maestro feliz. Cita a Hegel. Relativiza a Darwin. Revisita a Pasolini. Dice, por ejemplo: "Es curioso un entierro: incluso cuando quienes participan son jóvenes, uno percibe que tienen gestos muy, muy antiguos, mucho más antiguos que la misma gente". Todo esto para reflexionar sobre las emociones y cómo se las ha pensado a lo largo de la historia.

Todos los libros de la colección mantienen el espíritu de aula, pero no en el sentido opaco del término; tienen, más bien, la electricidad que sólo producen las buenas clases, esas que no encandilan, esas que avivan una llama interna. Atinada entonces la idea de Montaigne que aparece en los prólogos: enseñar a un niño no es llenar un vacío, sino encender un fuego.

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