El hombre de los brillantes papeles marginales

El reconocimiento le llegó de grande a Claudio Rissi, que se luce en El marginal, la serie carcelaria que termina esta semana en la TV Pública y es la apuesta de Netflix para una segunda temporada. "Me tocó hacer de chico malo una vez más", afirma
Franco Spinetta
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21 de agosto de 2016  

Crédito: Martín Lucesole

Claudio Rissi está cocinando en su casa mientras escucha tango. Con los utensilios y platos en las manos, empieza a caminar como un viejito -así, disminuido- hasta que atraviesa una luz que entra por la ventana. Entonces se arma, abandona el papel y cambia de personaje. "Estoy solo en casa y hago estas tonterías", cuenta y larga una carcajada sonora acorde a su vozarrón.

Rissi vive su profesión de una manera intensa: le pone el cuerpo, lo gasta, lo satura y lo devuelve hecho un moño. A sus 60 años, goza, quizá por primera vez, de cierto reconocimiento del ambiente, a pesar de su extensa carrera que comenzó allá en los 70 cuando decidió encarar el primer teatro independiente en su Monte Grande natal.

Él dice que "todo esto del reconocimiento" comenzó con su papel de El Muerto en la película Aballay (2010), por el que ganó el premio Cóndor de Plata como Mejor Actor de Reparto. Que continuó con su apoteósica interpretación de Tatita en la obra de teatro Terrenal (Teatro del Pueblo), de Mauricio Kartun. Y que sigue ahora, con su presencia en la serie nacional más comentada en lo que va del año, El marginal (termina este jueves en la TV Pública), donde hace de Mario Borges, un criminal que desde la cárcel sigue manejando los hilos de su banda, dentro y fuera del penal.

A su vez, tuvo roles de culto, desde Rudy "el rey de la noche" en 76 89 03, la película generacional de Flavio Nardini y Cristian Bernard, al fletero de Okupas en el inolvidable capítulo 5 ( El mascapito). Todos, con un grado importante de maldad y códigos delictivos.

¿El marginal está cumpliendo tus expectativas?

Las ha superado. Se ve en la calle. Dudo mucho de los números del rating, porque el programa repite los domingos y supera los números del jueves, que ya de por sí es un número importante (promedia los dos puntos). En general no miro las cosas que hago. Pero cada tanto me pica algún laburo. Puse bastantes cosas ahí en juego. Me daba mucho placer y a la vez era un tanto complicado.

¿Por qué?

Por la cárcel [ N de la R: fue rodada, en parte, en la ex cárcel de Caseros]. Sus paredes están impregnadas de una energía que. ¡uff! Hay muerte, desolación, desamparo, violencia. Más allá de que después de tantos años de desuso haya perdido ese olor a tumba. He hecho teatro en las cárceles y tienen un olor muy particular. En cuanto a la calidad, no tenía dudas. Trabajamos muchos días e iba viendo cómo Luis (Ortega) marcaba un rumbo, que era muy complejo, pero una vez que se entendió uno pudo hacer sus propios aportes.

El primer capítulo ya exponía la calidad de la serie. Una persecución cinematográfica por la Villa 31, un tratamiento muy cuidado de la imagen y un excelente elenco: además de Rissi, están Juan Minujin, Martina Gusmán y Gerardo Romano, entre otros, con la grata sorpresa de Nicolás Furtado. Las dudas que tenía Claudio sobre el rumbo de la serie ("no sabía si iba a tener muchos seguidores", reconoce) se despejaron con dos hechos importantes: la obtención del Gran Premio del Jurado del Festival de Series Manía, en París, y la firma de un contrato con Netflix para que produzca la segunda temporada. "Evidentemente ese mundo sórdido que es la cárcel es algo que sigue atrayendo", señala.

Quizás ese escenario permite explorar a fondo esa mezcla de genialidad y maldad propia de los grandes delincuentes.

Totalmente. Son muchos los posibles atractivos del mundo carcelario. Por ejemplo, la capacidad de supervivencia que hay que desarrollar ahí dentro. A mí me tocó hacer de chico malo una vez más. Me tengo que despreocupar por la supervivencia, los otros se tienen que preocupar porque yo no los mate (risas). Qué loco esto de los actores, nos adueñamos del personaje y después hablamos como si realmente lo fuéramos. ¡Que yo los mate! Yo no puedo matar a nadie. Que mi personaje pueda violar, que sea tan desenfadado. Este Borges es un perverso crónico, un psicópata.

Es un psicópata consciente también.

Es que ahí está muy bien, está protegido. Afuera quizá no le iría tan bien. Había un personaje que hacía Quique Liporace que tenía miedo justamente de salir, ¿qué iba a hacer él afuera?, ¿de qué iba a vivir? Hay tipos que están ahí dentro porque cometieron un error: tipos que encontraron a su mujer con otro en su cama y quizá tuvieron un arrebato de violencia y se mandaron una macana. Entonces caen al mismo lugar donde está el psicópata, que además de matarte se acostaría con tu mujer y tus hijos.

¿Trabajaste a tu personaje de alguna manera en particular? Está bueno el nombre.

¡Borges! Sí, se lo puso Luis.

¿Tiene alguna carga?

No. La verdad me sorprendió. Primero pensé que era una joda. Vengo acostumbrado a trabajar muchos personajes con esas características de delincuentes violentos. Debe ser por mi vozarrón (risas). Me divierte mucho hacerlos. Sobre todo cuando hay un marco de contención, como en El marginal. Pedí por favor que no me hicieran gritar. En la televisión se apela como cliché a que el violento es tan malo que grita. No, no. El malo no hace barullo, te mira y la muerte la sentís en la mirada. Sí me interesa aquella búsqueda de poder hacer todo lo que no puedo hacer en la calle. Porque en mi vida cotidiana no tengo ese nivel de ironía (me agarraría a trompadas cada cinco minutos), ni el nivel de violencia que tienen estos personajes; estaría en cana. Entonces, desarrollo cosas que no puedo hacer.

Cosas que se reprimen.

Claro. Todos los personajes habitan en uno. El trabajo del actor es ir a indagarse y poder trabajar con eso. Transformar esa búsqueda en un juego.

¿Puede pasar que no lo encuentres?

Sí, cuando no lo buscás bien o hay alguna traba no resuelta. Entonces no podés atravesar, se esconde. Guarda que tenés que trabajar con cosas demasiado sensibles. Como el actor es un ser amoral cuando trabaja, entonces se tiene que permitir disfrutar de todas esas cosas: una violación, un crimen. Eso es lo que precisamente no hacés en tu vida. Y eso es el virtuosismo, cuando sos capaz de hacer determinadas cosas y por decisión propia no las hacés.

Crédito: Martín Lucesole

¿Cuánto colabora el marco lúgubre de la cárcel?

Te predispone para recibir esa energía del lugar. El ámbito provoca esa suciedad: pretender estar perfumado ahí es una estupidez.

En 2015, Claudio estaba en Venezuela con la obra Terrenal cuando se encontró de casualidad con Arturo Bonín. "Me dijo que estaba contento porque al fin me había llegado el reconocimiento por mis actuaciones", cuenta.

¿Y qué le respondiste?

Que está bien, que mejor que el reconocimiento me haya llegado ahora. Quizá si esto hubiese ocurrido treinta años atrás, a lo mejor me la hubiese creído. Entonces me hubiese transformado en un estúpido. Al ego hay que darle de comer, somos seres inseguros. Y hay que convivir con el hecho de no tener trabajo. Como decía Fidel Pintos: "A veces comemos faisán, a veces nos comemos las plumas". Por eso también somos muchachos caprichosos, aunque yo trato de no serlo porque me dan vergüenza ciertas actitudes de algunos, que tienen ese arrebato de estrellato. Yo no pertenezco al star system, así que no me atraviesa. Hoy disfruto; antes me daba pudor el halago. Hay días que por ahí recibo tantos que para mí es sobredimensionado. Por eso también soy a veces antipático, pero es porque me inhibo. Ahora me estoy relajando más, tratando de conectarme más con esa zona.

¿Sos de hacer algún tipo de balance?

Soy una persona fastidiosa. Cuando era joven tenía la obsesión de ser un buen actor, pero también el miedo de ser un chico caprichoso. Tenía algunos conocidos que se consideraban actores y para mí eran un papelón. Era imposible que fueran actores. Fastidié a mis amigos, los tenía podridos. Quería reafirmar que yo sí era un buen actor. Pero no tenía lugares donde poder demostrarlo. No tenía laburo. Era casi obsesivo.

¿Cuánto tiempo estuviste así?

No sé. ¡Hasta que mis amigos dejaron de prestarme atención! No puedo precisar cuánto estuve metido en esa trampa para osos. Allá por 1979, Pepe Canosa me decía que tenía una voz importante. Yo no creía en eso, a pesar que de chico había empezado a impostar la voz. ¿Qué hacemos con esto? No tengo formación académica, sino más bien soy el fruto de una intensa búsqueda personal. Fui dándome cuenta de que sí era un buen actor, que tengo un sentido de verosimilitud.

También es cierto que te llegó el reconocimiento por trabajos muy buenos. Puede pasar que no sea así, ¿no?

A mí me han felicitado por trabajos que, la verdad. Habíamos filmado 76 89 03 y los directores me llamaron para mostrarme una escena. La miramos entera y me preguntaron qué me parecía. "No me gusta", les digo. "Estás loco", me contestan. "Yo estoy loco, pero sigue sin gustarme". La escena fue memorable, según dijeron. Pero yo veo errores míos, muchos.

¿Y te mortifica?

Me mortifica, mal. Pero después veo Aballay y digo: "Gordo, qué buen laburo que hiciste, qué te parió". También me pasa con Mario Borges, hay un buen laburo. Hay un vínculo con el personaje que hace Gerardo (Romano), nos divertimos mucho. Hay algo ahí: dos tipos que compiten (no hablo de los actores, sino de los personajes). Disfruto mucho, nos reímos mucho, nos cuidamos. Hay un ida y vuelta. Esos tipos están vivos, existen, son.

¿Qué importancia tiene eso para vos? Que suceda el hecho artístico, eso que no se ve, que se percibe...

Es todo. Como cuando en el teatro no sucede, no pasa ese haz de luz, se queda en el escenario. El texto no te llega. No te contagia. Si no contagia, el teatro muere ahí.

Claudio fumaba mucho y sentía, después de cada función de Terrenal, que su garganta estallaría. Terminaba raspado, se iba a un restaurante y pedía un vaso grande de agua con hielo para desinflamar. "Era el pucho nomás lo que me estaba matando", dice, mientras intenta mentirle a su (ex) vicio dándole pitadas a un cigarrillo electrónico. Kartun le pedía entonces que hiciera su personaje (Tata Dios) más chiquito, más liviano. "Pero yo no lo veo al tatita así, si lo humanizo tanto no es tatita, sino un pelotudo más", recuerda.

¿Qué pasó con Terrenal? Es un éxito para un tipo de teatro habitualmente no exitoso.

Es una obra poética, es universal. Habla de un tema que todo el mundo conoce (la fábula bíblica de Caín y Abel), con un tratamiento muy particular. Tiene humor y otros condimentos. Kartun es un gran autor y aquí más que dramaturgo es poeta.

¿Qué te atrajo de la obra?

Me encantó el personaje. Es una obra no críptica como puede ser alguna otra de Kartun. Es un personaje importante, que me permitió atravesar universos expresivos y distintos géneros: pasaba de ser un payaso de cuarta a un atorrante del grotesco argentino, sainetero, que termina en una tragedia horrorosa. Todo ese panegírico es lo que me atrajo.

Dos años poniéndole el cuerpo a Terrenal fueron el límite para Rissi. Luego de mucho sopesarlo, decidió bajarse de la obra (lo reemplaza Rafael Bruza). "Dejaba pedazos de mí todos los días. A veces tenía que hacer fuerza y entonces no era placentero. Últimamente, en el monólogo del final se me venía la imagen del nene sirio muerto en la playa. Buscando imágenes para ponerle el cuerpo a la escena, apareció esa imagen puntual y nunca más la pude borrar. Eso me provocaba mucho dolor. Se me instaló, y es muy fuerte. Ya cumplí un ciclo."

Pronto volverá al escenario del Cervantes con otra obra de Pedro Gundesen (ya hizo Argentinien) y se lo verá en La novia del desierto, ópera prima de Cecilia Atán y Valeria Privato. "Por suerte tengo laburo por delante. Vamos a ver si me puedo comprar un ranchito, para tener dónde tirar los huesos. No tengo casa propia. Trabajé mucho, pero contratos tuve pocos. Participé en programas que se vieron mucho, pero nunca pude juntar plata."

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