Una inestabilidad que difícilmente contagie al resto de la región

Andrés Malamud
Andrés Malamud PARA LA NACION
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1 de septiembre de 2016  

BELO HORIZONTE.- El Ouro Minas es el único hotel cinco estrellas de Belo Horizonte. En él transcurre el encuentro bienal de la Asociación Brasileña de Ciencia Política (ABCP). Como era de esperar, los politólogos brasileños están divididos: algunos aprueban la elección del lugar y otros la critican por dispendiosa. Los estudiantes nacionales protestan porque tienen que pagar mucho; los invitados extranjeros agradecemos que no pagamos nada. Brasil es un país de contrastes.

Incidentalmente, también el juicio político es causa de debate. La conducción de la ABCP es afín al Partido de los Trabajadores (PT). En un congreso académico reciente, en Nueva York, algunos de sus miembros promovieron una protesta que terminó en un desistimiento: el de Fernando Cardoso, reputado sociólogo y ex presidente que estaba invitado a hablar sobre la democracia en América latina. No fue censura, sino equilibrio, se argumenta en el sauna del hotel. La izquierda es una ideología de contrastes.

Ni durante ni después de la votación de ayer en Brasilia hubo movilizaciones masivas en apoyo de Dilma Rousseff. Por un lado, la suerte estaba echada; por el otro, la ex presidenta es tan impopular en la calle como entre sus ex aliados. Muchos de quienes fueron sus ministros, e incluso varios de sus antiguos camaradas guerrilleros, votaron por la destitución. Dentro del PT hicieron malabarismos para no echarle toda la culpa. Fueron prudentes: ellos le atribuyen incompetencia; ella les imputa corrupción. Como sugiere Eduardo Levy Yeyati, el mani pulite brasileño se saldó con la salida de la única dirigente a quien nadie acusa de corrupta. La furia de los honestos está llena de contrastes.

Observadores sensibles creen que lo ocurrido constituye un precedente peligroso. Si el grandote del barrio lo hace, ¿por qué los chiquitos habrían de privarse? El argumento no convence: contra todos los lugares comunes, Brasil no marca el rumbo en América latina. Las interrupciones presidenciales se pusieron de moda en Bolivia, Ecuador y Paraguay hace muchos años, y la onda prendió también en la Argentina y Venezuela. Hoy Charly García cantaría que la inestabilidad no es sólo brasileña.

Pero Brasil tampoco es un novato: desde la democratización, en 1985, la mitad de los presidentes elegidos fueron invitados a retirarse antes de cumplir su mandato. La cuenta admite una trampa: es cierto que Fernando Collor de Melo y Dilma fueron echados, pero Cardoso y Luiz Lula da Silva (¡y Dilma también!) fueron reelegidos. Como ya habíamos convenido en que Brasil es un país de contrastes, pasemos a la región.

En Chile, Perú, Colombia y México los presidentes siempre terminan sus mandatos. Aunque tengan una bajísima imagen positiva, como Dilma. Y suelen tenerla, sobre todo en Perú, pero hoy también en Chile. ¿Por qué los países de la Alianza del Pacífico gozan de estabilidad institucional mientras los demás están expuestos a oleadas destituyentes? No lo sabemos con certeza. Hay, sin embargo, una excepción: Uruguay. Quizá por eso, y porque no existe el trasplante de vecinos, la República Oriental busca desesperadamente ser miembro de la Alianza del Pacífico. La conclusión de esta panorámica es que Brasil difícilmente contagiará su inestabilidad: a unos porque ya la padecen, a los otros porque son inmunes.

Existe, sin embargo, el riesgo de contagio vertical. Es factible que en los meses por venir los intendentes y gobernadores brasileños que no consigan mantener sus coaliciones legislativas vean desafiados sus mandatos. Así, la caja de Pandora se habrá abierto, pero los demonios quedarán circunscriptos por las fronteras nacionales. No es un mal resultado: quizá conduzca a los políticos brasileños a mejorar la administración de sus coaliciones. Hay cambios que son necesarios, aunque, como se sabe, las reformas políticas son ricas en contrastes. Y, a veces, abren cajas de Pandora.

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