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Murió Angel Guastella, una vieja gloria de los Pumas y maestro del rugby argentino

Guastella, homenajeado por la Unión de Rubgy tucumana el año pasado
Guastella, homenajeado por la Unión de Rubgy tucumana el año pasado Crédito: La Gaceta de Tucumán
Un prócer del seleccionado argentino falleció a los 85 años
Jorge Búsico
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29 de septiembre de 2016  • 07:43

Un pedazo grande del rugby argentino se fue esta madrugada con la muerte de Angel Guastella, no sólo un prócer de éste deporte, sino un maestro con todas las letras. “Papuchi”, como todos lo conocían, era un verdadero sabio; quizá el ojo clínico más agudo que haya habido en el andar doméstico de la ovalada. Nació un 7 de noviembre de 1931 en el barrio porteño de Barracas, donde vivió la mayor parte de su vida, y murió en San Miguel de Tucumán, la capital de la provincia que lo adoptó y lo cuidó en la última década y media, especialmente el club Tucumán Lawn Tennis, donde a cuya cancha de rugby irán a esparcirse sus cenizas por propia decisión.

“Papuchi” enseñó el juego del rugby hasta que su cuerpo dijo basta. Nunca dejó de hacerlo, aún cuando en los dos últimos años su salud se deterioró y lo imposibilitó, entre otras cosas, de participar de los festejos por los 50 años de los Pumas, aquella aventura que lo tuvo como uno de los entrenadores con apenas 34 años y todavía como jugador. El último homenaje lo tuvo cuando la mayoría de las glorias del 65 viajaron a Tucumán para visitarlo. “Tenemos que estar con “Papu” sí o sí”, dijo en ese entonces Guillermo Illia, de Pueyrredón, el club que Guastella fundó en 1953 junto a su maestro, Jorge Gutiérrez.

“Yo soy Guastella, de Pueyrredón. Y todo se lo debo a mis padres y a Jorge Gutiérrez”, solía decir, agregando en los últimos a Tucumán Lawn Tennis, el club que lo llevó para enseñarle el juego –que no sólo es jugar- a los más chicos. Bajo su mirada exacta pasó el actual apertura de los Pumas, Nicolás Sánchez, a quien “Papuchi”, como a tantos otros, quiso como un hijo. “Es un fenómeno, pero tiene que estudiar”, decía del 10.

Otro 10, el mejor de todos, Hugo Porta, también fue como su hijo. Es más: él decidió cambiarle el puesto; de medio scrum a apertura. Quizá una de las determinaciones tácticas más importantes que se hayan realizado en el rugby argentino. Guastella decidió darle la capitanía a Porta cuando volvió a entrenar a los Pumas en 1978, tras un sismo que dejó sin jugar a varias de las figuras de la época, entre ellos Arturo Rodríguez Jurado, a quien “Papuchi” había promovido al seleccionado en 1965. Porta nunca dejó de consultarlo y lo tuvo de guía, aún después de retirarse.

A Gutiérrez, su maestro, lo conoció siendo su alumno en el Colegio Nacional Número 7 Juan Martín Pueyrredón. “Yo tenía 14 años y todavía tengo fresco verlo entrar a Gutiérrez, que era nuestro profesor de educación física, citándonos para que vayamos el domingo al Planetario, donde estaba la cancha de Biei. Y ahí empezamos a jugar al rugby. Y ahí empezó el amor”.

Guastella nunca se casó. Solterón por naturaleza, Alicia fue su fiel compañera durante años, pero cada uno en su casa. Hincha de Boca, peronista en un deporte mayormente antiperonista, “Papuchi” fue un militante del rugby en todos sus ángulos. De ideas firmes, nunca le escapó a la polémica, pero siempre escuchó al otro. Era educado y comprensivo. Un caballero de la vida y del rugby.

Fue el 10 de Pueyrredón, del seleccionado de Capital campeón del Argentino y del seleccionado en 1956, 1959 y 1960. Su carrera como entrenador de los Pumas arrancó en 1965. En el armado del plantel no sólo fue clave su ojo clínico para cambiar de puestos a jugadores, sino su capacidad para armar grupos humanos. “Conmigo siempre juegan los que son buenos tipos”, decía. Con Alberto Camardón siguió al frente de los Pumas hasta 1971. Volvió en 1978, donde promovió a jóvenes que luego resultaron leyendas: Marcelo Loffreda, Rafael Madero, Tomás Petersen, Gabriel Travaglini, los hermanos Iachetti, Marcelo Campo, Ricardo Landajo, Alejandro Cubelli, Alfredo Soares Gache. Y otro hito fundamental: lo convenció de volver a Héctor “Pochola” Silva.

Dirigió a aquellos fabulosos Pumas de 1985 que le ganaron a Francia y le empataron a los All Blacks, y junto a Silva y Otaño tuvieron la mala experiencia en el primer Mundial, en 1987. Fue su último acto en el seleccionado.

Enseñó rugby en múltiples colegios y clubes; misionó por todo el país. “Yo sigo siendo pobre”, decía entre risas, mientras a voz firme recalcaba que “el rugby tiene adversarios, no enemigos”. Cultor fervoroso del amateurismo y del juego desplegado. Tipo entrañable. Angel “Papuchi” Guastella es un pedazo grande del rugby argentino. Casi no quedan como él.

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