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Una suma espléndida de exuberancia y contención

Pablo Kohan
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21 de septiembre de 2016  

Solitas de Tel Aviv y Mischa Maisky / Director: Barak Tal / Solista: Mischa Maisky (chelo) / Programa: Sinfonía N°41, "Júpiter", de Mozart; Nocturno para chelo y orquesta, de Chaikovski; Kol nidrei, de Bruch; Sinfonía N°1, "Clásica", de Prokofiev; Concierto para chelo y orquesta N°1 en Do mayor, de Haydn / Nuova harmonia / En el Teatro Colón / Nuestra opinión: excelente.

Hace poco menos de un mes, Zubin Mehta y la Filarmónica de Israel, en este mismo Teatro Colón, dejaron una huella imborrable y trazaron un panorama de lo que aparentaba ser la realidad orquestal israelí. Bueno, la consideración fue, cuando menos, un tanto apresurada porque el horizonte musical de este país parece ser mucho más amplio, ya que el nivel de excelencia también campea sobre la música de cámara. Los Tel Aviv Soloists, dirigidos por Barak Tal, ofrecieron un concierto impecable tanto en los momentos en los que fueron los únicos protagonistas como cuando acompañaron la sobresaliente actuación de Mischa Maisky, sin lugar a dudas, un músico superior, poderoso y de un carisma muy especial.

Las comparaciones pueden ser traídas al caso ya que, hace pocas semanas, escuchamos una interpretación sobresaliente de la última sinfonía de Mozart, en aquella oportunidad a cargo de Daniel Barenboim y la Orquesta del Divan. Para corroborar que no hay versiones únicas o definitivas, la interpretación de Barak Tal y los Solistas de Tel Aviv también fue maravillosa aunque radicalmente diferente. En realidad, la lectura de Tal fue distante de casi todas las recreaciones mozartianas que hacen las orquestas contemporáneas, aun con planteles reducidos. Con una orquesta pequeña de menos de treinta músicos, Tal aplicó una auténtica mirada historicista que colocó a Mozart en un plano de cierta intimidad, con pequeñas sutilezas que permitieron admirarlo en todo su esplendor. Las cuerdas dejaron de lado el vibrato, los planos dinámicos nunca fueron extremos y así, sin una sonoridad desmedida, la Sinfonía N°41 lució novedosa, plena de destellos mínimos y hasta los componentes teatrales que inundan la obra se revelaron menos dramáticos pero, a la vez, muy interesantes. El nivel de los músicos hizo que el planteo tuviera la mejor realización.

En el comienzo de la segunda parte, Tal aplicó un enfoque parecido para traer a la vida al neoclasicismo implícito de la Sinfonía clásica, de Prokofiev, aunque, en este caso, afloraron otros volúmenes y otros toques en las cuerdas y en los vientos. Después de todo, las referencias al clasicismo de Haydn fueron escritas por Prokofiev en la segunda década del siglo XX.

Intenso y expresivo

A la salida del concierto, puede ser que muchos hayan olvidado tanto al Mozart y al Prokofiev que tan estupendamente interpretaron los Solistas de Tel Aviv. Es que después de ellos, tanto en la primera como en la segunda parte, estuvo Mischa Maisky con su fuerza expresiva y una presencia escénica descomunal.

Maisky es una verdadera leyenda. Hace cuarenta años que pasea su leonada figura por todo el mundo y que vive en decenas de registros discográficos. Si bien hay ocasiones en que hace primar su enjundia y sus apasionamientos por sobre partituras que no las exigen, abruman y admiran su sonido atrapante y sus infinitas destrezas técnicas. En el final de la primera parte, unió el Nocturno para chelo y orquesta e n re menor, de Chaikovsky, con el Kol nidrei, de Bruch. En estas obras, su plenitud sonora y sus desbordes expansivos de musicalidad encontraron un marco más que apropiado. Hay que destacar que la orquesta que tan recatadamente clásica había estado cambió, Barak Tal mediante, hacia una expresividad plenamente romántica. Y en la segunda parte, no hubo ningún desacuerdo ni contradicción entre el clasicismo circunspecto de la orquesta y la emocionalidad siempre exuberante de Maisky. Fue una suma espléndida que recreó a Haydn de modo insuperable.

Rugió la platea en el final, con gritos y chiflidos agregados, y Maisky, Tal y los músicos interpretaron tres obras fuera de programa en las que el chelista volvió a mostrar ese virtuosismo fenomenal y también la enorme capacidad expresiva para cantar y frasear melodías de alto vuelo lírico. Para felicidad de los presentes, pasaron fragmentos de dos obras de Chaikovsky (las Variaciones rococó y una adaptación del Andante del Cuarteto op. 11) y una transcripción del segundo movimiento del Concierto para violín y orquesta en Do mayor de Haydn.

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