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Anochecer de un día con Yuyo Noé

Diana Fernández Irusta
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23 de agosto de 2016  

Sábado por la noche. En Experiencia Hiedra -joven galería montada en una esquina de Chacarita: vidrieras amplias, instalación de andamio negro sobre fachada, declarada apertura al barrio que la circunda- los vasos brillan a la luz de las velas, se descorchan vinos, humean las empanadas y los tamales tucumanos. Hoy, como viene ocurriendo cada quince días desde fines de abril, hay Cena Curatorial. Y un invitado de honor. Alguien que, a la hora de las presentaciones, simplemente dice sobre sí mismo: "Soy Yuyo. Tengo 83 años. Sigo pintando".

Luis Felipe Noé. Yuyo. El hombre que en 2009 representó a nuestro país en la Bienal de Venecia. El que, junto con Ernesto Deira, Rómulo Macció y Jorge de la Vega, integró el grupo Nueva Figuración y fue símbolo, motor y protagonista de la renovación sesentista en la escena del arte argentino. El creador de un universo (pinturas, objetos, historieta, libros) que no cesa de ampliarse; demiurgo de telas desmesuradas, intensas, corpóreas aun en la máxima exploración de la abstracción.

Yuyo habla y el resto de los comensales (a quienes duplica -o un poco más- en edad) lo siguen con devoción. Le preguntan detalles de su experiencia en Venecia; quieren saber aspectos de su técnica. Él responde siempre. A veces se ríe de sí mismo, de las dificultades de audición que lo obligan a acercar el oído, pedir repetición. Tiene la frescura de quien se sabe inmune al lugar de prócer cultural que, finalmente, ocupa. Hasta confiesa: está un poco cansado de que los libros de historia del arte se empecinen en enclaustrarlo en los capítulos dedicados a los años 60. Justo a él, que sigue generando obra y ni siquiera dejó que el deterioro de la movilidad en la mano derecha lo persuadiera de parar.

"Ubican a los artistas a partir de la generación en que nacieron, por el punto de partida -dice, con sonrisa luminosa-. Son guías telefónicas con números equivocados; es como si te hicieran figurar con el teléfono de tus padres".

Comenta las imágenes que una asistente va proyectando: toda una vida creativa desfilando con parsimonia, mientras los dos tomos del libro que el año pasado publicó con El Ateneo ("cinco kilos en total", se ríe) circulan de mano en mano. Sobre la pantalla se ve una obra de 2003, Caos S.A. Yuyo arremete con uno de sus temas favoritos: "Uno hace un camino que no es en línea recta; después de mucho caminar te das cuenta de que llegaste al punto de partida, pero no sos el mismo. Por eso proyecto hacer un libro, Asunción del caos. Porque caos es la vida, el tiempo; un fluir de elementos que se contradicen, se cruzan". Alguien se emociona, pide aplausos. La mesa se deshace en una catarata -clap, clap, clap- feliz.

Quizás manifestación de las tramas oblicuas que fascinan a Noé, hace un tiempo llegó a la galería una carta anónima, firmada por un enigmático Junius que se declaraba escéptico -y daba sus argumentos- frente a la vocación de integración barrial del espacio. Las directoras de Hiedra recogieron el guante: pidieron a vecinos de todas las edades que imaginaran cómo podía ser Junius, y que pintaran su "identikit". El resultado: dibujos y textos que por estos días se exhiben en la galería.

Hacia el final de la Cena Curatorial, tras los cafés y con los primeros movimientos de cierre, Yuyo descubre la particular exposición. Se interesa, quiere conocer cómo surgió. Entonces toma él también papel y lápiz. Escribe sus impresiones sobre lo que el tal Junius manifestó, traza su propio retrato, ruega que lo sumen a los del vecindario.

No es una rockstar, y sin embargo... Un chico, participante de la cena, se acerca con uno de los tantos libros teóricos escritos por el artista y le pide un autógrafo. Varias chicas se turnan para tomarse una foto con él. Mientras me acerco a la salida, me quedo con la mejor postal: acodados contra la mesa, Yuyo y una de las directoras de Hiedra charlan. Ella es muy joven; él, no tanto. Y es tal su cercanía, su complicidad, su atención. Uno frente al otro. Seguramente partícipes de una misma pasión por hacer; un similar arrojo para empujar cada día un poco más allá las barreras de lo posible. Me digo, como tantas otras veces, que si esta ciudad sigue mereciendo la pena es por su inexplicable compulsión por florecer siempre, igual y distinta, en espacios como Hiedra. Me digo, también, que si se trata de caminar en medio del caos -y vislumbrar algún posible regreso al punto de partida-, quiero hacerlo con la plasticidad de ese hombre que, como sin nada, ajusta el audífono. Y sigue escuchando.

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