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Carlos Bulgheroni: El empresario petrolero que dejó una huella por su audacia para hacer negocios

Pablo Fernández Blanco
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4 de septiembre de 2016  

Carlos Bulgheroni
Carlos Bulgheroni Fuente: Archivo

Las bridas son anillos que se usan para unir dos caños en un sistema de tuberías mediante el montaje de pernos que atraviesan ambos lados a través de una circunferencia con agujeros. En esos elementos pensó Alejandro Ángel Bulgheroni cuando le puso nombre a la empresa que creó en 1948. La llamó Bridas.

Era una continuación de Casa Bulgheroni, el negocio que el abuelo de Carlos y Alejandro Bulgheroni -también se llamaba Ángel-, había fundado en Santa Fe poco después del principio del siglo.

Carlos Bulgheroni era el motor de los negocios petroleros de Bridas. Tenía una enorme capacidad de lobby y negociación, una agenda internacional que incluía empresarios y políticos de todo el mundo y una avidez por los negocios que lo llevaron a traspasar fronteras que nunca antes había cruzado ningún empresario occidental.

Después de casi cuatro décadas de luchar contra una enfermedad oncológica falleció. El dueño de Pan American Energy (PAE), de 71 años, estaba internado en una clínica en Minnesota, Estados Unidos, donde trataba su enfermedad.

Quienes conocían a Bulgheroni en profundidad sostienen que desde siempre tuvo un temperamento fuerte, pero aclaran que su enfermedad le cambió la vida. En 1973, cuando tenía 28 años, le diagnosticaron cáncer en los ganglios. Su hermano y su padre se empecinaron en que Carlos se atendiera en un centro médico de Stanford, en Estados Unidos.

Los mejores especialistas del mundo le dieron la peor noticia: de acuerdo con sus cálculos, sólo le quedaban cinco meses de vida. Bulgheroni decidió someterse a un intenso tratamiento. Volvió a la Argentina para las fiestas de fin de año. Sus médicos creyeron que era la última vez que lo verían. A él, esa idea ni se le cruzó por la cabeza y prometió estar de vuelta para continuar con el tratamiento.

Como en los negocios, Bulgheroni fue implacable con la enfermedad. En 2013 se cumplieron 40 años desde que le diagnosticaron que sólo iba a vivir por cinco meses más. Uno de sus allegados ironizó: "El que le dijo que iba a estar muerto, hace tiempo que murió". Bulgheroni seguía visitando la clínica para hacerse chequeos periódicos.

Bulgheroni era un apasionado de la información. Solía invitar a ejecutivos de otras empresas para ver qué pensaban con respecto a la marcha de la industria petrolera o del país en general. "Es una esponja que absorbe información y no se sabe luego qué conclusión sacará con eso", sostuvo un hombre de negocios que participó en varios de esos encuentros.

Omnipresencia

Bulgheroni, recibido de abogado en la Universidad de Buenos Aires, se casó dos veces. Su primer matrimonio fue con Teresa Aguirre Lanari, madre de Marcos Bulgheroni, quien se cree que tomará las riendas de las empresas. Luego, volvió a casarse y tuvo dos hijos con Natalia Cobo, quien lo acompañó hasta su fallecimiento.

Bulgheroni tenía un aura de omnipresencia. Contaba con tres secretarias, una en Buenos Aires, otra en Madrid y otra en Milán, que cubrían una franja horaria de 24 horas. Así, el ejecutivo era ubicable en todo momento.

Ningún éxito empresario de Carlos Bulgheroni podrá llamar tanto la atención como la negociación que llevó adelante a partir de mediados de los 90 con líderes fundamentalistas de Asia Central para exportar el gas de Turkmenistán. En ese país, un resabio de la ex Unión Soviética, Bridas había encontrado enormes reservas de gas. Las discusiones para montar un gran negocio en base a ese recurso fracasaron, pero convirtieron al empresario en el primer hombre de negocios occidental capaz de entablar una ofensiva comercial en esas tierras.

Desde mediados de 1994, el empresario nacido en Rufino, Santa Fe, negoció con los talibanes y con sus enemigos de la Alianza del Norte para construir un gasoducto a través de Afganistán, uno de los países más riesgosos del planeta a la hora de definir una inversión. Quería que un consorcio liderado por Bridas conectara por un caño de 1400 kilómetros las reservas de gas de Turkmenistán con Pakistán y la India.

Bulgheroni había apostado algunas de sus mejores fichas a una licitación que abrió Turkmenistán en 1991, casi un disparate empresario de acuerdo con la mirada de los grandes jugadores de la industria. Al año siguiente, Bridas, la única oferente extranjera, ganó la concesión del campo de Yashlar, cerca de la frontera oriental con Afganistán, y luego sumó Keimir, otro campo en el oeste del país.

La empresa invirtió US$ 400 millones y comenzó a exportar petróleo. En 1995, descubrió un gigantesco yacimiento gasífero emplazado en el desierto de Karakum.

El empresario santafesino convenció a Saparmurat Nyýazov, el presidente turkmeno, de crear un grupo para estudiar la posibilidad de tender un gasoducto desde Turkmenistán que atravesara Afganistán y llegara a Pakistán. Luego, hizo lo mismo con Benazir Bhutto, la primera ministro paquistaní. El 16 de marzo de 1995, Pakistán y Turkmenistán firmaron un memorándum que permitía a Bridas preparar un estudio de factibilidad del gasoducto. Bulgheroni convenció, incluso, a los señores de la guerra que tenían el dominio territorial de la zona que debía atravesar el gasoducto.

Una regla estuvo al tope de su manual a la hora de hacer negocios. Él mismo se lo dijo a uno de los economistas que consultaba en una de las tantas charlas informativas que mantuvo con especialistas de diversos rubros: "El trabajo mejor pago tiene que ser el de los abogados, en especial el de los que redactan contratos. Si yo firmo algo, tengo que terminar ganando ocurra o no lo que dice ese documento".

La negociación más difícil no fue por negocios. En 1974, Carlos y Alejandro acordaron la liberación de su padre, que había sido secuestrado por un comando del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP).

Hacía un tiempo que los hermanos habían abandonado la casa paterna. Un grupo entró en su casa de Buenos Aires y se llevó a Bulgheroni. Durante un mes, los hermanos estuvieron negociando con los raptores. No se lo comentaron prácticamente a nadie por miedo a poner en peligro la seguridad de Alejandro. Durante el día iban a trabajar a la empresa. Por la noche, hablaban con los raptores.

El día que murió Juan Domingo Perón, el 1° de julio de 1974, Alejandro seguía secuestrado. Los hermanos temieron por su padre más que nunca. No sabían cuál sería la reacción del ERP. Un mes después del secuestro, un íntimo amigo del padre entregó el dinero a los captores, que liberaron a Alejandro.

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