Escrito en el cuerpo

La experiencia corporal -el tema central del Filba, que se realizará esta semana- también habita las diversas formas de escribir y de leer
Natalia Páez
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25 de septiembre de 2016  

Ilustración: María Elina Méndez
Ilustración: María Elina Méndez

La carne habla en la literatura. Se deforma, se libera, goza, se encierra, se funde, se enferma, se silencia. Hay una retórica de los cuerpos instalada desde el origen de la historia del arte. Incluso llega a evaporarse en un momento, como síntoma de época.

El cuerpo será el tema medular de la próxima edición del Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires (Filba) que se desarrollará desde el miércoles y hasta el sábado próximo, y cuya conferencia inaugural, a cargo de la periodista, narradora y crítica cultural María Moreno, lleva un título que con dos palabras ajusta el talle de su mirada: "Cuerpo argentino".

Cabe también preguntarse cuándo la literatura se convirtió en festival. Y una posible respuesta sea, quizás, cuando los autores empezaron a ponerle el cuerpo. A ser ellos mismos un atractivo "instagrameable". A ponerle una cara a un texto; unos ademanes a una forma de escribir. A mirarse también entre ellos.

Ver -aquí y ahora- a Irvine Welsh, sólo por nombrar a quien será la visita estrella de esta edición, cuando ya pasaron 20 años del libro que lo popularizó en los años 90 porque llegó al cine - Trainspotting-, ¿promete una nueva experiencia de lectura de sus textos? Aquella novela hablaba también de los cuerpos y los excesos de un grupo de yonquis en busca de dinero sucio en Edimburgo: unos cuerpos a la vera de su adicción a la heroína.

En esta octava edición, son 20 las figuras internacionales y 100 las locales en cuyas obras el tema del festival, al que subtitularon Cuerpo presente, se manifiesta de muy diversas maneras. Así, es territorio político en la obra de otra de las visitas: el angoleño José Eduardo Agualusa. Que, por ejemplo, en Teoría general del olvido (Edhasa) presenta a Ludo, una mujer que cada año queda más y más atrapada en su cuerpo paralizado, que va dejando de funcionar hasta la ceguera, y que a la vez se confina en una habitación con libros a la que le va construyendo una pared que la aísla del afuera, mientras la revolución arde en Luanda.

En Agualusa el cuerpo de los protagonistas jamás se ciñe a la carne, sino que son cuerpos políticos situados en un espacio determinado: Angola. "En el fondo escribo para intentar comprender cómo es que yo me inscribo dentro de ese cuerpo social. Mi primera novela, La conjura, es una novela histórica cuya acción recorre los últimos años del siglo XIX. Y otros libros míos repasan desde allí el siglo XVII. Creo que terminé construyendo un largo panel sobre la formación de Angola movido por la necesidad de entender ese cuerpo social dividido entre una cultura urbana y una rural. La identidad es una construcción íntima y colectiva", explica. En él, el cuerpo se presenta como un territorio político, geográfico, identitario. De pertenencia a un otro abstracto casi intangible: un entramado social.

Lo que sobra, lo que falta

Pero también es el cuerpo real del autor el que se mete en la literatura, el que es tema de sus relatos, el que interviene en su manera de mirar el mundo. Se habla del pedazo de cuerpo que falta. Del que sobra. Del que se odia, del que se desea.

Ilustración: María Elina Méndez
Ilustración: María Elina Méndez

Otra figura que protagonizará esta edición de Filba es la del escritor mexicano Mario Bellatin, un artista que traspasa la literatura y se mete en el cine y las artes visuales, y que ha hecho algunas performances sobre su propio cuerpo. Hijo de padres peruanos, nació en 1960 en México. Tiene una obra prolífica y su novela Salón de belleza (Tusquets) -que no escapa al tema del cuerpo, la belleza y la enfermedad- ha sido traducida a 18 idiomas. Bellatin nació sin el antebrazo derecho; esto está presente en algunos pasajes de sus historias y hace a la trama de la novela Los fantasmas del masajista, basada en sus experiencias en una clínica de San Pablo especializada en personas a las que les falta un miembro, donde también está presente el relato de la medicina. En otro de sus escritos, El libro uruguayo de los muertos (Sexto Piso), relata la historia de una familia cuyos cuerpos dicen cosas. Una hermana que en lugar de boca lleva una trompa de elefante, un abuelo con el brazo y la pierna amputados, que habla a solas con una foto de Mussolini. Según cuenta en ese libro, así como también en El gran vidrio (Anagrama, 2006), el narrador termina arrojando la prótesis de su antebrazo al río Ganges.

Jugando con la delgada línea que separa la ficción de la realidad, Bellatin ha hecho de todo su aspecto un relato. Convertido al sufismo, viste túnicas oscuras, lleva la cabeza rapada y llegó a usar unas prótesis metálicas artísticas que provocan la voluntad de normalizar de la ortopedia (el relato médico). Hechas a medida por artistas, la más famosa fue una de plata con forma de pene "para salir de juerga con Marilyn Manson" que le daba un aspecto de artista cyberpunk. En Perros héroes (Interzona) el protagonista, un reconocido entrenador de perros, está inmóvil en una silla de ruedas. Los perros también están entre sus temas recurrentes y son el eje de un documental que realizó sobre un grupo de obesos que someten a sus escuálidos galgos a crueles carreras. Volviendo a los elementos autobiográficos de su obra, en Los fantasmas del masajista, Bellatin construye un relato perturbador sobre el llamado "dolor fantasma" que sufren algunos amputados que se quejan de sentir dolor en el lugar donde estaba el miembro que ya no está. Es una alegoría sobre los límites del cuerpo y de la mente.

Y es en la editorial que lo publicó, Eterna Cadencia (la casa anfitriona del Filba que organiza el festival), donde curiosamente el tema del cuerpo atraviesa todo el catálogo. Leonora Djament, su editora, dice: "Si lo veo en retrospectiva, entre otras líneas que se dibujan hay una que sobresale claramente -muy claramente para mí- y es una interrogación permanente sobre el cuerpo: desde la antología que lleva por título Excesos del cuerpo (que indaga el imaginario de la enfermedad en América latina), pasando por los cuerpos disciplinados sanitariamente de Lina Meruane, los cuerpos trasvestidos de Gabriela Cabezón Cámara, los cuerpos muertos de Rulfo, los cuerpos animales y humanos de Ana Paula Maia, los rostros deformados de Jorge Baron Biza, hasta la «extimidad» de los sujetos que analiza Tamara Kamenszain, lo viviente en Daniel Link o los cuerpos que no le importan al poder de Gabriel Giorgi? y así podría seguir. Porque básicamente lo que hay que seguir pensando es qué es un cuerpo hoy".

Otro editor puesto a pensar en los cuerpos presentes en su catálogo es Luis Chitarroni, de La Bestia Equilátera: "El cuento homónimo de Amor ciego, de (V.S.) Pritchett, extiende la pincelada maestra de la mancha a la ceguera, que equivale a una inmensa oscuridad, no a algo infinito, materia resistente. Todos nuestros thrillers involucran el cuerpo o lo solicitan. Objeto erótico o blanco nocturno, coartada y móvil. El paraíso opuesto, de (Antal) Szerb, inicia la emboscada con un cuerpo real, estratégico, shakespereano. A fin de cuentas, el poder es el núcleo material de todo, el cuerpo omnipresente de toda beligerancia entre entidades y sustancias, palabras y cosas".

Pero el cuerpo es también el medio y el fin para el placer. Y así aparece de muy diversas formas en la literatura.

La metamorfosis

Lo femenino, el placer y sus límites, los estereotipos del concepto mujer han sido temas recurrentes para la madrileña Marta Sanz, premio Herralde de Novela (Farándula, 2015). En la novela Daniela Astor y la caja negra (Anagrama, 2013), con una voz en primera persona y una estética de falso documental se pregunta sobre los límites del pudor y sobre qué significa la liberación de las mujeres. Habla de la metamorfosis; de la herencia y la memoria del cuerpo. "El desnudo femenino se intelectualiza a la vez que se va consolidando como bien de consumo. Mientras tanto, Catalina come miga de pan para que le crezcan las tetas", escribe. En La lección de anatomía (Anagrama, 2008), en cambio, construye una novela autobiográfica que tiene como protagonista el cuerpo de una mujer desnuda, sobre el que se va inscribiendo su historia.

Unos días antes de llegar a Buenos Aires, también de visita por el Filba, Sanz reflexiona sobre la presencia de su propio cuerpo en sus libros: "En La lección de anatomía de algún modo aprendí que el cuerpo es el texto donde se queda impresa la vida y, al revés, el texto es un lugar que se llena de metáforas corporales. De modo que viví una experiencia lingüística que fue profundamente corporal: mi cuerpo, las señales que se han quedado en él y que provienen de la interacción con lo externo y de mi propio deterioro biológico que vuelve a entrar en conflicto con lo externo porque las mujeres en el climaterio son menos toleradas que las otras: eso lo cuento en una novela negra que no es negra pero sí que es negra que se titula Black, black, black... El crecimiento hacia un esplendor que nunca se vive como tal o hacia un lugar que nos acerca a la muerte siempre es un modo de violencia. Aprendí que la metamorfosis duele, que uno de los lugares de la literatura es ése donde se encuentran el adentro y el afuera, lo íntimo y lo público, que ese lugar cristaliza en el cuerpo y que todos estos asuntos conviene tratarlos literariamente con cierto sentido del humor. Mirándose al espejo con escepticismo autocrítico. Haciendo que el lenguaje y la autocrítica desvanezcan la vanidad. Codo con codo con las otras y los otros".

El británico Irvine Welsh ha trabajado los excesos del cuerpo (donde está presente con su propio cuerpo y su paso por las adicciones) y sobre lo freak. Así, en la mentada Trainspotting o en Acid House, como también en Porno o en Éxtasis. Y llega al paroxismo en La vida sexual de las gemelas siamesas (Anagrama, 2015) o en Escoria (Anagrama, 2000), donde un sargento promiscuo se llena de sarpullidos en los genitales que se extienden sin control y le crece un parásito en el intestino que acaba convirtiéndose en la voz de su conciencia. A días de llegar a la Argentina, desde su teléfono móvil, Welsh contesta a la pregunta acerca de si los cuerpos en la literatura, sus formas de representarlos, pueden ser leídos como signos de época: "No estoy seguro. Somos tan animales como criaturas cerebrales y todos funcionamos con información tanto de nuestros cuerpos como de nuestra mente. Me gusta escribir cómo estos dos elementos dialogan. Creo que los cuerpos en la literatura llevan consigo marcas de lugares, climas y situaciones culturales mucho más que cualquier otra cosa. Aunque es cierto que un escritor tiene que estar interesado en el momento histórico en el cual escribe".

María Moreno tendrá a su cargo el puntapié que iniciará esta octava edición de Filba. En Subrayados (Mardulce, 2013), un libro que compila sus lúcidos ensayos sobre literatura, intenta delinear el cuerpo nacional. El cuerpo argentino. Allí da la receta para armar un Frankestein erótico argento: "Sería el de un muñeco travesti con la cabeza medusina de Facundo y las tetas de la Coca Sarli -miembros honorarios del sistema de gemelos del kitsch peronista junto a los caniches enanos del general-, el pene que Perlongher coloca en Cadáveres «en el caño de la combi» y el trasero «lacayo» de Erdosain, atravesado por la mazorca que el unitario patilludo recibió en El matadero de Echeverría. Ese cuerpo argentino saldría en manifestación como dice el final de El Fiord de Lamborghini y estaría vestido con el vestido rosa de César Aira. Ah, pero con el arnés de Vera Ortiz Beti (anagrama con el que Fogwill enmascaró a la finadita Beatriz Viterbo) debajo".

Y sigue hablando del talle. No de su propio talle. Sino del talle de otra. Y dice cosas como: "Llevarse. Nada más sexy que un cuerpo que se niega a ser uno con su dueña, que, en lugar de transmitir la prestancia y la seguridad en su marcha -como si entre la orden del cerebro y el movimiento no hubiera medición alguna-, da la impresión de ser llevado hasta con vergüenza".

El Filba este año promete disfrute, entre Montevideo (donde empezó el viernes pasado) hasta Buenos Aires. Habrá, también, reflexiones sobre el cuerpo en el acto de leer. Puesto a merced de la lectura. Marta Sanz lo relaciona con una tensión corporal: "La literatura toda, en el fondo, remite a un deseo de ser mirado, pero mirado de un modo distinto al del exhibicionismo de la selfie. Mirado de un modo expresivo, donde la artificialidad es un filtro ideológico que aspira a significar algo frente a la espontaneidad o el vértigo de otros nuevos impudores, menos sofisticados, no sé si menos interesantes. Mi cuerpo interviene cuando escribo y cuando leo: soy pura contractura".

Crédito: María Elina Méndez

En agenda

8° edición del Filba

Cuándo: del 28 de septiembre al 2 de octubre

Dónde: En el Malba, el Centro Cultural La Abadía, Eterna Cadencia y el Club Cultural Matienzo

Programa completo: filba.org.ar

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