El duelo de líderes que agiganta el hartazgo de los españoles

Martín Rodríguez Yebra
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3 de septiembre de 2016  

MADRID.- Mariano Rajoy y Pedro Sánchez trasladan a la política española la dinámica de los grandes duelos de la época dorada del boxeo. Pretenden ser la contracara uno del otro, se dicen en público cosas horribles y viven a la espera de enfrentarse otra vez.

Pero ni uno es Ali ni el otro Frazier. Sus peleas terminan invariablemente sin ganador claro y en lugar de movilizar multitudes consiguen agigantar el hartazgo de una sociedad que lleva ocho meses a la espera de saber quién la va a gobernar.

Lo que convierte este ejercicio en un drama -o farsa, según quién lo diga- es que los conservadores de Rajoy y los socialistas de Sánchez están condenados a entenderse si quieren romper la parálisis institucional en un país que pugna aún por salir de la mayor crisis económica de su historia reciente.

Con el veto de Rajoy, Sánchez fracasó en marzo en su intento por conseguir una mayoría parlamentaria a favor de su investidura presidencial. Hubo nuevas elecciones en junio. Rajoy mejoró su posición y festejó. Pero anoche el boicot de Sánchez le hizo probar la amargura de la derrota.

¿Tendrán que votar otra vez los españoles aunque nada garantice que así el bloqueo vaya a resolverse? Hasta hace unos días se decía que era una opción descabellada. Hoy es la hipótesis más viable.

La enemistad entre los líderes de los dos partidos históricos aprieta el nudo. Existe una convicción en el ambiente político: sólo una renuncia de Rajoy o de Sánchez podría evitar las terceras elecciones. Por eso, para ganar el duelo, a los dos les toca primero dar la pelea en su frente interno.

Rajoy lo tiene en apariencia más fácil. El Partido Popular (PP) -verticalista por naturaleza- respalda a su jefe, un hombre que transitó sin trastabillarse un período de gobierno marcado por los recortes sociales y docenas de escándalos de corrupción. El culto a la resistencia de Rajoy pagó en las urnas. Los conservadores pasaron del 28 al 33% de los votos entre las elecciones de diciembre y las de junio. De haber más comicios, el PP se ilusiona con ampliar la ventaja hasta alcanzar la mayoría que necesita. Sobre todo ahora que consiguió atraer como aliados a los liberales de Ciudadanos, el movimiento que venía a arrebatarle el dominio de la centroderecha.

Hay socialistas que se ilusionan con un paso al costado de Rajoy como precio para facilitar un gobierno conservador con otra figura al frente. En el PP lo descartan.

A Sánchez le esperan cuchillos largos. El PSOE es un partido a punto de explotar. Varios de los barones que mandan en regiones hubieran preferido que se facilitara un gobierno de Rajoy y se cortara la incertidumbre que amenaza con impactar en el empleo, en la incipiente recuperación económica y, por ende, en el reparto de fondos. Pero Sánchez cree que entregarle el poder a la derecha equivaldría a regalarle la voz de la oposición a la izquierda radical de Podemos.

Su dilema consiste en que tiene todo el poder para bloquear y casi ninguno para formar una mayoría alternativa. A Pablo Iglesias, líder de Podemos, le desconfía casi más que a Rajoy. Incluso si negociara con él, debería pedirles apoyo a los independentistas de Cataluña para que le salgan las cuentas.

La única vía -inconfesable- para Sánchez consiste en sobrevivir los próximos dos meses como líder socialista y repetir como candidato en unas terceras elecciones. Algunas encuestas le dan esperanzas de recuperar votos progresistas que se habían fugado a Podemos. ¿Lo dejarán sus rivales internos?

En el camino a Sánchez y Rajoy se cruza una campaña en Galicia y el País Vasco, donde se votan gobiernos regionales el domingo 25. Nada se moverá en Madrid hasta entonces. Los dos saben que corren peligro si fracasan en esas elecciones.

Claro que el mundo sigue andando. España debe presentar a la Unión Europea -que audita con especial celo sus cuentas- un presupuesto que cumpla con las metas de reducción de déficit. Si no lo hace antes del 15 de octubre se expone a sanciones multimillonarias. Un gobierno interino como el actual no tiene autoridad para presentar el proyecto. A la par, los separatistas de Cataluña acelerarán este mes hacia la declaración de independencia, con movilizaciones y la amenaza de votar leyes que la justicia les prohibió discutir.

Son desafíos pesados para una dirigencia que no asimila el fin del bipartidismo y que extravió la capacidad de pactar. Bueno, casi: ayer al menos todos los partidos acordaron que de haber terceras elecciones se celebrarán en una fecha razonable. Si se siguieran los plazos vigentes caería el Día de Navidad.

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