Al kirchnerismo no le será fácil sobrevivir

Andrés Malamud
Andrés Malamud PARA LA NACION
Más allá del relato, los gobiernos de los Kirchner interpretaron la cultura estatista de buena parte de la población; pero ahora, sin el poder, la relevancia de la fuerza política que los sostuvo depende de varios factores, como la atomización del peronismo
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27 de julio de 2016  

Fuente: LA NACION

El kirchnerismo fue tres cosas: un relato, un grupo político y una etapa del peronismo. Los restos del relato yacen termosellados. El grupo político sobrevive, pero ya no parece una amenaza electoral. Y la etapa se terminó.

Así lo sugiere la historia.

Durante medio siglo la Argentina tuvo tres partidos: el peronista, el radical y el militar. Dos de ellos competían en elecciones y después encarcelaban o proscribían al otro; el tercero encarcelaba y proscribía sin elecciones. En 1983, el partido militar dejó el gobierno, y el 3 de diciembre de 1990, con el último alzamiento carapintada, perdió el poder. Quedaron Juan y Pinchame.

Todo iba bien hasta que en 2001 se pinchó el radicalismo. Aunque el partido integró los gobiernos de Duhalde y, más tarde, de Macri, la posibilidad de volver a la presidencia se disolvió. Quedó el partido de Juan.

Cual célula biológica, el peronismo se dividió para multiplicarse. Pero su capacidad cariocinética no es novedosa. La primicia de 2003 fue que, por primera vez en la historia, enfrente no había nada.

Alfonsín había sido elegido con el 52% y Menem reelegido con el 50%. Merodear la mitad de los votos es normal para los presidentes argentinos. Por eso, en 2011 la bomba atómica no fue el 54% de Cristina Kirchner, sino el 17% del segundo y el 11% de la UCR. Al kirchnerismo, más que el relato o la ampliación de derechos, lo definió la claudicación del radicalismo.

Leer el vacío ajeno como mérito propio derivó en hubris, palabra con que los griegos definían a “aquellos que se la creen”. Fallecido Néstor, Cristina fue por todo. No hay mejor comienzo para quedarse sin nada.

Ante la defección de los partidos opositores, la prensa tomó la posta. Clarín y Lanata se transformaron en el contrapunto que el gobierno necesitaba. Pero la grieta creció, muestran Ernesto Calvo y Marcelo Escolar, más como artificio de la política que como genuina división social: la mayoría de los votantes mantuvo preferencias moderadas. Aunque familias y amigos se pelearon, una enorme franja de la población permaneció al margen de la polarización. Sergio Massa identificó esa franja como la ancha avenida del medio. Faltó el asesor que le recomendase no caminar por la avenida. Es más saludable hacerlo por la vereda.

La definición del kirchnerismo sigue siendo campo de debate para los intelectuales. Inútil es explicar que no existe “obamismo” en Estados Unidos o “mujiquismo” en Uruguay: en las democracias maduras compiten candidatos y programas en vez de conductores y proyectos. Así, Vicente Palermo identifica a la Argentina de los Kirchner como “un caso particularmente virulento de democracia delegativa”, mientras Luis Alberto Romero descarta populismo por insuficiente y apunta más alto: cleptocracia, “un régimen construido sobre dos columnas: la concentración de poder y la acumulación de riqueza”. Tanto Palermo como Romero se centran en el gobierno de los Kirchner, al que definen como un régimen; o sea, un conjunto de reglas y no sólo de personas.

José Natanson mira más allá del gobierno y se pregunta qué es el kirchnerismo hoy. Responde sin ambigüedad: “Es, en primer lugar, una cultura política”. En otras palabras, un relato socialmente arraigado. La base del análisis es una encuesta de orientaciones ideológicas elaborada por Flacso-Ibarómetro. Sus resultados muestran que la mayoría de los argentinos favorece la intervención del Estado en la economía, las alianzas con los países de la región y la continuidad de los juicios por violaciones de los derechos humanos. “Estos resultados, que hubieran sido muy diferentes en otros momentos de nuestra historia, por ejemplo en los 90, son también distintos si se los compara con los de otros países”, señala Natanson. Y agrega que las clases medias sostienen estos valores por encima del promedio, lo que explicaría el “giro estatista” de Macri. El kirchnerismo, entonces, distingue a la Argentina de su pasado y sus vecinos, pero además les marca la cancha a sus adversarios.

Hay otras dos maneras de interpretar al fenómeno desde adentro. Una de ellas, embanderada por Juan Manuel Abal Medina, se enfoca en la ampliación de derechos. La otra, encarnada por Hernán Brienza, concibe el “peronismo kirchnerista” como “un desafío épico de la política frente a los poderes reales”. Para esta visión, más contestataria, el Estado “tiene un componente misional”.

Ambas visiones son problemáticas. En el primer caso, el de la ampliación de derechos, porque en nada diferencia al kirchnerismo del peronismo clásico. En el segundo, el de la épica, porque el componente misional terminó siendo conventual. La hipótesis culturalista de Natanson vuelve entonces al ruedo.

“La cultura política argentina muestra fuertes signos de estatismo. Ello se traduce en la adhesión de la población a políticas proteccionistas por parte del Estado y en el decidido apoyo a la acción estatal en áreas percibidas como próximas a sus realidades cotidianas.” Esta descripción de la Argentina kirchnerista fue realizada por Edgardo Catterberg en su libro Los argentinos frente a la política, que publicó… en 1989. Tiene razón Natanson cuando afirma que estos valores habrían sido controvertidos en los 90. Lo que eso prueba no es la excepcionalidad del kirchnerismo, sino la del menemismo: antes y después de Menem, los argentinos fueron estatistas. El discurso de los Kirchner resuena en la sociedad argentina no porque la lidera, sino porque la refleja.

Sin embargo, explicaba Catterberg, el apego al Estado “no es de carácter predominantemente ideológico, sino pragmático y centrado en demandas de actuación estatal que apuntan a acciones concretas, directamente vinculadas con la satisfacción de necesidades individuales”. El estatismo argentino es anterior al relato. Y el aspiracionismo, también.

Durán Barba descubrió que los argentinos, tal como dijo Catterberg, “se caracterizan por poseer en forma bastante generalizada fuertes orientaciones al logro personal. Estas tendencias enfatizan especialmente la búsqueda de metas materiales y la disposición al esfuerzo para alcanzarlas”. Siempre en 1989, Catterberg afirmaba que “una de las características más salientes de la cultura política argentina es la simultánea presencia de actitudes individualistas y estatistas en el grueso de la población”. El FPV y Pro encarnan esa alma dividida de los argentinos, un alma que ellos no inventaron.

El escenario político actual enfrenta a un Cambiemos minoritario pero unificado contra un peronismo mayoritario pero dividido. Mientras el discurso oficialista acentúa las aspiraciones individuales sin desmerecer la protección estatal, el opositor reivindica al Estado, pero no logra esconder los logros individuales de sus ex funcionarios. Por más fichas que se le pongan a la acción judicial, la que desempata es la economía. ¿Qué futuro tiene entonces el kirchnerismo?

Asegura Natanson que, “como ningún otro ciclo político desde la recuperación de la democracia, el kirchnerismo logró sobrevivir a su desalojo del poder”. El público objeta. Un semestre es un período insuficiente para levantar la economía, más aún para declarar la supervivencia de un ciclo político. Para bien o para mal, Raúl Alfonsín negoció una reforma constitucional cinco años después de resignar la presidencia. Cuatro años después de dejar el poder, Carlos Menem se dio el gusto de salir primero en las elecciones y dejar que Kirchner asumiera con el 22%.

Si quiere equipararse con sus antecesores, el kirchnerismo tendrá que ser competitivo en 2019. Para ello deberían concurrir tres factores: el fracaso del Gobierno, la atomización del peronismo y la libertad de Cristina. Ninguno es imposible; los tres juntos son improbables.

Politólogo argentino, investigador de la Universidad de Lisboa

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