Un derrumbe que aún no tiene garantías de haber terminado

Andrés Malamud
Andrés Malamud PARA LA NACION
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21 de agosto de 2016  

LISBOA.-Venezuela destruyó su compañía nacional de petróleo en 2002, después de un lockout salvaje que culminó en el despido y la emigración de la mayoría de sus técnicos.

A Brasil le llevó más tiempo, pero Petrobras pasó de ser la empresa más grande de América latina, en 2009, a perder el 85% de su valor en 2016. La diferencia es que el mundo nunca depositó grandes expectativas en Hugo Chávez, mientras que Luiz Inacio Lula da Silva, presidente en dos períodos (2003-2010), se transformó en el líder más admirado del planeta.

Por algunos años, en tanto Venezuela se hundía, Brasil dejó de ser un mercado emergente para transformarse en potencia mundial. Fue un espejismo.

El ascenso del gigante se basó en dos pilares: crecimiento económico y consenso político. El discurso oficial llamó desarrollo al crecimiento; y al consenso, izquierda. Algo de eso hubo, pero menos de lo esperado. Mucho menos.

En la práctica, la economía brasileña se reprimarizó y sus exportaciones principales hoy no son autos ni aviones, sino hierro y soja. Y el consenso progresista, simbolizado por el plan Bolsa Familia, que distribuye un mísero 0,8% del PBI entre los pobres, se sostuvo sobre tres a diez veces esa suma repartida ilegalmente entre la clase política y empresaria.

La corrupción no fue accesoria, sino esencial para sostener el sistema en Brasil. Por un lado, mantuvo vivo el mito de potencia industrial al canalizar sumas millonarias de dinero público hacia empresas privadas. Por otro, alimentó el apoyo político mediante pagos ilegales a los miembros de la coalición gobernante.

Con el Partido de los Trabajadores (PT) a cargo del timón, diez partidos se repartieron el gabinete, los cargos en las empresas públicas y unos 60.000 millones de dólares por año, de los cuales se recuperaron hasta ahora sólo 1200 millones.

La investigación judicial, que llegó hasta Lula y llevó a prisión a funcionarios del PT y a empresarios privados, mostró a un Poder Judicial independiente y profesional. A su lado, Comodoro Py parece una cueva de bandidos incompetentes.

El futuro de Brasil depende de la reforma de los otros poderes del Estado, el Ejecutivo y el Legislativo. Así como están, la fragmentación política impide la coordinación partidaria por vías legales. Pero el desarrollo de los acontecimientos no invita al optimismo.

A pesar de sus defectos, el PT es el partido mejor organizado del país. Con sólo 16% de las bancas en el Congreso, se arregló para reducir enormemente la pobreza mientras llevaba a un obrero mecánico y a una mujer por primera vez a la presidencia de la república.

Colapso

No se deben subestimar estos méritos en un país tan desigual como Brasil. Su posible colapso en las próximas elecciones no es una buena noticia, porque su lugar será ocupado por alternativas igual de inescrupulosas, pero menos igualitarias.

La implosión del PT se manifiesta con crudeza en San Pablo, ciudad a la que le dio dos grandes intendentas. Hoy, Luiza Erundina se presenta por el Partido Socialismo y Libertad (PSOL), y Marta Suplicy, por el Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB), mientras el candidato petista a la reelección podría no llegar al ballottage. Sobre 5500 intendencias en todo el país, el PT ganó 650 en 2012, pero las encuestas no le aseguran ni 300 en las municipales de este año.

La crisis gatillada por la operación Lava Jato condujo a una restauración conservadora, blanca y patriarcal. Que lo haya hecho por vías constitucionales no es consuelo para los millones que temen volver a la miseria. Y las perspectivas indican que ni la limpieza terminó ni el sistema político volverá a funcionar después.

Brasil necesita, para ponerse de pie, que sus socios comerciales vuelvan a crecer y que sus líderes políticos construyan un nuevo consenso nacional por medios lícitos. Ninguna de las dos condiciones está garantizada.

Y, sin embargo, cuánto darían los venezolanos por estar como Brasil.

El autor es politólogo de la Universidad de Lisboa

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