Por qué se unen Brasil, Estados Unidos y la Argentina para defender al maíz

Maizall, entidad que agrupa a productores e industriales de los tres países, quiere enfrentar las barreras contra el comercio mundial del cultivo y sus derivados
Alberto Morelli
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6 de agosto de 2016  • 00:00

Con el objetivo de colaborar en el ámbito mundial para comunicar los asuntos clave relacionados con la seguridad alimentaria, la biotecnología, la protección del ambiente, el comercio y la imagen pública de los productores, las organizaciones vinculadas con la producción de maíz de Brasil, los Estados Unidos y la Argentina (Abramilho, National Corn Growers Association, US Grains Council y Maizar) formalizamos en 2013 la creación de la Alianza Internacional de Maíz, llamada Maizall. Para nosotros es clave contar con socios de esta magnitud, dado que nos permite participar de la agenda global y colaborar con el interés del país de volver a insertarnos en el mundo.

Esta alianza significa un cambio de paradigma, ya que instituciones de tres países que compiten en los mercados internacionales de un producto se unen para enfrentar los problemas comunes de acceso a los mercados globales. La importancia de esta alianza radica en que entre los tres países se produce el 48% del maíz del mundo y el 73% del maíz que se comercializa anualmente.

Como países exportadores de maíz cuyos productores utilizan cepas biotecnológicas, la Argentina, Brasil y los Estados Unidos enfrentamos las mismas barreras al comercio mundial de este cultivo y sus derivados. A causa de retrasos en los procesos de aprobación, el tiempo necesario para llevar nuevas tecnologías al mercado aumenta de manera irrazonable. Los funcionarios de gobiernos y científicos en todo el mundo reconocen la seguridad de la biotecnología, pero los retrasos técnicos y políticos en la aprobación de nuevos eventos biotecnológicos siguen creando interrupciones reales y potenciales al comercio. Existe una necesidad fundamental de que los gobiernos vuelvan a examinar cómo se regulan los productos derivados de la biotecnología.

Si queremos cumplir con el desafío de alimentar al mundo y responder a las demandas actuales y futuras de los miles de millones de habitantes del planeta que demandan una dieta cada vez más rica en proteínas animales, tenemos que fomentar la innovación, no paralizarla. Como país productor de alimentos estamos dispuestos a aceptar el reto, pero tenemos que seguir aumentando la productividad agrícola, Es necesario que los gobiernos defiendan la ciencia y eduquen al público sobre la seguridad de las tecnologías.

En los últimos días, 109 premios Nobel firmaron una carta abierta en defensa de la ciencia y los organismos genéticamente modificados, instando a los activistas que se oponen a la tecnología agrícola y atacan a la biotecnología aplicada a los cultivos, a abandonar sus campañas. Nos preguntamos si estas organizaciones, con un fuerte componente ideológico y de discriminación contra los países en desarrollo, estarán dispuestas a aceptar su responsabilidad si fracasamos en alimentar a un mundo que necesita cada vez más alimentos. Los costos serán asumidos en gran parte por los países más pobres.

Ante el pedido de los miembros del Parlamento Europeo a la Nueva Alianza para la Seguridad Alimentaria y Nutricional de África, para que no apoyaran a los cultivos genéticamente modificados (GM) en su continente, el profesor Diran Makinde, director del Instituto de Bioseguridad de África, le reclamó al Parlamento Europeo que mantuviera sus principios de respeto a la dignidad humana, la libertad, la democracia, la igualdad, el Estado de Derecho y los derechos humanos, sin oponerse a los esfuerzos de la Unión Africana para hacer uso de todas las tecnologías disponibles y beneficiosas para sus agricultores y consumidores. Ellos merecen un futuro mejor.

El crecimiento de la clase media ejerce una presión constante en los insumos y los precios de los alimentos, lo que aumenta las preocupaciones sobre la seguridad alimentaria. La falta de políticas reglamentarias y de comercio predecibles, funcionales, prácticas y fundamentadas en la ciencia, mediante las cuales los gobiernos mundiales puedan revisar y aprobar nuevas tecnologías de cultivos, impone una carga agobiante sobre la innovación. Para los productores, los retrasos en la introducción de tecnologías nuevas significan oportunidades perdidas de lograr mayores rendimientos y menores costos de producción. Para los consumidores, que enfrentan precios de alimentos cada vez más altos, las consecuencias son aún más graves.

* El autor es presidente de la Alianza Internacional de Maíz

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