Suscriptor digital

La importancia de volver a confiar

Carina Durn
(0)
12 de septiembre de 2016  • 08:35

Son casi las cinco de la tarde del domingo. Siempre escribo los domingos. Es un momento muy propio que me conecta y me hace feliz. Dicen que la felicidad son instantes efímeros y que somos afortunados si llegamos a distinguir esa emoción de manera consciente al mismo tiempo en que la estamos vivenciando. Estos días, la distingo.

Y hoy, a través de mi ventana, veo un sol radiante y un azul intenso. Tuve la suerte de conocer algunos lugares de este mundo, y nunca vi un color tan bello como el azul de Buenos Aires en los días de invierno. Un invierno que llega a su fin para dar comienzo a la nueva vida y al renacer. ¡Fueron tantos los domingos en los cuales escribí con lluvia! Pero hoy todo brilla y mi alma se siente liviana, danzante.

Hace apenas una hora leí una carta que recibí de una amiga que está en Berlín. Ella es una mujer de apariencia de porcelana: muy delgada, rasgos dulces, un pelo castaño bien claro apenas ondulado y una tez pálida. Siempre tiene puestos vestidos vintage en colores claros como el rosa viejo o crudo. A veces siento que salió de alguna pantalla de una película francesa. Cuando la conocí, pensé que nunca había visto antes a un ser tan frágil y tan fuerte al mismo tiempo. Atrás de su apariencia delicada, se esconde una profesional exitosa, una mujer culta y con una enfermedad que la acompañará de por vida; una que a veces la limita pero jamás le gana. Sí, todo un ser especial, como cada uno de nosotros.

Desde la distancia, ella lee el blog todos los lunes. Su historia amorosa pasada es muy pero muy similar a la mía, y a la de tantos, y por eso sintió ganas de escribir unas líneas, inspirada por este espacio. Quiero compartir, con su permiso, un fragmento que edité de su correo. Aunque por momentos sus palabras llevan consigo una carga de tristeza extrema, su texto vale la pena porque es sincero y tiene una determinación esperanzadora.

Para la que escribió la carta, mi amiga Loli, y para todos, dejo esta canción para leer lo que sigue (“and if I feel rage I won´t deny it, I won´t fear love” “Si siento rabia no voy a negarlo, no voy a temerle al amor”, dice por ahí la letra):

“Y eso me volví esos tres años: un robot. No tenía los recursos emocionales o la capacidad de llevar adelante este proceso sintiendo lo que me iba pasando. Entonces dejé de sentir. Tenía que ser lógica, pensar claramente, tomar decisiones racionales, no cometer errores.

Mi relación con Adrián había sido rica en nuevas experiencias, divertida y con la intensidad diferente que trae otra persona. Lo que no pude imaginar fue que sólo 15 días después de casarme con él, se abriría la puerta a un Adrián que no conocía y que por momentos me resultaba escalofriante. Te confieso que me sentí abusada. ¿Quién era esa persona que dormía al lado mío y ahora no podía reconocer? ¿Con quién miraba tele en el sillón los domingos? ¿A quién le contaba mis emociones más íntimas? No hay momento en que haya sentido mayor soledad y desesperación, que en ese en el cual no pude reconocer a quien tenía enfrente y con quien había compartido la decisión de casarme.

Pero lo peor es que la historia era tan gris y tan llena de secretos terribles, que no podía siquiera hablar con mis amigas acerca de lo que estaba pasando. Sólo meses después pude armar el rompecabezas de todo lo que sucedió para poder transmitir la historia: “había una vez”.

Y así, pasé por este proceso de manera fría y calculadora, porque iba a un divorcio de común acuerdo, sin bienes en común, ni hijos, ni reclamos de mi parte por algún tipo de compensación económica. Era algo simple. Solo quería salir de ahí, cueste lo que cueste.

Un mediodía de mayo, con sol, de esos lindos días que te hacen apreciar Buenos Aires, mi abogado me avisó que finalmente estaban los papeles firmados por Adrián. Caminé las primeras cinco cuadras como quien va a comprar un caramelo. Subí las escaleras y me encontré con la oficina. Lo primero que me impactó fue pedir el papel y que éste estuviera listo. Bajé nuevamente a Carlos Pellegrini y cuando giré en la esquina de Tucumán empecé a llorar desconsoladamente; se me cerró el pecho, me dolía como si me hubieran pegado una piña. Las siguientes seis cuadras hasta Florida fueron eternas y cuesta arriba.

Empecé a llorar ese mediodía y seguí llorando los siguientes tres días, pero esta vez tirada en el piso de mi monoambiente y ahogada en toda la pena que no había podido llorar en los últimos tres años. Me desmoroné. Y mucha de mi gente querida dijo: ¡al fin! Nadie podía entender como había sostenido tanto durante tanto tiempo.

Y creo que no, creo que no podía en ese momento procesar la cantidad de emociones que se vienen con este tipo de situaciones, la cantidad de opiniones que la gente emite, el aprendizaje veloz pero necesario de procesos legales, las decisiones que tenés que tomar permanentemente, porque el abogado aconseja, pero no decide. Vos decidís. ¡Todo el tiempo!

Y con un papel en la mano, que es sólo un papel pero también es todo lo otro: una relación, los sueños, las proyecciones, los sentimientos, las cosas cotidianas que uno va armando, reducido a una firma que dice que no estás más atado legalmente a esa persona. Y un pasaporte y una cédula que dicen: Estado Civil: Divorciada. Y primeras nuevas citas en las cuales te debatís internamente cuándo es el mejor momento para contar la historia y por dónde empezar.

Así, con lo que queda de vos, te levantás con la sensación de ahogo todas las mañanas hasta que un día sentís que respirás más. Y la vida se ocupa de ponerte en situaciones en las que tenés que enfrentar el miedo a que la historia se vuelva a repetir; pero sentís que tenés que volver a abrirte y volver a confiar y volver a intentarlo, porque si no, una gran parte tuya deja de vivir”.

Justo hace unos días mi abogada me avisó que el certificado que indica que estoy divorciada está listo para ser retirado. Justo también llegaron estas palabras. Y yo siento que respiro más, siento que cada día temo menos y que estoy dispuesta a volver a abrirme, volver a confiar, volver a intentar. Porque si hay algo que sé con certeza es que, como la primavera, quiero renacer y quiero vivir en el más completo y hermoso sentido de la palabra.

Volver a confiar después de un desamor es uno de los retos más grandes de la vida. En ese proceso a mí me ayudó mucho volver a conectarme con mis emociones y pasiones propias, y observar todas las maravillosas relaciones de pareja que me rodean y que funcionan. Las hay. ¿Cómo vivieron ustedes sus procesos de volver a confiar? Después de una desilusión ¿pudieron volver a confiar?

Beso,

Cari

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?