Río 2016: La oportunidad perdida por Brasil... Y la decisión de la Argentina

Sebastián Fest
Sebastián Fest LA NACION
Río 2016 ya es historia. Los primeros Juegos de la historia en Sudamérica ofrecieron fallas importantes y dejaron enseñanzas antes una eventual postulación futura de Buenos Aires
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21 de agosto de 2016  • 23:59

RÍO DE JANEIRO - ¿Fueron los de Río 2016 unos Juegos exitosos? Sí. Y no. Aquel que los vio por televisión -el 99,99 por ciento de la gente-, se habrá inevitablemente rendido ante un espectáculo único. Por televisión todo es perfecto, pero en una ciudad tan espectacular como Río, esa perfección alcanza cotas sublimes: fútbol en el Maracaná, vela junto al Pan de Azucar, canotaje en el centro de la ciudad, beach voley en, precisamente, la beach mas famosa... Y gente amable y sonriente casi invariablemente.

Y, sin embargo, algo no funcionó, algo falló en forma importante en los primeros Juegos de la historia en Sudamérica. La principal herencia negativa de Río 2016 es la de haber desaprovechado la oportunidad de desmontar el cliché, ése que tanto insiste en los latinos improvisados, no organizados, poco confiables. Injustamente, más de una vez. No es el caso de Río 2016. Criticar su desorganización es tan justo como inevitable.

La exitosísima campaña que terminó el 2 de octubre de 2009 con la victoria de Río sobre Madrid y Tokio (y un entonces fresco Barack Obama) incluyó una afirmación insostenible: Río había sido sede, en 2007, de unos Juegos Panamericanos "de nivel olímpico". Siete años después de la elección en Copenhague, lo que sí se puede sostener es que Río organizó por momentos unos Juegos Olímpicos de nivel panamericano. No sólo por los recortes de gastos que en octubre de 2015 llevaron al comité organizador a entregar unos Juegos no del todo concretados en las sedes, en las que se notó deficiencias de terminación y funcionamiento. No sólo por una Villa y un Parque Olímpicos a los que les faltó ambiente y vibración, precisamente en un país que vibra como pocos. Y no sólo por las permanentes disfunciones entre los mandos superiores, los medios y los inferiores durante los Juegos: hubo que acostumbrarse durante Río 2016 a que ninguna afirmación fuera definitiva, a que ninguna indicación garantizara llegar al lugar deseado, a que tantos y tantos voluntarios evidentemente no instruidos en sus funciones se limitaran a ser simpáticos sin aportar más.

Los espectadores soportaron, en especial en la primera semana, colas sin fin ante puestos de comida que iban agotando sus existencias. Deportistas como los saltadores y los waterpolistas se encontraron con que el agua a la que debían arrojarse se había vuelto verde y turbia, mientras oficiales y periodistas se topaban con hechos de violencia que confirmaron que se estaba en Río. Todos, día tras día, enfrentándose al inevitable mal olor que se genera cuando se camina por las inmediaciones de una cloaca a cielo abierto, esos arroyuelos oscuros como el carbón que fluyen cerca del Parque Olímpico, en las instalaciones de Deodoro y junto al Maracaná.

Es cierto, la inexistencia de casos de zika -de mosquitos, podría decirse-, el control de la amenaza terrorista, el absurdo escándalo provocado por Ryan Lochte y el hecho de que prácticamente nadie se enfermara con el agua de la Bahía de Guanabara le dan derecho a los brasileños y a todos los sudamericanos a decir que europeos y norteamericanos combinan la exageración con la arrogancia. Y no les falta razón. Pero el desfasaje entre lo que el pletórico Brasil de 2009 ofrecía y lo que el golpeado país de 2016 entregó fue notable. No extraña que Carlos Nuzman, motor de la candidatura y de la organización, estuviera hundido anímicamente durante varios momentos.

Fueron los Juegos Olímpicos más futbolizados de la historia en las tribunas -mérito de los dos socios mayores del Mercosur-, apenas dos años después de que la misma ciudad albergara la final del Mundial. Eso habla del potencial de Brasil. Y estos Juegos que se cerraron ayer, de su realidad actual.

Cuando se trata de organizar Juegos hay tres clases de países: los que no los necesitan pero cada tanto se dan el lujo de albergarlos (Estados Unidos, Gran Bretaña, Japón, Francia, Australia) los que los usan para una demostración de poder que intimide al resto del mundo (China, Rusia) y los que los necesitan, los que se los "merecen", como argumentó Río en su candidatura.

¿Los necesita la Argentina? Thomas Bach, presidente del COI, cree que sí. Gerardo Werthein, presidente del COA, cree dos, tres y cuatro veces que sí, y Mauricio Macri, presidente de todo un país, le dijo a LA NACIÓN antes de empezar los Juegos que sí, aunque con condiciones: deben ser "austeros". La misma palabra que usó Horacio Rodríguez Larreta, jefe de gobierno de la ciudad y el más prudente de todos. Mike Lee, el consultor que garantiza ganar casi cualquier elección a la que uno se presente en el COI, cree que "la constelación" está dada para que Buenos Aires presente una candidatura exitosa para 2028, que es exactamente lo que dijo hace unas semanas Bach a LA NACIÓN, un Bach que en las horas que Rodríguez Larreta y Macri pasaron por Río siguió insistiéndoles con fuerza en el tema. Werthein disfrutó, como no podía ser de otra manera, del énfasis que puso Bach al hablar de las posibilidades de Buenos Aires, sede de los Juegos de la juventud 2018, pero hoy es consciente de que el momento aconseja prudencia en un país tan complicado en lo económico y lo político como lo es la Argentina. A Bach, que quiere moderar la creciente dependencia de China que tiene el olimpismo -Pekín 2008, Juegos de la Juvenud de Nanjing 2014 y Juegos de Invierno de Pekín 2022-, le conviene abrir nuevos territorios. A su amigo Werthein le encantaría demostrar que la Argentina no es Brasil y que unos Juegos en Sudamérica no tienen por qué ser como los de Río. Pero el debate está abierto y hay tiempo hasta 2019 para tomar una decisión de cara a una elección que es en 2021, mientras todos reconocen que Río le hizo un gran favor a la Argentina: hay mucho, pero mucho, por aprender de su experiencia.

sf

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