Hugo González Neira: un tecladista de rock y de los sonidos negros

Humphrey Inzillo
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6 de julio de 2016  

Fue en 1971, luego de la disolución de Almendra, cuando el cantante y bajista Emilio del Guercio y el baterista Rodolfo García decidieron formar, junto con el guitar hero Héctor Starc, un nuevo grupo. Y fue el baterista quien propuso incorporar al tecladista Hugo González Neira, un émulo porteño de Ray Charles, que terminó de definir el sonido de Aquelarre, un grupo imprescindible en el mapa del rock argentino de los 70. La semana pasada, a González Neira le habían colocado dos stents en una clínica porteña. Pero ayer, mientras se recuperaba de la intervención, falleció en su casa. La noticia caló hondo en todo el ambiente, especialmente entre sus ex compañeros. "Hugo era un músico muy talentoso, gran cantante, que tenía una cabeza muy amplia para la música", expresó Del Guercio.

Asociado wikipédicamente al rock argentino, González Neira fue, ante todo, un cultor de las músicas negras. "Yo empecé cantando todo en inglés", explicaba hace algunos años al inicio de un concierto en La Perla de Once, el escenario donde solía tocar. Su repertorio, en los inicios, eran las versiones de temas de (o popularizados por) Ray Charles, como "Let The Good Times Roll", "Hot The Road, Jack" y "Georgia On My Mind". Antes de sumarse a Aquelarre, había tocado con Litto Nebbia (en su etapa solista, tras la disolución de Los Gatos) y había liderado el grupo Harlem R&B, donde desplegaba sus virtudes como cantante y tecladista.

"En Aquelarre queríamos que cantaran todos, y Hugo era un tipo muy expresivo. Con él no solamente sumábamos una voz al coro: ganábamos un solista. Tenía una onda blusera muy interesante", recuerda García. "Fueron tiempos muy buenos. Aquelarre era una banda autogestionada, así que además de juntarnos a componer, a tocar o a hacer un arreglo, también nos juntábamos a cranear en qué lugares tocar, qué poner en las tapas de los discos y otras cuestiones logísticas. De esa manera, sumábamos muchas horas de vuelo. Y, la verdad, compartir tiempo con Hugo era un placer. A pesar de ser un tipo bastante introspectivo, era una pieza fundamental para el grupo, tanto a nivel musical como a nivel humano."

Entre 1972 y 1975, Aquelarre lanzó cuatro discos indispensables: Aquelarre, Candiles, Brumas y Siesta consiguen una cruza entre la tradición local, el sonido progresivo y una impronta blusera que en buena parte provenía de los teclados de González Neira. "Al principio, Hugo tocaba el clavinet. Un instrumento más bien accesorio, que acá conocíamos por los discos de Stevie Wonder, pero que él transformó en su instrumento principal. Después, pudimos comprar un Hammond B3 que se transformó en un pilar de nuestro sonido", recuerda García.

A mediados de los 70, Aquelarre emigró a España y allí tocaron un par de años más. En 1977, el grupo volvió a Buenos Aires, pero González Neira decidió quedarse en Europa. Desde su regreso, a principios de los 80 hasta ayer, repartió su tiempo entre la docencia y las presentaciones en los boliches del bajo porteño, en noches donde la bohemia y su oficio musical le permitían recrear esos viejos blues de Ray Charles con una impronta única y una notable expresividad. Los eventuales reencuentros de Aquelarre, especialmente los conciertos de 1998 en el teatro Maipo, donde grabaron Corazones del lado del fuego, fueron emotivas burbujas en el tiempo que quedarán grabadas, por siempre, en los oídos de los testigos privilegiados.

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