¿En qué cree la selección cuando piensa el fútbol?

Diego Latorre
Diego Latorre LA NACION
Allans Vargas consuela a Mauricio Martinez después del empate 1 a 1
Allans Vargas consuela a Mauricio Martinez después del empate 1 a 1 Fuente: AP - Crédito: Eraldo Peres
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13 de agosto de 2016  • 23:59

La selección argentina de básquetbol había perdido hacía algunos minutos por 81-73 contra Lituania y a Emanuel Ginóbili , aún transpirado, se le ocurrió decir: “Creíamos que lo ganábamos con coraje, pero no: se gana jugando bien, y a eso le tenés que sumar huevos y coraje”.

Mientras otra de las selecciones argentinas que disputó los Juegos Olímpicos, la Sub 23 del Vasco Olarticoechea , intentó confiar en cuestiones laterales, complementarias –el alma, la camiseta, el corazón–, Manu devolvió al centro de la escena la palabra fundamental, la palabra desde la que debe construirse todo lo demás: el juego. Tuvo una fuerza esa frase, una fuerza, porque nos recordó la primera pregunta de todas, el primer paso: cómo hago para jugar bien; qué tengo que hacer; en qué idea debo creer. Es la pregunta que todavía no nos podemos contestar. La pregunta, peor todavía, que no nos hicimos aún. ¿En qué cree la selección Argentina cuando piensa el fútbol? ¿En qué creemos cuando hablamos de jugar?

La Argentina del Vasco no creyó en nada. El Vasco no creyó en nada. El fútbol argentino no sabe, en definitiva, en qué creer. La Sub 23 ha demostrado nuevamente que para nosotros es prescindible la identidad; que si está, está. Y que si no está, bueno, no está; nuestro fútbol –muchos de los entrenadores de nuestro fútbol– todavía cree en la salvación de la ruleta, en el poder de la gambeta, que a su equipo le salga el número mágico que es una jugada de ese 10 que es argentino y las demás selecciones no pueden inventar. Porque el talento es nuestro. Porque el talento siempre nos salvará. La pregunta es, entonces, qué construimos nosotros detrás de él. Qué hacemos para agigantarlo, para potenciarlo. Para que el bueno sea muy bueno y el crack sea mejor.

El primer tiempo en el 1-2 ante Portugal me recordó al debut frente a Bosnia, el 2-1 del último Mundial, cuando el equipo de Alejandro Sabella jugaba de una manera y se lesionó un delantero y entonces el equipo fue todo lo contrario (cinco defensores, con José Basanta) hasta que Messi se enojó. Dos años después, el Vasco también ha sido un camaleón. Primero fue el pánico a no perder y después fue la desesperación —y los tres puntas— porque había que ganar. Eso no puede suceder en un torneo. Es cierto que no hubo un período de adaptación, pero el entrenador tiene que creer en algo. Ya en el primer entrenamiento los equipos argentinos deberían preguntarse, ante todo, en qué quieren creer.

Y mientras tanto, el mundo nos rezagó: selecciones más humildes piensan en lograr lo básico, que es el juego, y acá todavía se repite el mantra que lo único que importa es ganar, sin nunca informar cómo puede lograrse, o buscarse, algo así. A Honduras le encantaría tener alguno de los delanteros desequilibrantes que juegan acá y sin embargo ha entrenado alrededor de una idea, una creencia, una estructura. A Portugal y Argelia también se les detectó esa búsqueda. Han logrado, como fin de todo eso, jugar, jugar como querían: o sea, jugar bien. La palabra que Ginóbili ha rescatado. La que en nuestra cultura aparece después de todas las demás.

Aunque el entorno sea tóxico para los que juegan (aunque los chicos hayan tenido responsabilidad, obvio, pero no es lo mismo errar un penal contra Honduras que destruir el fútbol argentino hasta la raíz), a la hora de armar el equipo el pensamiento ha sido elemental. No hay maestros, al menos a la vista, que nos puedan guiar. Un equipo —un buen equipo— también empieza en la sapiencia, la observación. Tengo a Correa: perfecto. ¿Y de qué juega Correa? De segundo delantero. Bien. ¿Y qué es lo mejor que tiene? Y, la habilidad zigzagueante, el freno. Genial. ¿Cómo hago entonces para que Correa esté cerca del área, mano a mano con un defensor, listo para activar su habilidad? Crecer es una cadena: si encara mano a mano al defensor estará más cerca del arco y entonces pateará más, corregirá su poca efectividad de gol. Lo Celso, ¿en qué se destaca Lo Celso? Y, recibe atrás de los volantes, gira, acelera, se va. Bien: entonces debe jugar por ahí. ¿Pero cómo hago para que la pelota le llegue limpia al chico de Central? Y, lograr una mejor elaboración desde atrás, un circuito de juego que lo deje de frente al arco y le aumente su campo visual, las opciones para que pueda descargar. Si a Gianetti le cuesta recortar metros, apretar, ¿con quién lo cubro, cómo lo podemos ayudar? Y así, bueno, el 4, el 5, el 6. Guillermo Barros Schelotto se debe estar preguntando qué movimientos hay que hacer —y quiénes los deben hacer— para que Tevez arranque sin marca, para que Tevez sea el que mejor puede ser. El entrenador tiene que conocer del juego para poder hacerse y contestarse estas preguntas, y cuando un equipo se desequilibró, como la selección, fue porque el juego elegido no era el indicado para quienes estaban ahí.

Cuando, en dos años, Lo Celso, por ejemplo, que en los Juegos entró y salió, haya encontrado en Europa una estructura, una creencia, una idea que lo cuide y le dé respuestas antes de jugar –y entonces la rompa en el Paris Saint Germain, se ilumine en un partido de la Champions League–, deberemos recordar que cuando jugó en una selección juvenil no se le concedieron más respuestas que tirarla hacia adelante y gambetear. Es el caos, la épica nacional: yo, el 7, el 10, he viajado a Brasil a vengar el desastre externo, a disimular todo lo que faltó. Un buen equipo no son sólo 11 jugadores, eso jamás fue así. Pero ese componente heroico (que nos encanta) nace de un equipo debilitado, un equipo que no tuvo apoyo, que no supo contestarse a qué quería jugar. El talento no siempre nos salvará.

Porque primero está el juego, como dijo Ginóbili, y los huevos y el coraje vienen después. Ganar, incluso, viene después. Creer en ganar, como a veces se grita, es entregarse a algo imposible de saber, algo que recién sucede en el final. Lo importante es entonces lo que ocurre mientras tanto, lo que ocurre en el medio, que es el proceso, el equipo, el convencimiento: el método y la idea desde lo que se ramifica todo lo demás. Un actor se sentirá seguro al filmar una escena porque ya sabe qué va a hacer la compañera, porque el director ya le concedió las respuestas que él necesitaba para jugar. Y recién al final de eso aparecerán el ensamble, la armonía, lo que todos queremos ver. Gustarle al público es algo que sucede sin querer, que sucede porque lo que querías era jugar bien —y te salió. El arte sucede.

Acaso por estas cosas es tóxico pensar primero en el final. De mi parte, nunca escuché que un actor o un espectador dijeran: “Yo creo en las películas que ganan el Oscar”. El arte no se gesta entonces sino antes, en silencio, cuando todavía no aparecieron ni las cámaras ni los diarios ni el show.

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