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Verdún, herida abierta

Crédito: Hugo Passarello Luna
Cien años después de la batalla, en un extenso bosque en el norteste francés aún emergen huesos y pertenencias de los miles de caídos, entre ellos el argentino Juan Francisco Delattre
Hugo Passarello Luna
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31 de julio de 2016  

VERDÚN, FRANCIA

En los primeros días de febrero de 1916, el subteniente Federico Juan Francisco Cirilo Delattre, nacido 33 años antes en Buenos Aires, cavaba otra trinchera en los campos de Verdún. Faltaban pocos días para que los alemanes, a sólo dos kilómetros de la posición de Delattre, lanzaran sobre él y sobre los 3000 hombres de su regimiento alrededor de dos millones de obuses en 48 horas. Ese bombardeo daba inicio a una de las batallas más sangrientas de la Primera Guerra Mundial, Verdún.

Pero eso, Delattre no podía saberlo. Agobiado por el barro, el frío y la lluvia incesante, tampoco sabía que su destino final sería sellado por una bala de ametralladora el 24 de febrero. Como él, otros 27 soldados en las filas francesas y nacidos en la Argentina terminarían sus días en los campos de Verdún. Este año se conmemora el centenario de la batalla que durante 300 días se llevó la vida de 300.000 hombres. La cuenta es fácil como trágica: 1000 muertos por día.

La batalla cambió la geografía de Verdún, localidad del noreste francés, en la regió de Lorena. Sólo la lluvia parece ignorar el tiempo y cae hoy como caía sobre los soldados hace 100 años.

Antes de la guerra, sólo un cuarto de las 10.000 hectáreas del campo de batalla eran bosques. Pero cuatro años después de finalizado el conflicto se comenzó a forestar el resto. Las autoridades querían evitar que volvieran a ser tierras agrícolas. Hoy, un denso bosque de pinos silvestres, robles y arces, preservan el paisaje perforado por los cañones que comenzaron el ataque una fría mañana.

El inicio

21 de febrero de 1916, 7.30 de la mañana. "Las compañías debieron entrar en sus refugios," escribió con cuidada caligrafía un oficial en el diario de operaciones del regimiento de infantería 327, al que pertenecía Delattre. "El bombardeo, con obuses de todos los calibres y también lacrimógenos, durará cuatro días", continúa la descripción.

En Beaumont casi no hay rastros de la ciudad que fue. La iglesia se reconstruyó en 1933
En Beaumont casi no hay rastros de la ciudad que fue. La iglesia se reconstruyó en 1933 Crédito: Hugo Passarello Luna

El regimiento, que había sido creado al inicio del conflicto armado, debía defender el pequeño pueblo de Beaumont, ubicado a 15 kilómetros del norte de Verdún, y que sería arrasado por los tiros de obuses, más de 60 millones lanzados en todos los frentes en el curso de la batalla.

Tal fue el diluvio de artillería que el campo todavía está lleno de esquirlas. "Todos los años retiramos más de 20 toneladas de municiones de artillería", dice Gerald Colin, uno de los guardabosques de Verdún y apasionado por la historia de la Gran Guerra, como se llamó al sangriento conflicto. "Se calcula que vamos a tardar casi cinco siglos en limpiar todo el campo", dice el hombre, mientras levanta del suelo del desaparecido pueblo de Beaumont una decena de esquirlas, redondas y pesadas.

El regimiento del subteniente Delattre resistió durante cuatro días el bombardeo. En la madrugada del 24 de febrero, el general Boulangé comunica que al Regimiento 327 le quedan 400 hombres. Menos de 24 horas después, el mismo oficial, envía un nuevo informe. Al 327 le dedica una sola línea: "Ya no existe".

Junto con él dejaba de existir también Delattre, hijo de Frederic Delattre y de María Lecoutre, que lo trajo al mundo en Buenos Aires el 17 de octubre de 1883. Antes de la Primera Guerra, la familia ya había vuelto al norte de Francia y el joven Delattre, de pelo castaño, ojos marrones y 1,75 metro de altura, había terminado su servicio militar en 1905 y se ganaba la vida como mecánico.

Tenía apenas dos años de casado con Pauline Delepoulle cuando, junto con otros 8.400.000 franceses, Delattre fue movilizado el 1° de agosto de 1914, al inicio de la guerra. Durante más de un año y medio logró esquivar la muerte.

"El bosque de Caures fue tomado por el enemigo. En medio de la retirada, algunos grupos del Batallón de cazadores de Driant arrastraron con ellos una sección de la Compañía 17 que ocupaba las fortificaciones a un kilómetro hacia el noroeste de Beaumont (subteniente Delattre)." Esas líneas, escritas en el diario de operaciones del 327, son las últimas noticias que se tienen de Delattre vivo. Eran las 12 del mediodía del 22 de febrero. Moriría dos días después.

"Allá, entre esos árboles, cayó", dice el guardaparques Colin, mostrando con el dedo una impenetrable línea verde, el bosque de Caures. Colin lo observa desde los vestigios de las trincheras alemanas, ocultas hoy por otro denso follaje. Sólo un baqueano como Colin conoce su ubicación. Ambas posiciones están actualmente separadas por una recta plantación de maíz que apenas se asoma del suelo. En 1916, ese campo era la tierra de nadie que separaba a los enemigos.

Algunos objetos que aún siguen encontrándose en el bosque
Algunos objetos que aún siguen encontrándose en el bosque Crédito: Hugo Passarello Luna

"Los alemanes pusieron acá más de 1.400 piezas de artillería. Era un frente de 14 kilómetros. O sea había un cañón cada 10 metros", cuenta Colin. Muchos de los obuses que fueron disparados no explotaron. "Era algo común que fallaran. Casi un cuarto de las municiones lanzadas en Verdún no estallaron al caer. Son casi 15 millones de explosivos. Los más peligrosos son los que tienen gases sofocantes que contaminan el área. La mayoría están todavía bajo tierra o entre la vegetación. Como ése", agrega Colin exhibiendo un obús de unos 30 centímetros de largo, tendido contra el tronco de un árbol, con su carga intacta. Todos los meses los guardaparques encuentran proyectiles sin detonar y deben llamar al equipo de explosivos para que los retire. "Pero sólo aquellos que están en zonas por donde pasa el público. El resto los dejamos ahí", dice Colin, mientras observa los kilómetros de bosques.

Los pueblos destruidos

A las 14.30 del 22 de febrero "las trincheras 8-9-10 fueron destruidas y sus defensores sepultados", cuenta el diario del 327, todavía bajo el bombardeo. "Todas las comunicaciones telefónicas fueron cortadas."

El comandante Savary es uno de los principales testigos del hostigamiento de la posición del 327 en Beaumont. Desde un barranco a sólo 600 metros del pueblo Savary padece también una lluvia de 50 obuses de gran calibre por minuto. "Pero el bombardeo sobre Beaumont fue aún más terrible", afirma Savary, un mes después del ataque y frente a sus superiores, quienes intentan entender qué pasó en Beaumont. "Durante la mañana del 24, el pueblo desaparece bajo los estallidos", agrega Savary.

Junto con otros nueve pueblos de la zona, Beaumont fue borrado del mapa durante la batalla. Antes de la guerra 186 personas habitaban las casas que fueron arrancadas de cuajo por los tiros de obuses. Apenas iniciado el conflicto, todos los habitantes habían sido evacuados hacia el sur de Francia. Hoy, el único rastro original de la existencia de Beaumont es un aljibe de piedra solitario entre los árboles. La iglesia fue la única edificación reconstruida, recién en 1933.

Crédito: Hugo Passarello Luna

Por supuesto, ninguno de estos nueve pueblos tiene habitantes. Salvo uno. "Soy la intendenta de Douaumont, elegida por la totalidad de sus pobladores. Acá la participación electoral es del ciento por ciento", dice con ironía Sylvaine Vaudron, porque en Douaumont hay apenas ocho habitantes, de los cuales sólo seis tienen la mayoría de edad para votar. "Tuvimos la suerte de mantener un poco de gente, porque después de la guerra se construyó el osario, para cobijar los restos de los soldados, y también el refugio de los peregrinos", explica Vaudron que, además de intendenta, atiende el restaurante del refugio, construido en 1927 para recibir a las miles de familias que venían en busca de información sobre sus maridos, padres o hijos muertos o desaparecidos en Verdún. Hoy, la zona recibe más de 400.000 visitas por año.

"Somos dos familias. Una que administra el osario y la mía, que se encarga del refugio", dice Vaudron. "Viene gente de todos los rincones de Francia. Y también de Alemania, porque ellos perdieron tantos chicos como nosotros." Alrededor de 160.000 franceses y 140.000 alemanes murieron durante la batalla.

En el pueblo de Beaumont no quedan casas ni habitantes, pero todavía se pueden ver los restos de los refugios subterráneos donde los franceses, entre ellos el oficial Delattre, resistieron el diluvio de bombas. No tenían otra alternativa. En un telegrama cifrado y enviado en los últimos minutos del 25 de febrero de 1916, el comandante en jefe de las fuerzas francesas, Joseph Joffre, recuerda al general Philippe Pétain, apenas designado a cargo de las tropas de Verdún: "Ayer 24 de febrero he dado la orden de resistir [.] Todo jefe que, en las circunstancias actuales, emita una orden de retirada, será convocado frente a un consejo de guerra". Sin poder replegarse, miles de soldados franceses, y también alemanes, caen en apenas unos días.

El ataque

Crédito: Hugo Passarello Luna

"Esta es la primera línea alemana. Desde acá cargaron contra el bosque de Caures y luego contra Beaumont", cuenta Colin, con medio cuerpo todavía dentro de las trincheras alemanas. El intenso bombardeo era el relámpago que anunciaba el ataque de decenas de miles de soldados alemanes que se abalanzarían sobre Delattre y sus hombres.

"Nuestras ametralladoras quiebran el ataque alemán [.] Vemos caer hileras enteras y pronto la masa de los asaltantes es rechazada en desorden y desaparece dejando el terreno cubierto de cadáveres", testimonia el comandante Savary desde el barranco. El oficial confunde al principio los cuerpos de los soldados alemanes con huecos creados por la artillería, pero "al usar el catalejo se da cuenta de que son acumulaciones de cadáveres", se puede leer en el documento que preserva su testimonio.

Pero los montículos de cuerpos no frenan las olas de miles de soldados alemanes que se suceden. "Vemos la infantería enemiga a 50 metros", anotan a las 13.30 en el diario de operaciones del 327. Beaumont no resistiría mucho más y a las 16 del 24 de febrero caía en poder de las fuerzas alemanas.

Al terminar la jornada, en el diario del regimiento, el nombre de Delattre aparece en la larga lista de los 901 desaparecidos. En la confusión aún nadie sabe que el porteño murió.

"Creemos que hay todavía bajo tierra más de 80.000 hombres que figuran como desaparecidos", dice el guardaparques Colin.

Un cementerio a cielo abierto

De cuando en cuando, los huesos de esos soldados, enterrados a fuerza de bombas, vuelven a salir a la superficie. Y cuando eso sucede, los guardaparques llaman a la gendarmería y al doctor Bruno Fremont, médico forense de Verdún desde 1984.

"Tengo que asegurarme de que los huesos no pertenezcan a un cadáver más reciente", dice Fremont, y con una sonrisa pícara agrega: "Ya tuvimos casos así."

En 2013, unos turistas alemanes encontraron un hueso mientras caminaban por un área abierta al público. "Cuando fuimos a recuperarlo encontramos los restos de 26 soldados franceses", dice Fremont. "Y eso en una zona transitada por miles de visitantes cada año, con el césped bien cuidado. Estaban justo debajo de nuestros pies. Hacía falta que lloviera." La constante lluvia, explica el médico, erosiona la tierra y deja al descubierto vestigios del conflicto, incluso cadáveres. "Nosotros no hacemos excavaciones. Consideramos que las 10.000 hectáreas del campo de batalla son un a cielo abierto donde los desaparecidos duermen, y los dejamos en paz. Pero de vez en cuando, uno que otro aparece."

Delattre nunca apareció. Su cuerpo sigue bajo tierra o mezclado con otros en el osario de Douaumont, donde reposan los huesos de 130.000 hombres sin identificar.

Bruno Fremont, médico forense de Verdún desde 1984, es el encargado de analizar partes de los cuerpos que salen a la superficie
Bruno Fremont, médico forense de Verdún desde 1984, es el encargado de analizar partes de los cuerpos que salen a la superficie Crédito: Hugo Passarello Luna

A ese osario van a parar la mayoría de los huesos que llegan al laboratorio del doctor Fremont. Es muy difícil poder darles un nombre y apellido a menos que se encuentre entre los restos su placa de identificación. "Al ser golpeados por un tiro de obús, el cuerpo era destrozado y la placa con el nombre salía volando varios metros", explica Fremont. "Además, muchos de los cadáveres no podían ser enterrados y quedaban en la tierra de nadie. Otros tiros de artillería caían sobre ellos despedazándolos aún más".

De los 26 soldados encontrados en 2013, sólo siete pudieron ser identificados y restituidos a sus familias o enviados al pueblo de dónde eran originarios. "Para nosotros, nuestra recompensa es poder devolverle la identidad a un soldado desconocido. Pero es raro poder hacerlo. Lo más frecuente es encontrar un hueso o fragmento de hueso", se lamenta Fremont. "Lo único que podemos hacer es una identificación por ADN. Pero luego hay que compararlo con todo Francia, Alemania y con los otros países que participaron en la batalla. Pero sería muy caro y..., ¿cuál es el interés?"

Junto a los cadáveres se encuentran a veces varios objetos, como cantimploras, palas o vajilla. "Pero eso puede ser material que pertenecía al enemigo. A veces un soldado francés podía llevarse el reloj de un alemán muerto. Lo único que nunca cambiaban eran los uniformes. Un francés no se ponía un uniforme alemán, y viceversa." Si la tela es irreconocible, los botones de metal de los capotes revelan, por lo menos, si el combatiente era francés o alemán. " Gott mit uns, o sea, Dios con nosotros, dicen estos botones. Una frase típica del ejército imperial alemán. Este soldado venía de Alemania", dice Fremont, al tiempo que sostiene entre sus manos dos botones todavía cosidos a un pedazo de uniforme.

Otro problema para Fremont son los coleccionistas. A pesar de no estar permitido, algunos aficionados de la guerra recorren los bosques con detectores de metales en búsqueda de parafernalia bélica. "Encuentran cadáveres, los despojan de sus pertenencias, incluyendo la placa metálica con el nombre y luego dejan los huesos. La guerra les robó la vida y los excavadores su identidad. Sufrieron dos muertes", dice Fremont, mientras toma entre sus manos una bota de un soldado francés con el pie todavía adentro. "Tiene los cordones muy bien atados. Es, quizá, la última huella de este hombre en la tierra antes de salir a la batalla", reflexiona Fremont, y agrega suspirando: "No hay mes que pase sin que encontremos algo".

Pero nada se encontró del porteño Delattre. Su esposa, Pauline Delepoulle, aprendía su nueva condición de viuda recién al final de la guerra, en 1918. En los archivos del oficial hay una breve declaración de un soldado francés que asegura que el subteniente recibió un tiro de ametralladora en el bosque de Caures. Herido, quizás recorrió la distancia entre el bosque y el pueblo de Beaumont, su posición inicial, dónde muere, según reza el certificado de defunción completado recién en 1919. Hoy, su nombre está esculpido en el monumento a los caídos por Francia en el pequeño pueblo de Mortagne-du-Nord, su último domicilio antes de partir al frente. En su formulario de conscripción queda anotado que fue condecorado con la Cruz de guerra porque "demostró conducirse con sangre fría e inteligencia en la ejecución de los trabajos", durante una batalla de octubre 1915.

"Cada vez que camino por los bosques sólo puedo pensar que camino sobre los cuerpos de soldados. Es difícil no hacerlo", confiesa el guardaparques Colin, cuando nota que algo se mueve bajo el agua acumulada en un hoyo de obús. "Es un sapo de vientre amarillo", dice Colin, y lo toma entre sus manos. Estos anfibios, como también el tritón crestado, encontraron un lugar propicio para vivir en los microhábitats creados por los charcos en los agujeros de obuses. Además, los extensos refugios subterráneos hoy fueron ocupados por la colonia más importante de murciélagos del este de Francia. Los fuertes y las fortificaciones fueron poblados por más de 20 especies de orquídeas. Un siglo después de la matanza industrial producida por el hombre, la naturaleza volvió a adueñarse del paisaje. El silencio del bosque se interrumpe de pronto cuando un chaparrón sacude las hojas de los árboles y un espeso barro se apodera del suelo. En algún lado del campo de batalla, los vestigios de algo o alguien estarán volviendo a la superficie.

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