La conducta de Venezuela fractura el Mercosur

Emilio Cárdenas
Emilio Cárdenas PARA LA NACION
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18 de agosto de 2016  • 00:01

A lo largo de la última década los países bolivarianos, acompañados en su accionar desde La Habana, montaron cuidadosamente un esquema institucional regional mediante el cual diseñaron, conformaron y controlaron efectivamente la política exterior de América del Sur.

De ese modo, en los hechos, nos aislaron políticamente del resto del mundo. El discurso único reemplazó entonces a la diversidad, ignorando que ésta -que es siempre producto de la libertad- nos enriquece y que, si no fuera por la diversidad, no tendríamos alternativas entre las cuales elegir de cara a un mundo que cambia aceleradamente.

Lo hicieron acompañados por circunstanciales “compañeros de ruta”, como lo fueron Argentina, Brasil y Uruguay que en ese momento estaban bajo el influjo de gobiernos de izquierda, más o menos disimulados. Y frente al increíble silencio de los gobiernos de Colombia, Chile y Perú.

Su “operador” central fue Unasur, una organización innecesaria, creada con un doble propósito. Primero, el de relativizar y silenciar la voz de la Organización de Estados Americanos. Segundo, el de debilitar -paso a paso, hasta conseguir eliminarla, como propusiera concretamente el presidente de Ecuador, Rafael Correa- a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos: Particularmente en todo lo concerniente a la defensa de las libertades civiles y políticas esenciales. Y, muy especialmente, con relación a la defensa de la libertad de opinión y de las libertades de expresión y prensa.

Su secretario general, el ex presidente colombiano Ernesto Samper, se ha dedicado constantemente a sostener y aplaudir sin pausa a los bolivarianos, cantándoles loas y ocultando sistemáticamente sus deformaciones domésticas a la democracia y silenciando, además, sus violaciones a los derechos humanos y a las libertades civiles y políticas de sus pueblos. Hablamos de un hombre que, curiosamente, no puede ingresar a los Estados Unidos desde que no consigue la visa necesaria por la sencilla razón de que en su momento fue electo presidente de Colombia con el concurso del dinero del narcotráfico. Es hora de procurar cambiarlo por una persona idónea, cuyo perfil no nos avergüence.

Además, los bolivarianos procuraron copar a los demás organismos e instituciones regionales y conducirlas por el mismo andarivel común definido para Unasur. Entre ellas, también al Mercosur.

Para Hugo Chávez, recordemos, no fue nada fácil hacer ingresar a su país al Mercosur. Debió someterse a una larga espera, porque el Senado de Brasil, primero, y el de Paraguay, después, no consideraron apropiado incluir a Venezuela en la organización. Porque no era un país democrático. Y porque sabían que Venezuela sólo intentaba politizar, para su propio beneficio, a una organización de índole comercial, desnaturalizándola en su esencia.

Venezuela ingresó al Mercosur por la ventana. Patológicamente. Y, como si ello fuera poco, humillando inaceptablemente a Paraguay

No obstante, aprovechando el oleaje provocado por la destitución constitucional del entonces presidente de Paraguay, Fernando Lugo, Cristina Kirchner, Dilma Rousseff y José Mujica, suspendieron ilegalmente a Paraguay del Mercosur y posibilitaron que, sin el voto paraguayo, Venezuela finalmente ingresara a Mercosur. Fue entonces que el ex líder tupamaro, José Mujica, pronunciara su inmortal afirmación: “lo político prevalece sobre lo jurídico”, contrariando con ella una larga -y admirada- tradición en su propio país, de respeto constante a lo pactado.

Venezuela, queda visto, ingresó al Mercosur por la ventana. Patológicamente. Y, como si ello fuera poco, humillando inaceptablemente a Paraguay. Como corresponde, para ingresar suscribió un Protocolo de Adhesión al Mercosur, de fecha 4 de julio de 2006. El mismo contenía toda una serie de requisitos y obligaciones detallados que Venezuela debía cumplir para poder acceder al Mercosur.

Como era previsible, Venezuela sin embargo no hizo lo que se comprometió a hacer. Como Cuba (que durante décadas no le pagó nada a ninguno de sus acreedores), la administración de Venezuela exige siempre, pero no cumple casi nunca. Cree que son sólo los demás quienes tienen obligaciones. Ella no. Lo que se traduce en actitudes caprichosas y siempre intimidantes. Para el Poder Ejecutivo de Venezuela, todo es relativo y en definitiva depende de su propia voluntad. En cambio, los compromisos de los terceros son siempre sagrados y exigibles.

Con esa muy poco sensata filosofía relacional, Venezuela incumplió sus compromisos de ingreso a Mercosur. Es obvio que entonces, no puede, ni debe, ser consagrada presidente pro témpore de la organización. No es todavía un miembro pleno de Mercosur. A lo que se suma que hay razones que hacen a la dignidad de los demás Estados Miembros, que no pueden dejarse de lado.

Cabe destacar que, entre los numerosos incumplimientos venezolanos, están algunos particularmente serios y sugestivos, como es el caso de los referidos a la protección de los derechos humanos incluida en el llamado “Protocolo de Asunción”, no suscripto por Venezuela. Y, además, el de la necesidad de que Venezuela suscriba formalmente el “Protocolo de Ushuaia sobre Compromiso Democrático en el Mercosur”, que llamativamente tampoco ha firmado, lo que es toda una inquietante, pero no sorpresiva, señal.

A lo que cabe agregar que la normativa del Mercosur no define específicamente a la rotación presidencial alfabética como un paso automático y que, en un cuarto de siglo de funcionamiento del ente, cada vez que la presidencia rotó, existió el consenso específico formal (expresado de distintas maneras) de todos y cada uno de los Estados Miembros que conforman el Mercosur. Lo que no es, para nada, inusual desde que, bueno o malo, el mecanismo decisorio del MERCOSUR exige la existencia de consenso. Esto es, decidir por unanimidad. La Convención de Viena sobre los tratados internacionales, en su artículo 31.3(b) define a la práctica de las Partes como una forma ineludible de interpretar las normas de un tratado. Más allá de toda duda. Por eso, el pasado pesa.

Para hacer las cosas más complejas, Uruguay decidió “dejar” -unilateralmente- vacante la presidencia de Mercosur que detentaba y emitió -en procura de justificar su actitud- opiniones poco oportunas además de jurídicamente cuestionables, generando de pronto un “vacío” presidencial que el siempre prepotente Nicolás Maduro, como era previsible, se apresuró a llenar motu proprio, lo que derivó en el inmediato rechazo de Argentina, Brasil y Paraguay, que no aceptaron su golpe de mano.

El Mercosur vive una situación compleja e inédita. El próximo 23 de agosto, en la ciudad de Montevideo, los coordinadores de los Estados Miembros de Mercosur tratarán de encontrar una solución al tema abierto de la presidencia de la organización. Sin que los graves incumplimientos de Venezuela queden impunes.

Es bien obvio que, estando Venezuela en una flagrante violación de los compromisos que expresamente asumiera, no puede exigir nada a los demás dentro del Mercosur.

Por esto, Brasil está promoviendo que Venezuela sea reemplazada en la presidencia de Mercosur, para la que obviamente no está en condiciones. Propone, en su lugar, una presidencia semestral colegiada, hasta que, en el semestre siguiente, la Argentina se haga cargo de la presidencia, en su turno y en función de la rotación alfabética. Esa solución no está prevista en la normativa que gobierna a Mercosur, pero si hubiera consenso podría ser una variante.

Para Brasil, por lo demás, en palabras de su Canciller, José Serra, “hoy no hay democracia en Venezuela”. Y es efectivamente así. Esa afirmación –correcta- demuestra que los silencios cómplices del pasado reciente están siendo reemplazados por actitudes en las que algunos de los países del Mercosur comienzan a llamar a las cosas por su nombre. Ahora de cara a la verdad. Sin temores. Y, felizmente, sin discursos únicos.

Lo que no es poca cosa, desde que la íntima dependencia de Venezuela en materia de política exterior pudo –por ejemplo- hasta haber tenido que ver con el repudiable acuerdo de nuestro país con Irán respecto del atentado terrorista perpetrado contra la AMIA.

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