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Las fotografías de la buena memoria

Diana Fernández Irusta
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19 de julio de 2016  

La memoria personal es frágil; las historias íntimas, también. En eso -entre otras cosas- pensaba la artista Carolina Magnin cuando trabajó en la serie Ánima, impresiones fotográficas sobre vidrio que presentó por primera vez en 2013, en el museo Caraffa de Córdoba.

Algunos de estos trabajos pueden verse por estos días en el Centro Cultural Rojas, en el marco de la muestra colectiva Paisajes inmateriales. Me detengo frente a las obras de Magnin: son imágenes diapositivas escaneadas, antiguas fotos de viaje que vaya a saber quién tomó mientras recorría vaya a saber qué lugar. Lo que aparecen son huellas; vestigios tornasolados de espacios vagamente lejanos. "Hago visible las marcas, las ajaduras de la fotografía que sin pasar por este proceso son invisibles -me comenta la artista-. Hago visible la historia de esa imagen, representante de un recuerdo, que estaba latente pero inaccesible." Sus palabras se enlazan con lo que me pasa al observar la obra; porque al enfrentarme a esas imágenes -rojizas, pero no tanto; presentes, pero fantasmáticas- sentí que lo que estaba mirando era la imagen misma de lo inapresable del recuerdo. La memoria, esa materia en fuga: arena entre los dedos; huidiza, pero capaz de raspar la piel.

Quizás algo de esto pensó también Fabiana Barreda, curadora de una muestra que se propone investigar el paisaje contemporáneo y exhibe obras donde lo paisajístico es traducción de alguna memoria, algún modo de la emoción, algún viaje interior. Junto a las obras de Magnin están las de Caro Zancolli: bosques brumosos con algo de inalcanzable, algunos de ellos plasmados sobre sucesivas placas de vidrio que refuerzan la sensación de fragilidad.

Están también los enigmáticos muebles desarticulados de Nacha Canvas, las "nubes" casi orgánicas de Ezequiel Montero Swinnen; la naturaleza abigarrada en las fotografías de Ignacio Iasparra, esquiva en las de Samuel Lasso.

Para los románticos el paisaje era retrato del mundo y el mundo, pavoroso escenario de lo sublime; en Paisajes inmateriales, en cambio, el arte contemporáneo nos dice que el vértigo no está allá afuera, en lo insondable de un universo que insiste en sernos esquivo, sino en las recónditas navegaciones del mapa interior.

"Cartografías íntimas", pienso, cuando salgo de esta sala y entro en la contigua, donde Matías Tavolaro exhibe la serie Asunto familiar. Porque allí se configura otro paisaje: el del lazo, los vínculos de sangre, quizás el género. Tavolaro retrata a las mujeres de su familia, a veces acompañadas de algún varón, otras solas. Hay tías, madres, abuelas, cuñadas, hermanas. Hay espacios reconocibles: muebles, empapelados, adornos de tanto hogar de discreta clase media. Y están, desde luego, ellas. Las mujeres "a cuyo embrujo responde la génesis de mi idea de belleza", en palabras de Tavolaro, quien define a su trabajo como una "ontología de la belleza familiar". Peinados esmerados, maquillaje, ropa, uñas impecables. La belleza de lo familiar, lo familiar de lo bello. "¿En qué consiste esta creación de belleza? -sigue el autor- ¿Se trata de los gestos? Y entonces, ¿dónde buscarlos? O acaso de aspectos formales, ¿cuáles? Tal vez sea una actitud, una vestimenta, los seres y objetos circundantes, o el ámbito cotidiano en el que conviven... No he podido responder aún si se trata de un esfuerzo de mi mirada o es el otro quien lo ofrece a la percepción. Entonces la fotografía."

Salgo de ambas muestras pensando en mis propios paisajes familiares, mis mapas internos. Recuerdo la mochila al hombro, el micro que paró en Potosí, la antigua mina de oro, cuya visita se ofrecía a los turistas. Mi renuncia -nieta de minero asturiano- a probar esa experiencia; la sensación, días después, de que había dejado algo pendiente en aquella ciudad.

Las otras cartografías: el mismo Rojas como parte de mi más bien torpe salida al mundo, ámbito de talleres de teatro, fascinación por el under, tiempos con algo de iniciático, mucho de desconcierto. Y ese mismo lugar, muchos años después, en la boca de mi padre cuando, recién jubilado, decidió que estudiar un idioma sería el mejor modo de mantenerse activo. Entre todas las opciones eligió la más difícil, la más cercana a sus vivencias, el euskera. Y entre los pocos lugares de la ciudad donde se ofrecían cursos de lengua vasca, estaba el Rojas. La geografía de mi adolescencia terminó sumándose al paisaje de los últimos años de su vida.

Cartografías íntimas, eso que tan bien se intuye en la obra de Carolina Magnin: un rastro que se pierde, un lazo que insiste; la fragilidad agridulce, misteriosa, finalmente humana, de eso que somos.

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