Un jurista con medalla de oro y bajo perfil que asesoró a Raúl Alfonsín

23 de agosto de 2016  

Reflexivo, callado, intelectualmente brillante, introvertido, profundo estudioso.

Ésas son las primeras impresiones que cualquiera tiene cuando se reúne con Carlos Rosenkrantz , el nuevo juez de la Corte Suprema .

Carlos Fernando Rosenkrantz es un abogado de 57 años que se recibió con honores en la Universidad de Buenos Aires (UBA) y que cuenta con un doctorado en Derecho de la Universidad de Yale, Estados Unidos, una de las mejores del mundo.

Cuando estudiaba, dicen sus compañeros, no aceptaba sacarse siquiera nueve puntos y desafiaba a los profesores a que le siguieran tomando para mejorar la nota. Cuando se graduó en Yale, la universidad le ofreció nombrarlo profesor, lo que le hubiera permitido lucirse como experto y acceder a contratos millonarios en dólares actuando como experto en arbitrajes. Pero él no aceptó y se vino a la Argentina, aunque continuó impartiendo clases en el exterior.

Rosenkrantz, hijo de un judío de origen polaco y de una madre católica que fue docente, había cursado sus primeros estudios en el Colegio Nacional Domingo F. Sarmiento, de donde egresó, en 1975, con Medalla de Oro. Y siempre se destacó.

En 1984, el regreso de la democracia lo encontró, como abogado recién recibido, cerca de las filas del radicalismo. Nunca fue militante, pero sí simpatizó con esos ideales, dicen cerca de él.

Entonces, comenzó su actividad pública como integrante del grupo de trabajo de Carlos Santiago Nino, el filósofo del derecho que impulsaba la democracia deliberativa que asesoró de manera muy cercana al entonces presidente Raúl Alfonsín. Y así como fue discípulo de Nino, en los Estados Unidos lo fue de uno de los grandes teóricos de la libertad de expresión, Owen Fiss, y también de Bruce Ackerman.

En la Argentina, Rosenkrantz, un fino filósofo del derecho, trabajó en normas como las que abolieron la censura establecida por la dictadura militar y participó del Consejo para la Consolidación de la Democracia. Era joven, pero sobresalía por su brillantez, reconocen quienes lo trataron en aquellos años.

En 1990, fundó junto con Gabriel Bouzat un estudio jurídico que también tuvo una fuerte presencia en litigios complejos. Pero Rosenkrantz, un abogado de corte liberal y pro mercado, también defendió causas que en su momento planteaban un fuerte desafío. Y así, en 1991, participó como letrado patrocinante de la Comunidad Homosexual Argentina (CHA) en un litigio en el que se cuestionaba la decisión de la Inspección General de Justicia de denegar personería jurídica a la entidad.

En 1994, Rosenkrantz fue asesor de Alfonsín en la Convención Nacional Constituyente y dos años después cumplió ese rol en la Convención Constituyente de la Ciudad de Buenos Aires.

Mientras desarrollaba esa actividad profesional, en 2008 asumió como rector de la Universidad de San Andrés, y allí apoyó la creación del Centro de Estudios Anticorrupción.

En este doble rol de abogado y decano de San Andrés, el abogado Fabián Rodríguez Simón, uno de los más cercanos asesores del presidente Mauricio Macri, propuso el nombre de Rosenkrantz. Elisa Carrió también le había sugerido el de Horacio Rosatti, y Rodríguez Simón le llevó ambos al primer mandatario.

Rosenkrantz, antes de asumir, ya había tenido largas charlas con sus ahora colegas. Y apenas juró nombró su equipo de trabajo, constituido por gente de su mismo estilo: José Sebastián Elías (doctor por la Universidad de Yale), Valentín Thury Cornejo (doctor por la Universidad Carlos III de Madrid), Rodrigo Sánchez Brígido (doctor por la Universidad de Oxford) y Federico Morgenstern (magíster en Derecho Penal por la Universidad Pompeu Fabra.

El sello de Rosenkrantz