La Biblioteca Nacional: ¿una institución para el futuro o para la memoria?

La llegada del nuevo director, Alberto Manguel, avivó una polémica nunca saldada sobre el rol de una pieza clave en la historia cultural del país
Natalia Gelós
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10 de julio de 2016  

Ilustración: Javier Joaquín
Ilustración: Javier Joaquín

El 13 de septiembre de 1810, quienes tuvieron en sus manos La Gazeta de Buenos Aires leyeron, entre otras cosas, este anuncio: "Ha resuelto la Junta formar una Biblioteca Pública, en que se facilite a los amantes de las letras un recurso seguro para aumentar sus conocimientos. Las utilidades consiguientes a una Biblioteca Pública son tan notorias, que sería excusado detenernos en indicarlas". Sería excusado, y sin embargo? La Biblioteca Nacional pasó por otras denominaciones y otros domicilios hasta llegar a lo que es hoy: 800.000 piezas reunidas en ese edificio construido por Clorindo Testa, Francisco Bullrich y Alicia Cazzaniga.

Claro que es mucho más que eso. Entonces, ¿qué? Además de su Escuela Nacional de Bibliotecarios, de su Museo del Libro y de la Lengua, de su hemeroteca, de su fototeca, de su mapoteca, de sus tesoros. Además de sus archivos -el digital, por ejemplo, y el de historieta-, de su capital humano, de sus libros publicados, además de todo lo que no entra en esta lista, ¿qué es una biblioteca nacional? La nuestra, la Biblioteca Nacional "Mariano Moreno", ¿qué es?

Una pieza simbólica de la historia cultural de un país, un engranaje más en una idea de nación, con pliegues políticos, literarios, tensiones y albores, y nombres de directores que con mayor o menor gloria han estado a cargo del timón. Mariano Moreno, Paul Groussac, Jorge Luis Borges; fantasmas o patronos; Horacio González, otro de los nombres fuertes, y ahora Alberto Manguel, que asumió a fines del mes pasado y que desde su nombramiento fue centro de atención. Con él llegaron despidos (luego hubo algunas reincorporaciones), nuevas líneas de acción y una clara ruptura con una etapa previa de diez años con fuerte presencia de la mano de González.

Fue una transición turbulenta. En abril pasado, antes de que Manguel asumiera como director de la Biblioteca, González escribió una carta a los directores de bibliotecas nacionales de Iberoamérica y del Caribe (también fue publicada en el diario Página/12). En ella, hizo un balance de su propia gestión, justificó la necesidad de que la institución tuviera los empleados que tenía y denunció que el nuevo gobierno, con criterios productivistas, estaba destruyendo la Biblioteca Nacional. También allí llamó al nuevo director a hacerse cargo de su puesto y a presentar un proyecto que, decía, hasta el momento no se podía dilucidar. Consuelo Gaitán, directora de la Biblioteca Nacional de Colombia, respondió a la carta de González en defensa de Manguel ("probablemente no hay mayor conocedor de la cultura escrita, el libro y las bibliotecas en el hemisferio occidental", escribió) y repudió el tono utilizado por el ex director de la Biblioteca Nacional.

Consultado por la nación, el ex director ahora dice: "Como era habitual, usé la red interna de los directores iberoamericanos para comentar la situación de la Biblioteca Nacional, y por lo que recuerdo, no se trataba de ninguna opinión extemporánea. Critiqué las demoras de Manguel para hacerse cargo de su nombramiento y expresé un parecer personal sobre su obra. Consuelo dice que la he desilusionado porque me ve fuera de los cánones de relación que predominan en la institución de que fuimos parte, pero que si triunfan en su forma más holgazana, amenazan con desvitalizar esa y cualquier otra institución cultural. En algún momento compartimos estas críticas".

En todas las épocas existieron tensiones. Otra de ellas se hizo pública a través de una carta de Horacio Tarcus, en 2007, cuando renunció a la subdirección de la institución con un argumento en parte similar al que esgrimió Manguel en sus primeras declaraciones como director: que la biblioteca no era un centro cultural, que debía ser biblioteca y punto, y que necesitaba un proyecto fuerte de digitalización. Por entonces, ante esos dos modelos en debate, el entonces secretario de Cultura, José Nun, zanjaba la discusión: "La Biblioteca tiene que poder contar con ambas cosas, tiene que desarrollar la vida cultural porque eso es enriquecedor, pero su eje debe estar puesto en atender a las necesidades del lector, cuidar su patrimonio y atenderlo".

Hoy, González señala a la nacion, que toda institución encierra un dilema, en especial una biblioteca nacional: "Se sitúa en el interior de un conflicto entre sus propios intereses profesionalistas y la definición de sus funciones como agencia de bien público. Esta tensión puede ser irresoluble a condición de que también sea creativa, es decir, si su aparato administrativo sabe comprender su existencia simbólica, y recíprocamente, sin burocratizar sus leyendas literarias". El mito literario hecho presente en la realidad administrativa.

Alberto Manguel, por su parte, explica a la nacion: "Toda biblioteca declara la identidad de su lector o lectores. Una biblioteca nacional debe por lo tanto reflejar la identidad de esa criatura imaginaria que convenimos en llamar una nación. Los objetivos de una biblioteca nacional son los que fueron desde la época de Alejandría: poner al servicio del público, lo más eficazmente posible, los fondos que posee, y facilitarle la búsqueda de datos y de textos".

Una idea de nación

Cuando a comienzos de este año se conocieron los despidos de 240 empleados y se encendió la alarma por el futuro rumbo de la institución, varios intelectuales pusieron su firma para exigir respuestas. En ese documento, acordaban ciertos puntos acerca de la idea que compartían de biblioteca nacional, al rescatar "la modernización en el campo bibliotecológico con una diversificación de su actividad cultural" que había llevado adelante la última gestión.

La pregunta se ramifica: no se trata sólo de saber qué debería ser una biblioteca sino para quién. ¿Cómo debería ser, entonces? "Todo lo universal posible, en materia de intereses bibliotecológicos y de cultura, y todo lo particularista y sorprendente en cuanto al lector que siempre espera", define González.

Por su parte, Manguel afirma que la Biblioteca Nacional no puede limitarse a un "nacionalismo de caricatura" sino que "debe tener en cuenta todas, absolutamente todas las cuestiones de identidad. Ser argentino es ser mapuche pero también sirio, vasco o japonés, y también babilonio, griego, romano, persa, inca, maorí, escandinavo, coreano", enumera.

Sobre los modos de consolidar esa vocación, el nuevo director dice que "una biblioteca nacional debe emplear la tecnología más actual, más eficaz, sabiendo al mismo tiempo que toda tecnología caduca rápidamente y que debe ser reconsiderada constantemente". Cuando se le pregunta por la cuestión tecnológica, González advierte: "Las bibliotecas nacionales del mundo entero -algunas lo perciben, otras no- están luchando para preservar su individualidad en un momento de despreocupada entrega al pathos tecnológico. Sin percibirlo, en el futuro muchas van a ser dirigidas por ingenieros de sistemas, y otras, por humanistas vinculados al mercado mundial de manuscritos célebres".

Tecnología vs. tradición. Localismo vs. universalidad. Los ejes de discusión se han instalado a lo largo de los años. Diferentes directores han deslizado la vara hacia un lado o el otro. Javier Planas, investigador del Conicet, se especializa en historia de la lectura, el libro y las bibliotecas en Argentina. Sobre la posibilidad de que el proyecto trascienda liderazgos, dice: "El cargo de director siempre se destinó a una personalidad destacada del campo cultural -hay excepciones, claro-. Y esa fuerza de la biografía sesgó, como es natural, las gestiones. Pero, más allá de esto, la biblioteca siempre fue una institución de la cultura culta. Allí radica su coherencia". Agrega: "Los avatares presupuestarios y políticos impidieron la objetivación de un proyecto de largo aliento (como la tan anhelada Bibliografía Nacional). Creo que en esto influyó la incipiente cultura bibliotecaria de la Argentina, que exceptuando sus valiosas bibliotecas populares -una maravilla de experiencias sociales-, no tiene un verdadero sistema público de bibliotecas".

En su línea de tiempo aparecen muy temprano nombres que encarnan opuestas formas de mirar: la biblioteca como ordenación libresca de Luis José de Chorroarín, la biblioteca como "acto dramático de la cultura" de Mariano Moreno. ¿Esas dos visiones se podrían pensar como una constante que hace pie hoy entre la gestión de González y la de Manguel? El primero dice: "La Biblioteca Nacional de nuestro país, como casi todas las del mundo, posee una memoria histórico-literaria que perdura superponiendo distintas interpretaciones. Aunque no fue esa única vez, con Borges se entrevió de la manera más radical la fusión entre la obra de su director y el problema del método de catalogación y disposición bibliotecológica. En el plano de la política cultural ese plano es una utopía que no se cierra nunca".

Sandra Miguel, directora de la licenciatura en Bibliotecología de la Universidad Nacional de La Plata, opina que la polémica que se avivó a partir del cambio de gestión reviven un tema algo ignorado: ¿por qué se busca para la dirección de la Biblioteca Nacional a personas que no provienen de la carrera de bibliotecología? "Parece que la conducción tuviese que estar a cargo de un tipo de intelectual, como si los profesionales de la bibliotecología, algunos con doctorados en el exterior, no pudiéramos calificar, como si no fuéramos intelectuales. Con esto se descalifica el lugar de los bibliotecarios. Se reduce al cientista de la información a un lugar técnico. Es el mismo eje que despega a la biblioteca de la idea de centro cultural. Un especialista en bibliotecología no supondría una visión de biblioteca cerrada."

Con una tradición literaria como la que lleva a sus espaldas, la Nacional es, como dice Miguel, "la biblioteca madre". Desde la carrera de Bibliotecología en la UNLP, la mirada es integradora: "Es LA biblioteca; el depósito legal de la bibliografía nacional: registra, almacena, difunde y procesa la producción bibliográfica. Debería tener el registro de todo lo que se produce en el país. Todo libro que se edita debería tener su copia en la Biblioteca. La entidad debería preservar eso, es un rol distintivo. Nuestra mirada está puesta ahí pero también en algo más amplio, la vemos como institución cultural".

¿Y qué hay de las bibliotecas inspiradoras? ¿Cómo pensar a nuestra Biblioteca Nacional junto a otras de otros países? Horacio González dice que para hacer el Museo del Libro y de la Lengua se inspiraron en el Museo de la Lengua de Brasil, pero advierte que el ideal del bibliotecario humanista se encuentra mucho más cerca: "en cualquier biblioteca activa de barrio, que en general conservan el principio conmovedor del ?qué leer' y ?cómo leer'". Manguel rescata la Biblioteca Nacional de Francia, por su "equilibrio entre preservación, adquisición y exposición de su patrimonio"; la de Colombia, por su "eficaz red de bibliotecas", y la Biblioteca Nacional del Líbano, que apuesta a la restauración de fondos dañados en su larga historia de conflictos.

Claudio Canaparo, investigador argentino, profesor en la Universidad de Exeter, en Londres, es frecuente usuario de la British Library, y dice que no sería posible comparar una biblioteca europea con una latinoamericana: "La Bristish Library nació con voluntad imperial y de museo. En ese sentido era un archivo tanto físico como imaginario de un imperio. No tiene nada que ver con bibliotecas nacionales de América Latina, que fueron creadas para autentificar una idea de Estado que antes no existía. La Argentina tiene doscientos años y es difícil explicarla frente a otras que tienen el doble".

No abundan los estudios exhaustivos sobre la Biblioteca Nacional como institución: el prefacio de Paul Groussac al Catálogo Metódico, el libro de Horacio González Historia de la Biblioteca Nacional. Estado de una polémica. Planas rescata un trabajo del investigador Alejandro Parada sobre los años fundacionales de la Biblioteca (1810 y 1826). "Cualquier proyecto que busque pensar la Biblioteca Nacional debería empezar por allí -afirma-. Esta historia, como muchas historias vinculadas a lo cultural, reclama un abordaje de larga duración. Es un esfuerzo pendiente." Como si los nudos del pasado siguieran ahí, a la espera de que alguien tire de sus hilos.

Alberto Manguel (director de la Biblioteca Nacional)

"Los objetivos de una biblioteca nacional son los que fueron desde Alejandría: poner al servicio del público los fondos que posee y facilitar la búsqueda de textos"

Horacio González (ex director de la Biblioteca Nacional 2005-2015)

"Una biblioteca nacional se sitúa en el interior de un conflicto entre sus intereses profesionalistas y sus funciones como agencia de bien público"

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