La asamblea más nacional y representativa

9 de julio de 2016  

En no pocos casos, las conmemoraciones de nuestras efemérides patrias se limitan a salir del paso mediante el cómodo recurso de usar "clichés", de la repetición de expresiones grandilocuentes sobre las excelsas virtudes de los principales protagonistas, cuyos nombres se instalan en el imaginario colectivo como prototipos de conductas casi imposibles de ser imitadas. Según esa irreal visión de la historia, se trata de figuras sin apetencias, enconos ni humanas debilidades; de semidioses incapaces de dudar o equivocarse en circunstancias tan graves y comprometidas como las que les tocó vivir. Tal concepción se opone a la aprehensión de las verdaderas esencias del pasado.

Los protagonistas de los sucesos de 1810, como los actores del Congreso de San Miguel de Tucumán que hace 200 años proclamaron la Independencia, fueron seres tan ansiosos de bienestar y sosiego como los del presente; golpeados muchas veces por las dificultades y el infortunio en tiempos en que las enfermedades, la distancia y la casi infranqueable barrera del "desierto", que rodeaba de peligros a los principales centros urbanos, constituían moneda corriente. Pero supieron sobreponerse en bien de sus ideales y posponer diferencias y apetencias para alcanzar sus metas.

Después de casi seis años de devastadoras luchas internas y externas, con la amenaza de una gran expedición militar española para reconquistar el antiguo Virreinato del Río de la Plata, que tomó finalmente el rumbo de la Costa Firme; con el riesgo de que la Santa Alianza surgida en Europa tras la caída de Napoleón bloquease todo intento de independencia, además del peligro de una invasión portuguesa; frente la oposición a participar de los pueblos del Litoral, bajo la égida de Artigas, las sublevaciones locales que podían impedir la reunión del Congreso y el reciente alzamiento del Ejército de Observación, aquellos hombres de distintas edades, profesiones e ideas, se aventuraron a marchar hacia la lejana San Miguel. Lo era aún para los diputados de las provincias del Norte, que no evitaron los obstáculos de una naturaleza muchas veces hostil.

Los que llegaron desde Buenos Aires y el centro del país sumaron al ajetreo de los sinuosos caminos y las incómodas postas en las que pululaban los insectos y las alimañas, el peligro de los ataques indios y la asechanza de los perros cimarrones que aparecían donde menos se los esperaba para devorar sus presas, sin importar que fuesen humanas.

Se trataba de los hombres más representativos de sus respectivas provincias, tanto por su capacidad intelectual como por su prudencia política. Clérigos y abogados en su gran mayoría, educados casi todos en las universidades de Córdoba, Charcas, Lima o Santiago de Chile, eran, en su formación y modo de pensar, decididamente representativos de sus provincias y en consecuencia de la nación como conjunto.

Casi todos llevaban en su equipaje, además de unas pocas prendas de uso personal que pronto quedaron deshechas por el polvo de los estrechos senderos y la carencia de agua, libros para fundamentar sus intervenciones sobre la forma de gobierno y otras importantes cuestiones, como La Constitución inglesa, de Delome, y los Principios de filosofía moral y política de William Paley. Excepto el congresal Jaime Sudáñez, que tenía instrucciones expresas a favor del régimen republicano, la gran mayoría se volcaba por la instauración de una monarquía constitucional al estilo británico, y las obras que conducían en sus alforjas así lo demostraban. La prensa porteña -a excepción de la Crónica Argentina, de Vicente Pazos Silva, o Pazos Kanki, como quiso firmar por esos días para subrayar su origen aimara el antiguo sacerdote que colgara durante su permanencia en Europa sus sagrados hábitos- se había manifestado partidaria de coronar un príncipe europeo, idea que también suscribía el gobernador intendente de Cuyo y jefe del Ejército de los Andes, José de San Martín. Sin embargo, el comandante del Ejército del Norte, Manuel Belgrano, amigo del mismo sistema político, creía más oportuno sentar en un futuro trono a un descendiente de los incas.

Pero todos sabían que el principal y máximo objetivo era la declaración de la independencia, sin la cual no tendría real sentido la organización jurídica del Estado. Y así, el 9 de julio de 1816, con la presidencia del diputado sanjuanino Francisco Narciso Laprida, los congresales declararon "solemnemente a la faz de la Tierra que es voluntad unánime e indubitable de estas provincias romper los violentos vínculos que las ligaban a los reyes de España, recuperar los derechos de que fueran despojadas, e investirse del alto carácter de nación libre e independiente del rey Fernando VII, sus sucesores y metrópoli". Doce jornadas más tarde, en la fórmula de juramento se aclaró, para que no hubiesen dudas sobre las reales intenciones de los pueblos representados, "y de toda otra dominación extranjera".

El 25 de julio de 1816, día fijado para celebrar en Tucumán la magna decisión del 9, llegaron a San Miguel más de 5000 milicianos de la provincia "armados de lanza, sable y algunos con fusiles, todos con las armas originarias del país, lazos y boleadoras", anota el oficial sueco Adam Graaner, agente oficioso del príncipe Bernardotte, quien se hallaba en la ciudad para seguir de cerca los acontecimientos. Y agrega: "Las lágrimas de alegría, los transportes de entusiasmo que se advertían en todas partes, dieron a esta ceremonia un carácter de solemnidad que se intensificó por la feliz idea que tuvieron de reunir al pueblo sobre el mismo campo de batalla donde, cuatro años antes, las tropas del general español Tristán fueron derrotadas por los patriotas. Allí juraron ahora, sobre la tumba misma de sus compañeros de armas, defender con su sangre, con su fortuna y con todo lo que fuera para ellos más precioso la independencia de la patria".

Junto a Belgrano, al gobernador y a otros dignatarios, próximos al pueblo, estaban los diputados que se habían comprometido, en nombre de las provincias, al cumplimiento y sostén de la voluntad de emancipación "bajo el seguro y garantía de sus vidas, haberes y fama"; se hallaban quienes, según Joaquín V. González, constituían "la asamblea más nacional, más argentina y más representativa que haya existido jamás en nuestra historia".

Historiador, ex presidente de la Academia Nacional de la Historia

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