Jonas Kaufmann y una tarde de gloria que dejará huella

Pablo Gianera
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16 de agosto de 2016  

El tenor alemán brilló en el Colón
El tenor alemán brilló en el Colón Crédito: Arnaldo Colombaroli / Teatro Colón

Recital de Jonas Kaufmann / Intérpretes: Jonas Kaufmann (tenor), Helmut Deutsch (piano). piezas de: Franz Schubert, Robert Schumann, Henri Duparc, Franz Liszt, Richard Strauss / En el Teatro Colón / Nuestra opinión: excelente

¿Quién podría reunir lo mejor de todos los mundos posibles de la canción de cámara? Casi nadie. Anteayer, en el Teatro Colón, Jonas Kaufmann logró semejante milagro. Para decirlo sin vueltas: Kaufmann hizo todo lo que es posible hacer en la canción de cámara y todo eso que es posible hacer lo hizo mejor que nadie.

A diferencia de su actuación la semana pasada con Daniel Barenboim, cuando cantó los Lieder eines fahrenden Gesellen, de Gustav Mahler, el enorme tenor alemán no presentó esta vez un ciclo completo de canciones, pero organizó las piezas al modo de "miniciclos". El primero estuvo dedicado a Schubert. Fue aquí fascinante el modo en que Kaufmann introdujo en medio del heroísmo goetheano de "Der Musensohn" un rubato delicioso, muy sensible a las inflexiones del texto. "Die Forelle", por su lado, se escuchó con la naturalidad de quien le cuenta a otro una historia, y en "Der Lindenbaum", Kaufmann consiguió cargar esa sola canción con el pasado de la historia del Viaje de invierno, y también con su futuro.

Las doce canciones opus 35 sobre poemas de Justinus Kerner son en cierto modo una excepción en la poética de Robert Schumann. Antes que un Liederkreis -un ciclo-, forman lo que el propio compositor llamó un Liederreihe, es decir, una "serie". Esta diferencia no debe pasarse por alto porque, si bien aparece aquí la misma consistencia armónica que en otros ciclos (los juegos y contigüidades tonales entre cada canción), su estructura no es tan claramente narrativa. El paisaje en Kerner tampoco es el mismo. Por ejemplo, para otro poeta preferido del compositor, Heinrich Heine, los elementos de la naturaleza (el ruiseñor, la rosa, el lirio) eran una especie de "bric-a-brac emocional", según la definición de Charles Rosen, meros sistemas de signos sin existencia efectiva. La naturaleza de Kerner es menos específica y más oscura, un indicio del tiempo. Por alguna razón difícil de explicar, estos lieder no se escuchan muy seguido, y difícilmente también se hayan escuchado alguna vez como los hizo Kaufmann. Nadie puede conquistar la ternura que mostró en "Erstes Grün". "Frage", que termina con un acorde dominante que no resuelve, tuvo la aspereza imprescindible, mientras que en "Stille Tränen" la administración de los recursos no pudo ser más inteligente.

Pasar del Wald, del bosque alemán, al boudoir francés no parece sencillo. Esos mundos son sin duda diferentes, aunque, a la vez, continuos. Esto es algo que para la literatura (y la canción participa por supuesto de ella) dejó en claro Albert Béguin en su estudio El alma romántica y el sueño, en el que desnudaba esa continuidad entre el romanticismo alemán y el simbolismo francés. Kaufmann consiguió que las cuatro piezas de Henri Duparc respiraran esa misma atmósfera. "Chanson Triste" no tiene secretos para él, y ésa es justamente la razón por la cual nos la presentó de un modo tan misterioso. "L'Invitation au Voyage" fue un ejemplo de delicadeza decadente, pleno de utopía ilusoria y demediada.

Pero el verdadero centro de gravedad del recital fueron los Tres sonetos de Petrarca, de Liszt. "Pace non trovo", en particular, fue estremecedora: nunca, ni siquiera en boca del propio Petrarca, habrán sonado las palabras "donna" y "Laura" tan dulces como las cantó Kaufmann. Sus pianissimos son ínfimos, pasmosos, y esto no asombra menos que la microscopía de sus grados dinámicos. Pero aquí, como en todo el resto, el mérito no fue sólo del tenor. Helmut Deutsch, a años luz de ser un mero "acompañante", es un pianista finísimo, un verdadero par que sabe cuándo envolver y cuándo provocar fricción.

Tras el "ciclo Richard Strauss", coronado por una maravillosa "Cäcilie", empezó otro recital dentro del recital, no menos significativo que el primero, pero bastante diferente, de cuño bien operístico. Hubo siete bises, desde "La fleur que tu m'avais jetée", de Carmen (que Kaufmann cantó con una rosa que le dieron puesta en el bolsillo superior del frac), hasta "Dein ist mein ganzes Herz", de Das Land des Lächelns, de Lehár, pasando por "Ombra di nube" y "Core n'grato". Cuando llegó "Nessun Dorma", largamente pedida, el público mismo hizo bocca chiusa el coro: algo más que sería difícil de olvidar en un recital inolvidable de punta a punta. Habían pasado casi tres horas desde el principio. Kaufmann y el Colón tuvieron una tarde de gloria, de esas que dejan huella en la historia del teatro.

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