Un día sumergida en la obra maestra de Le Corbusier en La Plata

Lila Bendersky
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27 de agosto de 2016  

Fuente: LA NACION - Crédito: Santiago Hafford

Stalkear, a veces, permite encontrar buena información. Estaba mirando el Instagram de una diseñadora cuando di con la excursión que el Museo de Arquitectura y Diseño (MARQ) organizaba para ir a la Casa Curutchet, en La Plata. Desde principios de año tenía ganas de ir, pero nunca terminaba de armar el plan. La propuesta era la excusa perfecta para cumplir con mi propósito frustrado.

Agarré el grabador, un anotador y me tomé un taxi rumbo a Av. del Libertador 999, sede del MARQ, donde salía la combi que me llevaría a conocer la única casa que el arquitecto Le Corbusier, uno de los referentes de la Arquitectura moderna, construyó en América latina. Admito que tenía miedo de encontrarme con un harén de esnobs en la excursión, pero estaba equivocada. Detesto hacer visitas guiadas con gente que no conozco. Siempre hay alguien que quiere hablar más que el guía o que piensa que lo que dice nos interesa a todos. Por suerte no sucedió. El grupo era heterogéneo, pero silencioso. Nuestro guía, el arquitecto Martín Marcos (director del MARQ), fue el encargado de transmitir la historia de esta famosa casa que fue declarada este año Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Tuvo la ardua tarea de hacer que inexpertos como yo, que he aprendido nociones de arquitectura usando Encarta 97, pudiéramos conocer por qué esta obra tiene tanto valor en todo el mundo. Poco y nada sabía del lugar. Sólo había visto, hace algunos años, la película El hombre de al lado (2009), de Gastón Duprat y Mariano Cohn, donde Rafael Spregelburd interpretaba a un diseñador odioso que vivía en la Casa Curutchet. Decidí que no iba a autospoilearme, así podía sorprenderme y disfrutar más la experiencia.

Salimos a las 10.45 rumbo a La Plata y durante el viaje, Martín hizo una breve línea de tiempo sobre cómo se construyó la casa. Que Curutchet era un gran médico, que era un tipo muy culto, que aprovechó un viaje de la hermana a París para hacerle llegar una carta a Le Corbusier donde le pedía que le construyera una casa, que el suizo aceptó y que recomendó al joven Amancio Williams para que ejecutara los planos que había diseñado. Un dato que me llamó la atención es que Le Corbusier nunca conoció la casa: no vino ni cuando se estaba haciendo, ni una vez hecha. Diseñó todo el proyecto y puso a Williams, un joven arquitecto cuyo estilo innovador ya daba que hablar, a ejecutar sus ideas. ¿Un arquitecto que no viene a ver la obra e igual le dan el proyecto? "El tipo debe ser bueno posta", pienso.

Fui a La Plata en varias oportunidades y siempre quedo fascinada con la cantidad de plazas y espacios verdes que tiene. Desde temprano, y a pesar de que estaba fresco, había gente sentada tomando mate o niños jugando en los toboganes y las hamacas. No hace falta ser arquitecto para saber que las plazas son una forma de oxigenar (literalmente) la cabeza y escapar un poco de tanto cemento y auto. Me gustan mucho. La gran mayoría de los edificios públicos de esta ciudad fueron construidos alrededor de un espacio verde. Una vez me dijeron que algunos colegios tienen las paredes pintadas de verde porque este color estimula la imaginación y descansa la mente. Creo que por eso me gusta tanto.

Cuando llegamos a la plaza Moreno, todos bajamos para contemplar la catedral. Ingresamos en plena misa así que cada uno de los 17 integrantes del grupo transitó en silencio el lugar. Todas las iglesias me parecen iguales, debe ser porque no retuve los datos que mi profesor de historia del arte del colegio secundario quiso transmitirme, o quizá sea porque soy judía. Quién sabe.

A las 13 arribamos a la Casa Curutchet. Había pocos arquitectos en el grupo, así que Martín explicó detalladamente cada concepto con múltiples ejemplos para que diéramos cuenta de cada uno de los pilares que esta casa visibiliza. Pudimos ver los cinco principios que pregonaba la arquitectura de Le Corbusier: la vivienda levantada del césped, la planta libre, la fachada libre, la ventana corrida, la estructura en pilotes y la terraza jardín.

Recorrer la casa es muy ameno. Todo está hecho a la medida del hombre. El arquitecto suizo puso de manifiesto en este lugar su concepto de modulor, un sistema de medidas sobre proporciones humanas que traslada toda la casa para que cada espacio sea aprovechado al máximo.

Impresiona que una casa de 1955 pueda ser tan moderna. Curutchet no sólo vivió acá, sino también tuvo su propio consultorio médico. La famosa rampa que se ve en la película es la que oficia de puente de ambos espacios, dos volúmenes separados, pero conectados muy hábilmente.

Subimos a la segunda planta, salimos a la terraza para contemplar el paisaje. La inmensidad de la plaza Rivadavia queda enmarcada por la propia infraestructura que propone la arquitectura que pensó Le Corbusier. La naturaleza cobra un lugar muy importante en este lugar. Desde la terraza se puede observar mejor el árbol que está inserto en la planta baja de la casa. Una muestra más de que no hay nada que esté al libre albedrío. Este árbol, que hoy no tiene ni una sola hoja, sirve para controlar los rayos del sol en verano.

Hasta los muebles son una prueba de buen diseño. La carpintería se conserva intacta. Hace tres meses estoy buscando un buen carpintero para mi propio departamento. Daría todo por conseguir uno tan bueno como el que hizo la cómoda con espejo que se encuentra en una de las habitaciones. Cada espacio da cuenta de una sensibilidad única a la hora de armar y aprovechar al máximo cada metro cuadrado, porque el lugar no es inmenso. La residencia está puesta entre medianeras y sin embargo es una casa para ser vivida con espacios comunes de gran calidad. Los arquitectos de los edificios modernos de Palermo deberían devolver el título. En este lugar convergen de manera formidable la arquitectura y el diseño.

"Vi el documental, la película, leí sus libros y me faltaba venir a conocer este espacio", me cuenta Daniela, una joven arquitecta que saca con su celular fotos a cada lugar que recorre. Varios del grupo se acercaron porque son fanáticos del trabajo de este pensador suizo. Hay un pareja de españoles que no para de disparar con su cámara y un joven francés de 21 años que aprovechó una pasantía en la Argentina para venir. Veo poca selfie: la casa se robó todas las miradas.

Una mujer de unos 50 años se acerca a Martín y le pregunta por la famosa ventana indiscreta que causa la "guerra" entre el personaje de Spregelburd y Víctor, el nuevo vecino maravillosamente interpretado por Daniel Aráoz. "No existe. Crearon ese espacio para la película", le contestó Martín y la señora se fue desilusionada como quien va a un recital a escuchar su tema favorito, pero no lo tocan nunca.

Después de las fotos y de haber recorrido la casa, nos vamos rumbo a una típica cervecería alemana de la ciudad platense a comer algo antes de emprender nuestra vuelta. Todos estamos fascinados por lo que vimos hace un rato, y entre cerveza y cerveza comentamos lo que nos pareció la experiencia. En la combi de vuelta, mientras algunos duermen, me acerco a Daniela y le pregunto sobre ese documental que me comentó. Quiero seguir indagando sobre este hombre que cambió la forma de pensar la arquitectura mundial. La máquina de habitar (2013), me dice y anoto. Ya sé qué voy a mirar apenas vuelva a mi casa.

Vanguardista reconocido por romper con el pasado

"Un lenguaje arquitectónico nuevo que significó una ruptura con el pasado." Así resumió la Unesco el trabajo del arquitecto franco-suizo Le Corbusier, después de nombrar 17 de sus obras como Patrimonio de la Humanidad, en julio de este año.

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