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LA NACION revista

Eduardo Costantini: "Malba fue una manera de involucrarme socialmente"

Alicia de Arteaga
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11 de septiembre de 2016  

Brillante y seductora la Ballerina de Jeff Koons da la bienvenida al Malba antes de partir para Miami. Su destino final será Oceana, frente al shopping de Bal Harbour, donde el último otoño boreal se exhibió Pluto y Proserpina, la otra escultura del artista vivo más caro del mundo, que le suma valor al metro cuadrado del proyecto impulsado por el hombre que hace quince años abrió las puertas de un museo que hoy es parte del paisaje de la ciudad de Buenos Aires: Eduardo Costantini.

En el otro extremo, sonríe en la fachada la imagen de Yoko Ono. La longeva japonesa, como su compatriota Kusama, confirma el éxito de las muestras temporarias que hacen del Malba una plataforma interactiva y multidisciplinaria. Dream come true, proclama Yoko. El sueño hecho realidad. Esa frase podría rubricar la trayectoria del museo adolescente que antes de lo previsto ha cumplido la mayoría de edad.

Tres directores jalonan su historia, el mexicano Agustín Arteaga, el porteño Marcelo Pacheco y, en la actualidad, el español Agustín Pérez Rubio. Formado en Valencia, fue director del Musac, de Castilla y León (España), y está abocado en estos días a la relectura de la colección del museo, un patrimonio fuera de serie, en colaboración con la historiadora Andrea Giunta. El Malba está a la cabeza en el ránking de preferencias de los visitantes, locales y turistas, con una política museológica que lo coloca entre las instituciones que mejor sintonizan con el ideal de un museo del siglo XXI: de la gente y para la gente. Menos un lugar de contemplación; más un espacio de interacción, conocimiento y crecimiento.

Costantini, impecable como el mejor alumno de la clase que no fue, recibe a La Nación revista en su despacho de siempre. El mismo cuadro monocromático de Clorindo Testa, la foto del jurado internacional que eligió el proyecto ganador del edificio del Malba y, sobre la coffee table, el último libro de la obra de Jeff Koons. No sobra ni falta nada. Es un estilo personal y austero que se ha profundizado con el tiempo.

Era prácticamente un desconocido del gran público en la primera entrevista con La Nación a comienzos de los 90. Entonces, recién separado de la productora Teresa Costantini, madre de sus hijos “grandes”, vivía en un piso de cuño británico en “La isla”, justo frente a la embajada del Reino Unido. Ya había comprado Manifestación, fresco social de Antonio Berni que integró la megamuestra de arte latinoamericano (1992) organizada por Waldo Rasmussen, ex MoMA, y en el escritorio estaba colgada esa pintura magnética que es La mujer del suéter rojo, también del rosarino. Sólo un dato, aquella vez, además de hablar de las profesiones de su padre, contó que compartía la pasión por las estampillas, que coleccionó entre los once y los trece años.

En el comedor, exhibía una serie de Xul Solar, de la colección Ernesto Tito Lowenstein, fundador de Las Leñas, y obras de Guttero, Barradas y Batlle Planas, todas de “calidad museo”. Algo se estaba gestando en la cabeza del gurú de las finanzas. También era fácil detectar el rumbo elegido: arte latinoamericano de la primera mitad del siglo XX.

Costantini salió a la escena de las finanzas como el comprador del 15 por ciento de las acciones del Banco Francés mientras se consolidaba como un coleccionista de alta puntería y avanzada en el programa de desarrollador inmobiliario, que arrancó con una casa en la calle Esmeralda y un terreno en Catalinas. En las tres actividades ejercitó un olfato natural; supo mirar debajo del agua o, si se prefiere, darle oportunidad a su intuición. Atrás, muy lejos, había quedado el enfant terrible que cambiaba de colegio como de camisa y quedaba de “sereno” en el patio para la clase de inglés.

En 1997, compró el terreno de Figueroa Alcorta y San Martín de Tours, pegado a la plaza Perú, donde comenzó una historia que celebra 15 años. Fundado en septiembre de 2001, diez días después del atentado a las Torres Gemelas; tres días después de su cumpleaños número 55 y dos meses antes de la peor de las crisis que recuerden los argentinos.

Crédito: Martín Lucesole

¿Ese terreno en una esquina estratégica de la ciudad fue la Pica en Flandes, el punto de partida?

Cuando compramos el terreno, por el que pagué tres millones de dólares (hoy no costaría menos de 15), me di cuenta de que era ideal para un museo. De acuerdo con el FOT, no se podían construir más de tres mil metros y la ubicación era perfecta. Sobre avenida, con buen acceso desde el transporte público, al lado de una plaza y con mucha visibilidad. Mi colección había crecido de la mejor manera, tenía en mis manos un corpus de obras importantes, siempre en el universo elegido que era arte latinoamericano de la primera mitad del siglo XX

Ese fue el primer y mayor acierto, potenciar y legitimar el arte latinoamericano con un museo propio que no existía en el mundo. Los años han demostrado que los museos fortalecen sus colecciones latinoamericanas, del MoMA a la Tate, desde Houston hasta el Reina Sofía. Pero… lo viste antes.

Compré en el último momento posible obras únicas. Ya no podrían volver a reunirse la calidad de piezas que nosotros tenemos; no están más en el mercado cuadros como Autorretrato con chango y loro, de Frida; ni Abaporu, de Tarsila, emblemática imagen de la serie Antropofagia; ni el retrato cubista de Rivera de Ramón Gómez de la Serna.

Bueno, y si estuvieran, es otro precio. La prueba está en la compra del último Rivera de la colección, que te costó 16 millones de dólares.

Es el mejor ejemplo. Cuando salió a la venta en los noventa costaba cinco veces menos, y no pude comprarlo porque con mi presupuesto debía elegir entre el Frida o Danza de Tehuantepec. Elegí Autorretrato con chango loro, pero la suerte estuvo de mi lado, porque veinte años después el cuadro volvió a aparecer en el mercado. Una noche me llamó Augusto Uribe, que estaba en Sotheby’s cuando compré el Frida y ahora es director en Phillips, y me ofreció el cuadro. Sabía que lo había seguido como el sabueso a la presa. El precio era altísimo, negociamos y cerramos en 16 millones de dólares. La compra fue publicada en más de 150 diarios de los Estados Unidos y el Malba estuvo de nuevo en el mapa global por las mejores razones. Es una pintura histórica, de un tamaño descomunal, rara en la producción del gran muralista mexicano. Para el público es la confirmación de un nivel de calidad y la certeza de que vamos a mantener el título de “la mejor colección de arte moderno latinoamericano”.

Esos cuadros únicos, por los que pagaste precios récords, fueron un ancla imbatible para el Malba. ¿Ya tenías en la mente fundar un museo?

No. Pero es cierto que nadie tenía esa calidad de obra. No fue sólo eso. Surgió el terreno, ganamos el debate con los vecinos que se oponían para conseguir el permiso de construcción y Jorge Glusberg, director en ese momento del Museo Nacional de Bellas Artes, que era un tipo con visión, me aconsejó hacer un concurso internacional para el proyecto. Era el primer edificio que se iba a construir desde cero para “ser museo”. En coincidencia con la Bienal de Arquitectura reunimos a un jurado de notables, entre los que estaban Norman Foster y César Pelli.

¿Y el elegido fue un estudio cordobés?

Se presentaron 400 proyectos de 35 países y ganaron los cordobeses Atelman, Fourcade y Tapia, jóvenes y muy buenos. El edificio ha sido parte del éxito del Malba.

Ya existía la tendencia de “edificio de autor” para los museos, inaugurada de manera espectacular con Frank Gehry, en Bilbao.

Fue un hallazgo el proyecto y demostró sus condiciones en el uso. Alberga la colección, las muestras temporarias, auditorio, biblioteca, tienda y un restaurante, ahora regenteado por Marcelo, que es un punto de encuentro en la ciudad. Convoca al público y sin público no hay museo.

Crédito: Martín Lucesole

¿Cuál es la joya de museo, digamos una pieza como es La ninfa sorprendida, de Manet, para el MNBA?

Sin duda Abaporu, de Tarsila do Amaral. Símbolo absoluto del movimiento bautizado Antropofagia por Oswald de Andrade. Hace poco me llamó Paulo Herkenhohff, director del MAR de Río de Janeiro, que quería hablar conmigo urgente. Tomó un avión y viajó a Buenos Aires para pedirme prestado Abaporu para la muestra de arte de Brasil que acompañaría los Juegos Olímpicos. Por supuesto que el cuadro está allá y lo ha visto el mundo.

Ya te lo había pedido Dilma Rousseff para una muestra de artistas brasileñas en Brasilia. Entonces circularon versiones de que querían comprarlo por una suma millonaria .

Algo de eso hay. Dilma envió un avión de la fuerza aérea para buscar el cuadro, que viajó con dos couriers nuestros y seguridad de ellos. El cuadro es una bandera para Brasil… pero no está en venta.

¿Ser parte de la colección del Malba le agregó valor?

Obviamente, el tiempo le dio valor a nuestra elección y se sumó el hecho de formar parte de una colección. Sino fuera así no se entendería que hoy se peleen por la pintura y aquella noche en Christie’s quedé solo. Los brasileños, que habían hecho una polla para comprar el cuadro, se borraron cuando la oferta tocó el millón de dólares.

Todos contra uno. ¿No tenías límite?

Quería el cuadro.

De hecho, después los brasileños te regalaron el cóctel organizado en el penthouse del Delmónico (500 Park Avenue, Manhattan), con champagne francés y foie gras de Fauchon. Querían celebrar con vos lo que habían pensado celebrar entre ellos. ¿Ya pensabas en el museo?

Tal vez sin saberlo. La vida nos asigna responsabilidades en distintos planos, para mí el museo es una manera de involucrarme socialmente y también financieramente. Como todos los museos del mundo, el Malba es deficitario, me hago cargo de los 2,5 millones de déficit anual desde hace quince años, y creo que es clave para que todo funcione y mantenga el nivel de calidad.

Es importante para la ciudad y está primero en la agenda de quienes nos visitan. ¿Nunca imaginaste un aporte público?

No. Mantengo muy buena relación con los gobiernos de la Ciudad y de la Nación, creo que se pueden hacer muchas acciones conjuntas, pero en un país con tantas necesidades y urgencias no correspondería pretender un apoyo financiero. Esa autonomía es una de nuestras fortalezas, como lo es expandir la colección. Desde la Fundación hemos triplicado el número de obras.

A propósito de los planes en la ciudad y de tu actividad de desarrollador, ¿que pensás de urbanizar la Villa 31 como ha planteado la administración de Horacio Rodríguez Larreta?

Me parece bien. Es imposible mudar 40 mil personas. Será un gran paso dotar a esos terrenos de cloacas, luz, agua, internet, y darle a cada persona su título de propiedad. Lo imagino como un círculo virtuoso, se va a valorizar la tierra y los propietarios cuidarán lo que tienen. Hasta acá la Villa 31 creció en gran parte por el enfrentamiento entre Ciudad y Nación, que autorizaba el ingreso de materiales. Eso se acabó.

Crédito: Martín Lucesole

Volvamos al Malba. En estos quince años, los museos cambiaron su perfil y su lugar en la agenda del tiempo libre en el modelo del Pompidou y de la Tate. Desde Buenos Aires, el Malba logró sintonizar con esos modelos.

Los museos son ahora un programa en la agenda del tiempo libre. Ofrecemos programas para escuelas, ciclos de literatura en el auditorio, el mejor cine de culto y off Corrientes seleccionado por Fernando Peña, más las visitas guiadas por especialistas, maratones de lectura. Una gran parte de esta acción cuenta con el apoyo incondicional de la Asociación de Amigos, que tiene 1500 socios. Un proyecto crece cuando es de todos, cuando la gente se apropia. En el calendario de muestras temporarias hay propuestas curatoriales nivel blockbusters, como Yayoi Kusama, y otras que son para pensar como Voluspa Jarpa, la chilena que trabaja con archivos de agencias de seguridad, ahora en exhibición.

¿Cómo se combinan los tiempos entre el coleccionista y el desarrollador?

Se llevan bien. Tienen cosas en común. En ambos casos, saben cuál es el objeto de deseo y buscan siempre el nivel de calidad más alto. Nos pasó con los terrenos de Catalinas, pero también con Nordelta, una ciudad de 40 mil habitantes en expansión constante. A Miami llegamos en el año 2009, el peor momento, inversiones bajo cero. Al poco tiempo el mercado subió hasta alturas impensadas, hicimos Sonesta Beach, en Key Biscayne, y ahora Oceana, en Bal Harbour. Pero no volvimos a invertir. Miami esta sobreinvertido y los mercados emergentes hicieron agua.

¿Cuáles son las fortalezas de Malba?

Nació con una fortaleza, que es la colección. Después está la ubicación, ideal. También es clave tener la certeza de que está la plata para sostenerlo, y saber que la colección estará siempre unida. He visto dispersarse colecciones magníficas muy cerca nuestro y eso no tiene perdón. Yo pensaba donar una sala al Bellas Artes cuando muriera, pero antes me conquistó la idea de fundar un museo [ risas].

Como François Pinault y Bernard Arnault, los dos magnates franceses que han deslumbrado con sus museos en Venecia y en el Bois de Boulogne. Es una tendencia global.

Los museos ya no son lo que eran, son argumentos para colocar una ciudad en la meta de los turistas, caso Bilbao, y agregan valor. En estos 15 años crecimos como institución gracias a un equipo que constituye otra fortaleza. Tener la gente justa para el momento justo. Basta pensar en el proyecto de Leandro Erlich del año último. Ponerle un capuchón al Obelisco no es una tarea sencilla. Pasamos meses pensando en el proyecto, en su factibilidad, en conseguir los permisos… y lo logramos. Exhibimos en la explanada del Malba la punta del Obelisco y, al hacerlo, asociamos el museo con el mayor símbolo de Buenos Aires. Fue noticia en la tapa de los diarios.

¿Y qué viene después de la celebración?

Tendremos la gala para agasajar a los amigos, a los donantes, a las empresas que nos apoyan, y habrá un anuncio que no puedo adelantar ahora… un anuncio de crecimiento

¿La ampliación?

No puedo decirlo ahora, pero aumentará el impacto del museo en la ciudad y en el mundo. Además, seguimos adelante con la idea de despersonalizar la institución y crear estatutos adecuados, para que participen más familias y más particulares en su crecimiento, como sucede en los Estados Unidos, donde existen reales beneficios para quienes contribuyen a fortalecer las instituciones públicas. El MoMA fue fundado por tres mujeres en un departamento y es un museo privado, aunque mucha gente crea que es de la ciudad de Nueva York y el alcalde Giuliani haya invertido más de 200 millones de dólares en la ampliación.

No hay tradición de filantropía en la Argentina, tampoco instrumentos de mecenazgo efectivos.

Acá no nos involucramos, salvo algunas ONG que desarrollan una acción enorme, como Juan Carr, por ejemplo. Somos muy especiales, con anomalías arraigadas como evadir impuestos, altos niveles de corrupción. Mismo el Estado no contempla la función del privado en inversiones públicas. Hay necesidades en la salud, en la alimentación. Tenemos un 30 por ciento de la población pobre, el Estado debería premiar las donaciones y crear un sistema de desgravación real.

Hablaste de la colección como un todo, de evitar los riesgos de dispersión. ¿En qué sentido?

El aspecto emocional es muy importante en mi vida, pero la colección no se toca. Cada vez que me he separado he preservado la colección. Cuando me separé la primera vez, me había casado a los 20 años, todo era ganancial, y Teresa respetó la decisión de mantener los cuadros juntos. La colección tiene que crecer, no dividirse. Tenemos un comité asesor formado por Andrea Giunta, Adriano Pedrosa, Agustín Pérez Rubio e Inés Katzenstein que va eligiendo obras y artistas para completar la lectura del acervo, de acuerdo con precios y necesidades.

¿Y el arte argentino que lugar ocupa en el patrimonio del Malba?

Tengo mayoría de obras argentinas y brasileñas, aunque en definitiva lo único que importa es la calidad de la obra. He comprado obras de De la Vega, Music Hall; el Cuadro escrito, de Ferrari; Anarquía 4, de Víctor Grippo; La familia obrera, de Bony; la serie de Los sueños, de Grete Stern; fotografías de Coppola, Anne Marie Heinrich. En muchos casos recibimos apoyo de empresas, a través de los programas de matching funds en arteBA, actualmente el impulso de ICBC, y también de particulares decididos a sumarse al proyecto con una enorme generosidad y compromiso.

¿Qué relación existe entre la colección personal de Eduardo Costantini y la Colección del Malba?

Son complementarias. Mis obras están en Malba, pero no llevaría a mi casa obras de Malba.

¿Cómo ves el país?

Cumplo 70 años en pocos días y comencé a seguir muy de cerca lo que pasa en el país desde los 20, nunca hubo estabilidad. Creo que hay un cambio significativo por la forma de encarar la política. Hay un cambio en la calidad de la política, en el Congreso, en la Justicia, pero el marco no es Suecia, es la Argentina. Enderezar esto sin un costo es una interpretación naíf. Aunque haya un gabinete capaz y las mejores intenciones.

Crédito: Martín Lucesole

1960

Entra pupilo en el Colegio San José. El cambio de conducta y crecimiento. De “enfant terrible” a estudiante ejemplar

1967

Con 21 años, nace su primera hija. Padre joven, apuesta por la fuerza de la familia como sostén emocional a lo largo de toda su vida

1975

Máster en Londres.

Determinación y perseverancia. Formación internacional financiada con sus propios ahorros

1991

Compra las acciones de Banco Francés,

su primer gran acierto e intuición financiera

1997

La concepción del proyecto Nordelta,

primera ciudad pueblo, en la que actualmente viven 40.000 personas

2001

Funda el Malba. El sueño de una pasión privada transformada en una institución pública, proyecto que se mantiene vivo y en crecimiento

El futuro

"Tengo optimismo dentro de las dificultades que presenta siempre la Argentina –dice Costantini–. Mucha gente pensó que iba a ser muy fácil y no prestaron atención a las dificultades inherentes que tiene nuestro país"

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