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Del golpe fallido a la purga autoritaria en Turquía

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21 de julio de 2016  

El gobierno del presidente Recep Tayyip Erdogan acaba de sobrevivir a un cruento golpe militar, que finalmente fracasó tras dejar un saldo de 290 muertos. Fue el cuarto que sufrió Turquía desde la década del 60. Cabe celebrar el triunfo de la democracia, pero lo cierto es que hablamos de una democracia que, desde hace algunos años, ha estado empantanada en un constante proceso autoritario que preocupa a Occidente.

Erdogan, paso a paso, ha restringido severamente las libertades civiles y políticas, en especial las de opinión y de expresión. Esa constante, alimentada por un islamismo presuntamente moderado, es precisamente la que, por el momento, ha impedido a Turquía incorporarse plenamente a una Unión Europea, que la observa con justificada preocupación.

Lo sucedido desde el reciente golpe militar abortado ha vuelto a encender las alarmas, porque muestra a un Erdogan dispuesto a aprovechar lo sucedido para aumentar su férreo control sobre la sociedad y restringir aún más las libertadas y derechos de sus conciudadanos.

Su gobierno, que acaba de decretar el estado de emergencia por tres meses, prohibió a todos los académicos viajar al exterior. Forma parte de una enorme purga. Se ha suspendido a 15.000 educadores y se pidieron las renuncias de todos los decanos de los 1577 institutos universitarios del país.

Se trata de reacciones por la presunta participación en el golpe de los seguidores de Fethullah Gülen, un clérigo musulmán dedicado a la educación, que está exiliado voluntariamente desde hace años en los Estados Unidos. Su extradición es procurada por el gobierno turco.

A lo antedicho se suma la interrupción del acceso electrónico a WikiLeaks, que anunció que revelará los contenidos de las comunicaciones entre los miembros del partido gobernante en los últimos días.

Más de 45.000 militares y policías, 2745 jueces, gobernadores y más de 9000 funcionarios públicos fueron encarcelados para ser juzgados por "traición". Un buen número está preso sólo por opinar distinto. Tienen, casi todos, un común denominador: el secularismo, noción heredada del padre de la Turquía moderna, Mustafá Kemal Ataturk, quien, a diferencia de Erdogan, postulaba separar lo político de lo religioso. La postura del actual mandatario ha sido reforzada por sus militantes, que tomaron las calles y produjeron graves desmanes.

Es conocido el deseo de Erdogan de modificar la Constitución y conformar un régimen presidencialista de tinte autoritario. Por eso, tanto Washington como la Unión Europea le advirtieron que debe respetar el Estado de Derecho.

La burda insurrección militar que el gobierno turco felizmente pudo sofocar no puede transformarse en la excusa para construir un régimen autoritario y alejarse aún más de las instituciones democráticas.

Es tiempo de unir a una sociedad fracturada, incluyendo a los kurdos que viven en Turquía, y no de ahondar las divisiones entre los turcos ni de aprovechar lo ocurrido para desatar el revanchismo. Con una frontera que la separa de regiones controladas por Estado Islámico, su principal enemigo, el gobierno de Turquía no puede equivocarse sin que el precio de los errores termine siendo muy doloroso.

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