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Tamara Kamenszain. "Si un producto artístico no inspira escritura o crítica, no va a quedar"

PARADOJAS. Poeta y crítica literaria, publicó Una intimidad inofensiva, donde analiza el uso de la subjetividad en distintos artistas; "la literatura está muy aferrada a la literatura; hay que 'soltarla' para seguir", dice
Tamara Tenenbaum
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24 de julio de 2016  

El género "primer párrafo de entrevista" es ideal para el concepto que sirve de centro y de título a Una intimidad inofensiva, el último libro de Tamara Kamenszain. Cuando llego al bar de Eterna Cadencia, Tamara ya está con el fotógrafo, riéndose mucho; me cuentan que se conocen y veo que se divierten. Tiene una camisa azul estampada y usa mochila, no cartera; de hecho, elige la mochila como "objeto significativo" suyo para la foto de la nota. Pero quizá fracaso en mi demostración: estos datos no tienen nada de inofensivo. Tamara Kamenszain, a pesar de ser la poeta más representativa de la generación de los neobarrocos, ésa a la que también pertenecen Néstor Perlongher y Arturo Carrera, no viste de negro ni habla con enigmas; aunque sea una de las críticas literarias más importantes del país, no responde a ningún estereotipo de profesora acartonada o solemne. Fracaso, definitivamente: la intimidad inofensiva no tiene nada que ver con los "detalles simbólicos" de las entrevistas.

¿Pero con qué tiene que ver? Eso intentamos vislumbrar en esta conversación, con Kamenszain en su faceta de crítica, y con el ojo puesto en la contemporaneidad, en la literatura pero también más allá, pasando por trasvasamientos con el teatro y las artes visuales. En este nuevo trabajo, editado por Eterna Cadencia, Kamenszain propone un recorrido utilizando como eje el modo en que artistas como Fernanda Laguna, Félix Bruzzone o Rafael Spregelburd exhiben en sus obras una subjetividad aparentemente superficial, deshaciéndose del imperativo literario de la búsqueda de lo profundo, lo difícil o lo oculto, y apuntando a lo contrario: a la superficie, lo fácil, "lo que hay".

"Inofensiva" es un adjetivo provocativo, ¿no? Nadie quiere que su literatura sea "inofensiva"; pero en el libro habla de la disrupción que puede implicar lo supuestamente inofensivo.

Era un riesgo ese título, sí; no lo pensé como una provocación, me salió así. Yo podría haber elegido un título mucho más neutral, académico, como "Las intimidades de hoy" o, para ser todavía más sofisticada, "Intimidades éxtimas". Queda bárbaro, pero eso no coincidiría con el tipo de trabajo que hago yo. No me quiero hacer la antiacadémica porque no lo soy ni remotamente, al contrario, pero lo que hago está un poco en los bordes. Iba escribiendo y cada vez era más claro para mí qué era "lo inofensivo". Había gente que me decía que podía sonar despectivo y me preocupó en un momento, pero después me di cuenta de que no podía obviarlo porque ahí estaba el oxímoron, la paradoja, que es lo que a mí siempre me interesa buscar. Es como (sin querer compararme, ¡por favor!) cuando Jean-Luc Nancy pone "la comunidad inoperante": "inoperante" suena despectivo, pero él no lo usa desde ese lugar; todo lo contrario. En esa misma línea, también sin compararme, claro, a Arendt le cayeron encima cuando habló de "la banalidad del mal", como si ella le rebajara lo terrible al mal. Le cayeron encima por lo paradojal. A mí no me cayeron encima pero muchos lo entendieron desde ese lugar, y me sorprendió.

¿Por qué "inofensivo", si no era su intención provocar?

No ofender implica ofender: incluye ofender. No ofender incluye profanar; esto lo trabajo en mi libro anterior, La boca del testimonio. La poesía es el germen de este libro. Yo lo empecé a pensar desde que vi que había escritores que trabajaban sacándose de encima la metáfora y esto me pareció un gesto profanatorio ya que en poesía era un punto muy álgido, porque ¿qué queda si no hay metáfora? Entonces, no ofender en el sentido de no escandalizar, de no profundizar ni siquiera en el yo (en un yo como interioridad romántica) puede pensarse como un gesto profanatorio. Es un gesto que queriendo no escandalizar termina haciéndolo porque se espera otra cosa de la literatura, y ni hablar del testimonio político en literatura. Se espera algo más directamente... ofensivo, es la palabra que me sale, ¿ves? No se me ocurre otra mejor. Se espera una macropolítica más que una micropolítica.

Usted cita el prólogo de La tendencia materialista que dice que en la poesía de Fernanda Laguna, conceptos como mujer o lesbiana "funcionan como si el conflicto cultural que las enmarca ya hubiese sido superado" y que su obra carecería de toda "voluntad reivindicativa", y extiende el argumento a los conceptos de testimonio o militancia en Bruzzone. ¿En qué sentido podría ser política la literatura de la intimidad?

Lo que yo digo es que evidentemente es así, pero que el conflicto "superado" no quiere decir que haya sido perdonado u olvidado. O que es el arte por el arte, o volver a eso de la torre de marfil, o la autonomía del arte.

Se dijo mucho de la poesía de los años 90 que era "apolítica".

Por supuesto, y yo no creo que sea así, para nada. Y de paso reivindico un poco a mi generación neobarroca. A nosotros nos entendieron también así: "los exquisitos", "no les importa la política", y no iba por ahí nuestra búsqueda. Esa misma crítica que le hicieron a la poesía de la década del 90 nos la hicieron a nosotros en los años 70. Creo que este libro es de algún modo buscar el rastro que dejó mi generación, un rastro que encuentro no en los que nos imitan, sino en los que vinieron después e hicieron algo distinto. Pero yo creo que se ve, o quiero trazar esa línea, esa continuidad entre los neobarrocos y la poesía de los años 90. Me parece que en Perlongher es clarísimo, que siempre se lo leyó en esa dicotomía: por un lado, la cosa barroca, frívola, gay y por otro, "lo social". Y ese puente que va de Perlongher a lo que vino después, no rindiéndole pleitesía sino incluso con disenso, es lo que me interesaba explorar en este libro.

Usa el adjetivo "gay" y no es casual: hay en el libro, tanto en el rescate de Perlongher como en "la boluda" de Fernanda Laguna, una perspectiva feminista.

Exactamente. Es femenino ese corrimiento, más allá de quién lo ejerza. La intimidad es femenina, es un concepto históricamente femenino. Fijate que, volviendo a lo de mi generación, una de las críticas que me hacían algunos de los integrantes de la revista Literal, que eran mis amigos pero nunca me publicaron, era esta tendencia hacia lo íntimo, que es evidentemente mi tendencia natural, que no veo más que lo que tengo delante, escribo con lo que hay. Eso ya estaba en mi primer libro. Y alguno de los integrantes de Literal, con esa cosa bien de esa época que era cierta obsesión formalista o textualista, me dijo: "Lo que pasa es que a lo que vos escribís se le ve mucho el verosímil". Así se hablaba en esa época [se ríe]. A mí en el momento me hizo gracia, pero igual me funcionó el superyo masculino. Me puse recontra autocrítica de lo mío: escribí un segundo libro que seguía siendo intimista, y no lo publiqué nunca. Y mi tercero, que es mi segundo libro de poemas, Los no, lo escribí en tercera persona. Y es, de hecho, el libro que se sale más de mí. Lo quiero mucho, igual, pero ahí hice un intento de forzar eso.

¿Hoy hay una tendencia contraria? ¿Lo que suena raro es escribir en tercera persona?

Yo creo que va a volver, todas las personas van a volver [se ríe]. El tema es que van a volver cambiadas; lo interesante es ese cambio que se tiene que producir, eso es lo que hace el arte siempre, dar una vuelta de tuerca a lo que hay. Cuando una cosa ya se instala como canon, se congela o se vuelve un imperativo del mercado, se sacraliza. Ahí hay que volver a dar una vuelta, y eso el arte lo hace siempre, corre lo instituido de lugar y cambia para siempre el punto de vista.

Menciona en el libro los relatos en las redes sociales. ¿Le parece que vigorizaron la literatura, que le dieron algo nuevo?

Creo lo mismo que con todo: profanándolas, sí. Tomándolas como un artificio o como una herramienta más, no. Me interesa mucho Kenneth Goldsmith, por ejemplo. Me interesa cuando dice que la literatura es, de todas las artes, la más reaccionaria, la menos arriesgada en el sentido de animarse a levantar material de Internet sin problemas, cosa que las otras artes han hecho. Y eso te hace pensar que la literatura está muy aferrada a, valga la redundancia, la literatura, es decir a un concepto de originalidad. Parece ser que hay que "soltarla" para seguir, pero eso no quiere decir de ninguna manera no leer. Por eso me resulta muy interesante lo que dice sobre escrituras no creativas Goldsmith. Tampoco tomarlo como un recurso, como una experimentación vanguardista, porque me parece que eso también ya fue.

¿Por qué le parece que estas escrituras fáciles son consideradas "oscuras"? Los best sellers hoy, paradójicamente, son más "literarios".

Porque los best sellers pertenecen al mercado y el mercado, como dice Agamben, sacraliza, nunca profana. Lo profanatorio siempre es marginal, pero termina imponiéndose. Picasso era marginal, Duchamp era marginal, y el mercado sin embargo los absorbió. Lo que por otro lado es bueno, para que todo el mundo los conozca. Por eso yo digo que me siento una curadora, más que una crítica. Lo interesante que tiene la curaduría es que es parte del arte, no es una explicación. Eso sentí yo con lo de Félix, cuando hicimos ese espectáculo en el que yo comenté lo que él decía [Tamara Kamenszain participó leyendo un texto de Campo de mayo, la conferencia performática de Félix Bruzzone]. Lo de él era una conferencia performática, de modo que lo mío era un comentario pero también era parte de la obra.

¿Le parece que ésa es la contribución que como crítica literaria vale la pena hacer hoy, más que decir "este libro es buenísimo" o "éste es malísimo"?

Me parece que esta literatura actual no te pide ese tipo de crítica, de "Esto es genial" o "Esto es horrible". Me preguntan muchas veces "¿Pero a vos te gusta?". Siempre contesto lo mismo: ante todo, estos textos no piden gustar, no están hechos para gustar. Como Duchamp: el inodoro era horrible. Pero a la vez, me estimulan a escribir. Por ahí no todos me llegan a emocionar. Creo que son modos del estímulo: algunas de estas escrituras me han estimulado a escribir sobre ellas. Lo que sí sé, o creo saber, es que un producto artístico que no provoque estímulos de curaduría, de escritura, de crítica, no va a quedar. Lo que no inspira nada productivo en los otros, me parece, tampoco queda.

Sobre lo que va a quedar y lo que no, trabaja en el libro con las nuevas "novelas que no son novelas" y cita un título de Cucurto, ¡Basta de escribir novelas! ¿Ya no se puede hacer novelas?

Veo que hay narrativas que están yendo hacia la poesía, que de pronto "suspenden": no arman un mundo autónomo mítico y completo, como te podía armar Balzac, sino que en ellas ya está presente la falta, el corte, una idea de mundo incompleto, que es lo que la poesía siempre hizo. Así como, al revés, la poesía camina hacia la prosa y hacia narrar cosas. No sé qué va a pasar con este choque de trenes que se cambian de vías. No digo que por ahí no vuelvan los grandes novelones, que son muy estimulantes, pero quizás hoy esos mundos épicos se leen en las miniseries.

Esta nueva literatura de la intimidad traiciona la expectativa del lector de novelas, ¿no? Tal vez eso es "lo oscuro": uno como lector está acostumbrado a hurgar en las elipsis, en lo no dicho. Y en esta literatura está todo dicho, hasta "sobredicho".

Sí, hasta el límite, hasta esa cualidad de lo rapero que es repetir el estribillo una y otra vez, pero no con el fin que tenía antes, que el estribillo te decía "la posta", que se usaba para destacar. Ahora, como está todo dicho, como no hay elipsis, lo único que hace el estribillo es repetir lo que hay: por eso el subtítulo del libro: Los que escriben con lo que hay. Lo que hay sería eso, no lo llamaría completud: lo que está en la superficie, lo que está delante de los ojos. No hay que buscar atrás de eso nada. En su "Tremendo poema", sobre un chico al que mató la policía, Mariano Blatt repite: "Ese es un hecho de la realidad./ Ese es un hecho de la realidad./ Ese es un hecho de la realidad". Ahí lo tenés: está recontratestimoniando, en ese rap, en esa repetición aparentemente sin sentido, lo que hace es testimoniar sin elipsis, sin ocultar: lo que hace es decirlo todo.

Ahí hay un concepto de verdad que propone el libro.

Ahí está, sí. Lo que hay es la verdad. La verdad es lo que hay. Y eso permite las micropolíticas. Porque las micropolíticas se hacen con lo que hay, con lo chiquito, con lo inmediato, con lo inofensivo. Y finalmente, hacer política con lo que hay puede ofender.

Biografía

Tamara Kamenszain nació en Buenos Aires en 1947. Estudió filosofía y se dedicó al ensayo, la poesía y la enseñanza de la literatura. En los años 70, con Arturo Carrera y Néstor Perlongher, fue parte de los poetas neobarrocos. Autora de diez libros de poesía, su último ensayo es Una intimidad inofensiva.

¿Por qué la entrevistamos?

Porque es reconocida en la crítica literaria y en la poesía, y elige bucear con ojo no complaciente en esos dos campos

La foto

Elige sin dudar su mochila que, según dice, la acompaña "a todos lados desde hace mucho tiempo".

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