Una noche de eclipse, un lamento de chamamé

Mauro Apicella
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13 de agosto de 2016  

Si un rezo ancestral evitaba que se termine el mundo luego de una noche de eclipse, la primera noche de esta semana alguien se olvido de rezar y el mundo se terminó para Nini Flores (por favor: el acento es prosódico y va en la primera "i" de la palabra Nini).

Este correntino tenía 50 años y un talento fuera de lo común que supo plasmar en el chamamé; primero como acordeonista, arreglador y compositor, y en los últimos años también como bandoneonista e impulsor de proyectos culturales.

Hace algunos años, en una de esas cálidas tardes veraniegas de la ciudad de Corrientes, de charla con quien hoy es titular del Instituto de Cultura, Gabriel Romero, concluimos que el dúo de Nini con su hermano Rudi eran parte de la evolución del chamamé. ¿Por qué? Desarrollo la idea: porque no es lo mismo renovar que evolucionar. Renovar puede ser poner una batería en una música tradicional. Puede estar hoy y puede que no esté dentro de 20 o 30 años. La evolución de un lenguaje se produce desde bases más sólidas y desde un contexto más folclórico. Es decir: la asimilación de algo nuevo es paulatina, pero una vez que se instala, se queda. La música de Nini y de su hermano Rudi es la evolución del chamamé; además de ser sofisticada, además de ser apta para sonar en salas como el Teatro Colón, como sucedió el año pasado.

Nini fue un hombre de más música que palabras. Y me suena ahora otra frase de la bella semblanza que escribió Gabriel Plaza, días atrás. "Esa actuación (en el Colón) fue consagratoria para el músico en términos simbólicos. En el mundo de la música todos sabían perfectamente cuál era el aporte de Nini Flores a la continuidad de la música litoraleña, como arreglador y compositor".

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