Con el impulso de la revolución educativa de Sarmiento

Miguel Ángel De Marco
Miguel Ángel De Marco PARA LA NACION
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3 de agosto de 2016  

Leer y escribir es la civilización entera." La frase es de Sarmiento y la estampó en un informe al gobierno de Buenos Aires cuando, en 1857, se desempeñaba como jefe del Departamento de Escuelas. Eran tiempos difíciles, el país se hallaba dividido y se cernían densos nubarrones que prenunciaban la guerra civil. Inmerso en la lucha cívica y además senador del Estado rebelde, el sanjuanino impulsaba iniciativas de desarrollo material, expresaba sus ideas políticas a través de la prensa, pero no dejaba de concurrir diariamente a su despacho para enfrascarse en la construcción de nuevos establecimientos escolares y escribir con entusiasmo en los Anales de Educación Común que había fundado. Contemplaba a la Argentina en su conjunto: en aquel momento, el Arroyo del Medio constituía la frontera entre la Confederación y Buenos Aires, pero en no mucho tiempo, por la conciliación o por las armas, se operaría la unión de los argentinos. Para entonces, los avances educativos de la segunda debían proyectarse a la primera.

Sarmiento, destinado a impulsar un movimiento que a lo largo de varias décadas y aun luego de su muerte convertiría a la Argentina en el país más alfabetizado de América latina, con un sistema de enseñanza que sembró de maestros su territorio y permitió el acceso fluido a la universidad pública, tenía en claro que el Estado debía impulsar el proceso, pero que era indispensable involucrar en él a los componentes de lo que más tarde dio en ser llamada "comunidad educativa".

Cuando condujo una parte de la educación bonaerense, la cual, contra sus deseos, se hallaba fragmentada, se ocupó de manera pertinaz en impulsar su área, que era la campaña, mediante la construcción de establecimientos dotados de los recursos indispensables y conducidos por personal idóneo. Consecuente con lo que había recogido con avidez y meditado minuciosamente una década antes durante su viaje a Europa y los Estados Unidos, insistía en que todo argentino debía gozar, por lo menos, de los beneficios de la instrucción primaria. Para ello proponía en 1858 lo que materializaría años más tarde desde la presidencia de la república: "Mil mujeres maestras son muchos millones ahorrados, mil ocasiones menos de deslices para las clases que viven de su trabajo; mil industrias que dan de qué vivir sin miseria".

Y ante la inminencia del enfrentamiento fratricida, que finalmente se produjo en 1859 y volvió a repetirse en 1861, escribiría: "Que al lado de las partidas de guerra por millones figure la que ha de proveer a la aptitud moral del pueblo, por millones también.

"Que al frente de los ferrocarriles, almacenes, muelles para el movimiento y depósito de los productos, se vea la partida destinada a formar el productor, el consumidor y el conservador de esas propiedades [...]. Las rentas conservadas a la educación han de emanar directamente de los contribuyentes, para ser invertidas por ellos mismos en objeto que reúne las simpatías de todos [...].

"El paisano de nuestros campos, el vasco domiciliado de largo tiempo, no quieren aunque se les ponga la escuela a la puerta de sus casas dar educación a sus hijos. ¿Cómo hacerles querer si no se cambia en senmiento público la imprescindible necesidad de dar educación a sus hijos? El legislador no quiere votar rentas porque el objeto no le toca directamente".

Cuando el 27 de mayo de 1859 se colocó la piedra fundamental de la Escuela de Catedral al Norte, subrayó con esta rotunda afirmación el papel transformador de la enseñanza: "La escuela es en lo moral lo que la palanca de Arquímedes en lo físico: el más vulgar y conocido mecanismo humano, la más colosal de las fuerzas aplicadas a la materia de la inteligencia".

Años después, como gobernador de San Juan, ministro plenipotenciario en los Estados Unidos, presidente de la república, senador, multiplicó su actividad orientada en el mismo sentido. No hubo rama de la enseñanza que no contara con su apoyo ni acción que no tuviera por delante el propósito de ampliarla y mejorarla.

El eminente argentino hasta hace poco denostado por el "relato", el genial, polifacético y controvertido prócer que hizo realidad el imperativo de "educar al soberano", clama desde la inmortalidad por la recuperación del espíritu que operó la gran revolución educativa, ese movimiento que en poco tiempo sembró el país de escuelas primarias, abrió diferentes caminos a través de una escuela media polifacética y formativa, generó la apertura de nuevas casas de enseñanza superior y proyectó el prestigio de la Argentina como país que priorizó la promoción del saber.

Frente al sombrío panorama de la educación argentina, ante las falencias materiales que se advierten por doquier -edificios en mal estado, ausencia de equipamiento y otros recursos adecuados a una cambiante realidad-, en medio de la distorsión del papel que compete a los docentes y a los padres en la común tarea de educar, repiquetea el axioma sarmientino con el que comenzamos esta nota.

Historiador, ex presidente de la Academia Nacional de la Historia

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