Recuerdos de un viaje sobre el Polo Sur

Kilómetros y kilómetros de hielo, como detrás del muro de Game of Thrones, o un viaje al futuro que atraviesa 14 husos horarios.
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11 de septiembre de 2016  • 23:20

Por Nicolás Artusi

Con ese tonito entre didáctico y condescendiente, el capitán dice por altavoz que miremos por la ventanilla: empezamos a sobrevolar el Polo Sur. No hace falta que los pasajeros ansiosos nos apuremos porque vamos a ver lo mismo durante tres o cuatro horas largas: un bloque macizo de hielo infinito, apenas interrumpido por las grietas que dibujan líneas sin sentido sobre el lienzo blanco. Es parecido a lo que hay del otro lado del muro en Game of Thrones: desde las montañas de los Colmillos Helados hasta la Bahía de las Focas, una maravilla natural donde yo, en la ensoñación diurna de un vuelo de 16 horas, llego a imaginar el avistaje de algún caminante blanco, un demonio de nieve, hielo y frío. Adormilado por la calefacción potente de un Airbus 340 en viaje transpolar hacia Oceanía, miro 10.000 metros para abajo y mi cabeza se pierde en fantasías tras una conclusión indiscutible: estoy, literalmente, en el culo del mundo.

Kilómetros y kilómetros y kilómetros de hielo sin accidentes, geográficos ni técnicos (el pasajero aprehensivo siempre está atento al ruidito raro o al sacudón fuerte, y más en un viaje tan largo como este que cruza 14 husos horarios y lo deposita en el futuro, medio día adelantado a sus compatriotas). Me acuerdo de mi viaje sobre el Polo Sur en los días finales de este largo invierno porteño, el que tuvo más días seguidos de frío desde que se tenga registro, y de las preguntas infantiles que me acompañaron durante el vuelo. Si el planeta es una esfera y la cruzo por su eje inferior, ¿cómo es que no estoy cabeza abajo? ¿No se congelan las alas del avión con una temperatura exterior de 80 grados bajo cero? ¿Alcanza el combustible (para la máquina, nafta; para mí, ¡café!) que hace falta para llegar al otro lado del mundo? Ahora discontinuado por las implacables reglas del mercado, el vuelo transpolar de la aerolínea de bandera estuvo en el aire durante más de 30 años y, en los últimos, sin escalas ni paradas hasta aterrizar en destino: un triunfo de la ciencia y del ingenio humano, tan heroico como aquella proeza del explorador noruego Roald Amundsen, el primer hombre que llegó hasta acá abajo a principios del siglo pasado.

En nuestra concepción escolar del mundo, imaginamos el planeta según el planisferio plano con división política que dibujó Mercator hace más de 500 años, pero un viaje como este ayuda a entender que el mundo es tan simple y complejo como un globo sin costuras, principios ni finales. Después de varias horas de hielo en penumbras (aquí el invierno dura seis meses), la ventanilla me muestra las primeras nubes de un cielo rosáceo y las olas de agua azulada del océano Índico: ya estoy del otro lado. Aunque parezca eterno, el Polo Sur también se termina, como se terminan los inviernos: si es cierto que, como los viajes, toda vida humana tiene sus estaciones, la primavera llega siempre, aunque no se piense en el verano cuando cae la nieve.

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