Turquía se adentra en un peligroso túnel

Ricard González
Ricard González PARA LA NACION
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25 de julio de 2016  

TÚNEZ.- El sentido común y algunos precedentes históricos sugieren que el fracaso de un golpe de Estado contra un gobierno elegido en las urnas equivale a un reforzamiento del sistema democrático. Éste no es el caso en la Turquía actual, quizás porque ya hace tiempo que su presidente, Recep Tayyip Erdogan, parece haberse alejado del sentido común. Más de una semana después del intento de asonada, todo parece indicar que, bajo la dirección de Erdogan, Turquía se adentra en un largo y peligroso túnel.

Durante los últimos días, mucho se ha especulado sobre la posibilidad de que la sublevación fuera en realidad un "autogolpe". Ciertamente, el golpe estuvo repleto de fallas, pero en él participaron suficientes altos mandos, que se enfrentan hoy a durísimas condenas, como para pensar que Erdogan podía fácilmente manipularlos. Acostumbrado a tutelar la política del país durante décadas, el ejército no aceptó de buen grado la subordinación a la que lo sometió Erdogan, por lo que el presidente no contaba con muchos simpatizantes entre los uniformados.

Sea como fuere, si la noción del "autogolpe" es popular en ciertos sectores es por la reacción inmediata y oportunista del gobierno turco. A un ritmo vertiginoso, el gobierno anunció medidas destinadas a purgar los cuerpos del Estado de sus detractores y a erosionar algunos derechos individuales que tanta sangre y sudor costó consagrar. De momento, unos 60.000 funcionarios han sido despedidos o suspendidos en su trabajo, incluidos jueces, fiscales y funcionarios del Ministerio de Educación -¿qué tendrán que a ver con un golpe militar?-. El jueves pasado, el gobierno decretó el estado de emergencia durante tres meses y suspendió la Convención Europea de Derechos Humanos. Y todo ello, mientras Erdogan insiste en la necesidad de reintroducir la pena de muerte.

Jamás los efectos del fracaso de un intento golpista fueron peores para el sistema democrático de un país. Ahora bien, la reacción de Erdogan no es del todo inesperada. Algunos analistas advirtieron de este peligro la misma noche de la asonada.

Después de haber culminado la democratización de Turquía durante sus dos primeros mandatos, siempre tras el señuelo de la entrada en la Unión Europea (UE), a partir de 2011 Erdogan empezó a deshacer el camino andado. Entonces, su enfrentamiento con un antiguo aliado, el clérigo Fethullah Gülen, hizo aflorar graves casos de corrupción en el entorno presidencial. Incapaz de asumir sus errores, Erdogan se conjuró para desarbolar el Estado de Derecho y cualquier otro mecanismo de escrutinio de su gobierno, incluida la prensa independiente.

En su huida hacia adelante en busca de una presidencia vitalicia, Erdogan se propuso vaciar la democracia turca de garantías y derechos hasta convertirla en una mera cáscara electoral. Más que tics autoritarios, sus acciones parecen responder a un proyecto bien planeado, y nada original, por cierto. Muchos otros lo precedieron con fórmulas más o menos parecidas, como su ex enemigo Vladimir Putin. La empresa amenaza con hacer estallar la paz social en todo el país -de momento, ya lo consiguió en las zonas kurdas-, y retrotraer a Turquía a los convulsos y violentos años 70 y 80.

Neutralizado ahora sí el ejército y minada la independencia del Poder Judicial, tan sólo un actor puede frenar a Erdogan: la sociedad civil turca, ya sea en la calle o las urnas. Los próximos meses y años veremos hasta qué punto los principios democráticos echaron raíces en la joven democracia turca y las políticas liberticidas del gobierno generan resistencias.

Erdogan se convirtió en una figura muy polarizadora: medio país lo ama, la otra mitad lo detesta. El AKP, su partido, venció con claridad todas las elecciones celebradas desde 2002. De ideología islamista, posee una amplia base electoral gracias al apoyo de los sectores más tradicionales y devotos de la sociedad turca. Sin embargo, sus triunfos se deben también al apoyo de ciudadanos desideologizados que premiaron la estabilidad y prosperidad que trajo la primera década de gobierno islamista. ¿Mantendrán estos últimos la confianza ahora que la economía pierde fuelle y la estabilidad se ha evaporado? ¿Formara algún líder histórico del AKP defenestrado por Erdogan, como Abdula Gul, un nuevo partido que dividirá su electorado?

No es fácil predecir qué trayectoria dibujará los próximos años la turbulenta Turquía de hoy, afectada por la guerra civil siria y el "despertar kurdo" en toda la región. Pero de lo que no hay duda es de que, habiendo podido entrar en el panteón de los próceres de la nación turca, a Erdogan su desmesurada ambición lo hará terminar mal.

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