De Silvina Ocampo a Osvaldo Lamborghini, las mejores biografías de escritores

¿Qué ocurre cuando se intenta contar la vida de quienes se dedican a la pluma? Un puñado de biógrafos revelan los desafíos de escribir sobre figuras tan complejas como Jorge Barón Biza, Rodolfo Fogwill o Osvaldo Lamborghini
Walter Lezcano
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3 de agosto de 2016  • 12:03

Fuente: LA NACION - Crédito: Gentileza Sudamericana / Alejandra López

¿Puede la vida de un escritor igualar la fascinante aventura que significa una creación literaria? A veces, aquello que atrae no es tanto la creación como el creador. Hablemos entonces de biografías de escritores y lo que significan como trabajo de escritura dentro de un corpus cada vez más poblado en la mesa de novedades ¿Qué hay realmente en el corazón de alguien llamado, con cierto decoro, "biógrafo", que indaga en la vida de otro, por más que ese otro sea excepcional? ¿Curiosidad, amor, devoción o el simple deseo de encontrar y develar el momento en el ocurre la producción artística?

El editor, docente y ensayista Christian Ferrer se encargó de la vida de dos especímenes excéntricos y únicos de nuestra literatura como son Raúl Barón Biza y Ezequiel Martínez Estrada. Cuenta Ferrer sobre su relación con el género: "No diría que escribí biografías -nadie puede hacer eso, toda vida es inexpugnable- sino algo así como informes confidenciales. Un informe confidencial no revela secretos, sólo datos e historias inencastrables, y también alguna que otra verdad que un ambiente específico -o un país entero- prefieren no saber. No soy lector de biografías, pero sí de libros de historia del mundo". En ese sentido, su interés por hablar de la vida de estos escritores estuvo impulsado por "el esfuerzo inmenso que ambos autores tuvieron que hacer para descentrarse, el modo en que lograron saltar por sobre sus circunstancias y así repeler los perros de presa, hayan sido jueces, políticos, pares, críticos literarios, o bien sus propios lectores". Dice que no se puso ningún límite a la hora de indagar en las vidas ajenas, aunque sí tuvo "muchos pudores": "el desafío al escribir estos libros fue tratar de comprender, sin por eso dejar de impartir justicia -admirativa o impugnante-. La mayor alegría: convivir con los muertos".

El periodista Patricio Zunini escribió la primera biografía sobre el creador de Muchacha punk: Fogwill, una memoria coral (Mansalva). Sin embargo, prefiere "las autobiografías antes que las biografías. Me gusta muchísimo la de Coetzee, publicada en tres volúmenes: Infancia, Juventud y Verano. La autobiografía es un género cercano a la novela; la biografía, a la investigación periodística. Mi libro sobre Fogwill dista mucho de ser una biografía. Es un libro de entrevistas que trabaja sobre la memoria, la ambigüedad del recuerdo, la construcción de una vida como relato colectivo. Salvando las distancias, lo veo más cercano a la novela". El interés de Zunini por Fogwill viene de hace tiempo: "Él vivió muchísimas vidas a la vez, por eso, creo, se necesita de muchas voces para contarlas. Además, él se construyó a sí mismo como escritor. Esa idea me interesa muchísimo. No pudiendo ser yo un escritor, me fascina ver cómo se convierten los que sí lo son". Tratándose de una existencia tan rica como la de Fogwill, tiene sentido preguntarse cuáles fueron los límites que se impuso al bucear en otra vida: "No me interesaba la verdad sino el recuerdo verdadero. Yo creo que, salvo que uno diga una mentira -lo que implica mala fe-, lo que se recuerda es siempre verdadero. Puede no ser preciso, pero no es falso. Me interesaba mantener la ambigüedad, los equívocos, las contradicciones: de esos errores también se compone la memoria. Sobre todo, la memoria colectiva". Si Zunini tiene que nombrar tres biografías predilectas elige la mencionada Barón Biza. El inmoralista, de Ferrer; Linterna mágica, autobiografía de Ingmar Bergman, y La luna y seis peniques, de W. Somerset Maugham. Es una novela. Pero es la mejor novela biográfica que se escribió sobre Gauguin".

Ricardo Strafacce escribió una monumental biografía sobre Osvaldo Lamborghini y antes de empezar a escribirla no tenía ninguna relación especial con el género. Y aclara: "No fui del género a Lamborghini sino de Lamborghini al género". Desde esa perspectiva, fue la escritura salvaje del escritor lo que lo movilizó a escribir una biografía: "Me preguntaba cómo sería una persona que escribía así, y me atraía lo autorreferencial de muchos de sus textos (fundamentalmente los dos Sebregondis y Las hijas de Hegel), además del mito que envolvía a su vida". Cuando se metió a trabajar en la biografía se encontró con un desafío: organizar narrativamente todo el material que había conseguido (cientos de cartas, fotos y testimonios; fotocopias de muchísimos originales). Pero también hubo una gran alegría: "Ver que estaba armando, creo, un buen relato". Si Strafacce enumera tres biografías de su gusto: " Rimbaud, de Roby; Joyce, de Ellman y la microbiografía de Aira en una antología de Pizarnik que salió en España. Las dos primeras porque son prolijas, ordenadas, muy profesionales. Y la de Aira porque es lúcidamente desmitificadora.

El uruguayo Carlos María Domínguez escribió Construcción de la noche, una recordada biografía de Juan Carlos Onetti. Su relación con él viene de mucho tiempo atrás: "Lo había empezado a leer en mi adolescencia con fascinación, dolido a veces por la crueldad y la corrupción, pero admirado también por la expresividad de su lenguaje. Onetti escribió una obra compleja, tal vez la más compleja que haya dado el Río de la Plata en su intimidad, su moral, la exploración del deseo, de modo que me propuse averiguar con qué experiencias se había hecho escritor y dónde se apoyaba la autenticidad de sus libros. Intuía que había una relación esencial entre su obra y su vida, pero ignoraba hasta qué grado".

Construcción de la noche nació por una invitación de María Esther Gilio y tuvo mucha investigación: " Entonces Onetti vivía en Madrid, sabía en qué andábamos y aceptaba a regañadientes, así que el mayor desafío fue meterme con su intimidad. Una trampa, porque la que sostenía su obra me llevaba a violentar sus secretos, condenarme a eufemismos, o mentir. Un error también, que su previsible muerte hubiera salvado. Así que cometí la violencia de contar, incluso lo que él mismo dijo a lo largo del tiempo, sin imaginar que reunido sobre la trama de los datos, las fechas, la historia, cobraría el cuerpo o la ilusión de exponer su privacidad. Mi intuición era cierta, la historia de Larsen, la de Díaz Grey, la de Brausen, la de Santa María, y la de muchos personajes de sus cuentos y novelas tenían un respaldo biográfico contundente. Pero mi alegría también fue mi cruz, y cuanto más me acercaba al espíritu de los hechos mayor era la violencia con que cruzaba su pudor. Por amor a la obra, por admiración y respeto, pero envuelto en la trama de un rechazo que no demoraría en llegar. En especial, por el testimonio de Idea Vilariño, que encontró en la biografía la oportunidad de contar su versión del amor que los enredó, tortuosamente, como todo en el mundo de Onetti, y ya formaba parte de sus diarios personales. Un día me dio esos papeles, otro día se arrepintió, otro día los corrigió, y volvió a arrepentirse y volvió a dármelos. También le molestó el registro de su infancia, que para Onetti era sagrada. Así que se enojó con María Esther y con el libro, imagino que me puteó largamente, y yo quedé autor de esta biografía que no miente sobre lo que pude llegar conocer de la extraordinaria aventura de Onetti, de su generación, y de un modo de entender la literatura en el Río de la Plata". Domínguez también tiene sus biografías preferidas: " El capitán Richard F. Burton, de Edward Rice, es la biografía del gran aventurero inglés, que inspiró el personaje de Rudyard Kipling, en su novela Kim. Virginia Woolf. La vida por escrito, de Irene Chikiar Bauer, es un excelente abordaje de la vida de Woolf, y un auténtico logro en la historia del género biográfico desarrollado en Argentina. TOBEORNOTTOBOP. Las memorias de Dizzy Gillespie, escritas en colaboración con Al Fraser, da un formidable retrato de los caminos del jazz en una generación acosada por la segregación racial".

Silvina Ocampo
Silvina Ocampo Fuente: Archivo

Silvia Renee Arias acaba de publicar Bioygrafía y cuenta que el mayor desafío en la escritura fue "mantener la distancia suficiente para no juzgarlo, tratando de evitar las trampas del cariño que le tuve y le tengo, es decir lograr la objetividad sin por eso dejar que fluyeran las emociones. Y las alegrías fueron muchas, durante todo el proceso, que se revelaron en especial en aquellos momentos en los que sentí que estaba acercándome a algún centro, como señalo en el prólogo. Y sentir la voluptuosidad de la creación, la escritura en sí misma, como si se tratara (de hecho toda biografía también es ficción) de una novela". Al hablar de sus biografías predilectas enumera: " Gustave Flaubert, de Herbert Lottman, y todas las que ha escrito este autor. Y Salinger, de David Shields y Shane Salerno, porque es deslumbrante".

La escritora y periodista Mariana Enríquez se metió con una vida fascinante y misteriosa en La hermana menor (UDP): la de Silvina Ocampo. Cuenta cómo fue el proceso: "Con Leila Guerriero, que editó el libro, no lo planteamos como una biografía sino como un perfil biográfico. No teníamos pretensión de totalidad. Leo bastantes biografías; pero para escribir esta leí vidas de escritores y personajes más segmentadas, porque la idea era una mirada antes que nada. Me ofreció el personaje Leila pero por supuesto me fascinaba Silvina. Todo me interesó: su extravagancia, su literatura tan particular -escrita, encima, al lado de la de Borges, Bioy, Wilcock-, las peripecias de su vida privada, una vida que recorrió todo el siglo XX de la Argentina, sus contradicciones y sus secretos. Pero sobre todo su obra, absolutamente fascinante y de a ratos demencial. Quería saber cómo era la mujer que escribió eso. Un poco al menos, porque nunca conocés a tu sujeto, lo que está muy bien. Yo intenté, además, facetarla: dar versiones de Silvina. No tengo una visión tajante del personaje, no creo que nadie sea de una manera determinada -a veces ni de dos ni de tres- y además la memoria de la gente que la recuerda -de cualquiera que recuerda- es siempre tramposa". Frente a un personaje de estas características, Enríquez tuvo ciertos desafíos. Explica: "el desafío mayor fue balancear la curiosidad por la vida privada con las otras facetas: Silvina y la política, y la literatura, y la neurosis, y la sexualidad.. Y también no sobreinterpretar. Ella decía "mi vida no tiene nada que ver con lo que escribo" y yo traté de respetarla y además la entiendo y le creo. No se puede leer la literatura de un autor a la luz de su vida, salvo que sea explícitamente autobiográfica. Cuando se escribe, el autor siempre es otro. Fue un límite muy normal y objetivo: Silvina Ocampo tiene un albacea, Ernesto Montequin, que es muy amable y se entrevistó conmigo. Él me contó sobre el material que tenía pero no me lo mostró y me parece bien: está llevando a cabo reediciones notables, sacará, hasta donde sé, un epistolario entre ella y Bioy, y quizá quiera hacer una biografía, él tiene los documentos y materiales para un trabajo exhaustivo. El mío no lo es: la idea del libro es otra, es más bien un prisma de Silvinas".

Por último, Enríquez deja sus biografías preferidas: " Rimbaud de Enid Starkie, un clásico y además amo a Rimbaud; la biografía de Elvis. Último tren a Memphis, de Peter Guralnick, tristísima y hermosa; y La condesa sangrienta, de Valentine Penrose, la extraordinaria biografía de Erzébet Bathory en la que Alejandra Pizarnik basó su truculento libro".

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