Cómo es la experiencia JOMO: si te perdés algo, no pasa nada

Un hashtag que se hizo tendencia propone disfrutar de estar perdiéndote lo que pasa en las redes.
Denise Tempone
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3 de octubre de 2016  • 09:01

Hace un tiempo, solo podíamos enterarnos de lo que pasaba en el mundo abriendo un diario o encendiendo la tele, por decisión propia. Hoy, esa decisión quedó desdibujada. El hecho de llevar en tu bolsillo un celular con notificaciones constantes y desordenadas de los últimos eventos, noticias y propuestas que pueden asaltarnos en cualquier momento convierte la vida en un multiple choice infinito que estresa (¿a cuántos eventos en Facebook les pusiste “Asistiré” o “Me interesa” que olvidaste al instante?). Para colmo, cada vez que elegimos, lo hacemos con la certeza de que hay (¡o pronto habrá!) algo aún mejor.

Pero ya lo entendiste: no podemos ver todas las series “que hay que ver” por mucho que lo intentes, hay debates que no te convocan, eventos que no te divierten aunque se vean súper cool y seguramente va a haber memes en Facebook que no sabemos qué significan. ¿Importa? ¡Si apenas llegás a leer los mails que te entran en una tarde!

El JOMO, “joy of missing out” o “alegría de perderse cosas” es el hashtag de moda y es la actitud que comenzamos a adoptar cuando, luego de una etapa de sobreestimulación al borde de la saturación, pasamos a percibir el encanto del silencio, del vacío, de los tiempos netamente ociosos. Y entonces sucede lo inesperado: nos conectamos con lo aliviante de la pérdida. Es que, en realidad, no te estás perdiendo de algo. Ahora elegís no hacerlo.

Superar el FOMO

Siempre pensaste que el pasto era más verde en el jardín de al lado, pero ahora que te llegan unas cuantas fotos del jardín vecino en Instagram para demostrarte cuánto más verde es, surgen las comparaciones y la sensación de que lo que vos tenés o hacés siempre es peor.

Lo que propone la actitud JOMO es tranquilizarnos. Entender que lo que parece genial no necesariamente es bueno para todos, que ese evento que parece una megafiesta tal vez ni siquiera lo sea y que las ofertas sexies volverán en otro momento. Es empezar a tener “cancha” virtual, aprender a detectar espejitos de colores, dejar de idealizar vidas ajenas y construir barreras que filtran informaciones y opciones que, por lo menos ahora, no necesitamos.

Pero esta seguridad en la elección de vivir tu vida llega recién después de haber atravesado, y superado, ciertos miedos. Es que el JOMO se empezó a detectar como actitud colectiva luego de un gran periodo de FOMO, “fear of missing out”, es decir, “miedo a perderse cosas”. Con redes sociales que apenas superan la década de vida y la hiperconciencia de la cantidad de cosas interesantes que pasaban en nuestra ciudad, en la vida de los otros y alrededor del mundo, nuestra primera respuesta fue el temor. ¿Temor? Sí, temor. El 40% de las personas de menos de 35 declara que tiene miedo de perderse eventos, contactos, oportunidades laborales y hasta posibles parejas. Ese miedo nos pone a todas en un estado de alerta constante. Es que, en la frecuencia FOMO, los pájaros volando parecen valer mucho más que los pájaros en mano.

El JOMO llegó para liberarnos

“A veces está OK no estar involucrado en todo lo que está pasando por ahí. Y definitivamente está OK disfrutar de tomarte un tiempo para estar con vos”, dice una de las pics más famosas de Instagram que pregonan el #JOMO. Con ese hashtag, miles de usuarios dan cuenta de su momento JOMO: un sitio pacífico de recreo, una cena en pareja, una puesta de sol o una buena siesta.

Lo que distingue el JOMO de otras actitudes frente a la sobreestimulación es su madurez. Disfrutar de perderte cosas no es irte de las redes y cerrarte a la información: es aprender a usarlas. La construcción de filtros que definen qué info nos llega y, fundamentalmente, cuándo nos llega es algo que implementan las personas que comprenden que perderse cosas puede ser un placer. No hablamos de filtros de Instagram, sino de tamices mentales. Así como te preparás para salir a la calle, para tener una charla telefónica o para escribir un mail importante, prepararte para encarar la virtualidad.

Hoy, Facebook, Instagram, Twitter, Snapchat (y la lista sigue) son espacios públicos comparables a esa esquina adonde ibas a buscar tarjetas para el boliche o a la plaza adonde llevás a tu hijo a jugar mientras charlás con otras mujeres. Es decir, son espacios sociales, de intercambio, pero en escalas tan masivas que a veces ni las dimensionamos. Ser conscientes de esta realidad hará que puedas salir a dar paseos virtuales con mayor lucidez acerca del propósito por el que lo hacés.

Justamente, aquí es donde viene el JOMO a cuestionar esta falsa idea de intensidad. La aleja de su relación actual con la acumulación para recordarnos que es la interpretación y la conciencia de lo que hacemos lo que vuelve a nuestras experiencias interesantes, no la cantidad ni la publicidad que hacemos de ellas. Todos conocemos personas que pueden dar una vuelta a la manzana y volver con apreciaciones maravillosas y otras que no tienen nada para decir de una vuelta al mundo. Somos nosotras las que conformamos lo interesante de lo que vivimos, las que imprimimos de significado los hechos que nos suceden, y eso es algo intransferible a una actualización de estado en Facebook, un tuit o una pic en Pinterest.

No podemos hacer todo

Así como el movimiento slow llegó hace unos años para desnaturalizar el ritmo vertiginoso en el que estábamos viviendo nuestra vida offline, el JOMO llega para recordarnos que dejar pasar y renunciar a la vidriera de propuestas online pueden ser también opciones inteligentes. No se trata del tipo de postulado de pensamiento mágico que asegura que algo bueno llegará si dejamos espacio para lo nuevo, se trata de algo más crudo: aceptar la imposibilidad de abarcar todo y amigarse con ella antes de que la realidad se imponga en forma de dolor. Entender que sentirse mal por no poder vivir cada una de las experiencias que te plantea la web es tan tonto como ponerse mal por no poder contar hasta el infinito.

Parece una obviedad, pero en este momento en el que te enterás constantemente de que tal dejó todo y está haciendo un viaje impresionante del que sube fotos envidiables o que ese otro se mudó al campo o que tu ex compañera de colegio tiene un novio rocker con el que va a fiestas recontra vip, nuestro deseo de vivirlo todo nos convierte en explotadoras de nosotras mismas. El peligro que nos acecha, entonces, no es la esclavitud ni los mandatos sociales incuestionables. El peligro ahora está dentro: nuestros deseos ilimitados, la autoexigencia de vivir una vida intensa y sin renuncias, pueden llevarnos a una crueldad total con nosotras mismas. Es justo ahí donde podemos darnos cuenta de que perder –ambición, urgencia, voracidad– puede ser aliviante, puede darnos placer, tranquilizarnos.

Si nos invitamos a pasar tiempo desconectados y a aceptar cierta incomodidad inicial, podemos redescubrir nuestras mejores historias. Elegir qué es lo que nos hace bien, qué es lo que tenemos ganas de hacer, qué es lo que queremos compartir más allá de lo que otros están viendo o haciendo. No te estás perdiendo de algo, estás viviendo tu vida (y no la de los demás).

Del free wifi al wifi free

En muchos países de Europa, restaurantes, museos, bares y parques “wifi free” (y no “con free wifi”) son parte de la movida de desconexión más trendy del momento. La prohibición de usar los celulares se puso de moda en algunos epicentros de capitales modernas, especialmente en centros culturales, y, en ciertos entornos, tenerlo en la mano es directamente considerado “uncool”. Paradójicamente, las compañías telefónicas refuerzan el mensaje. Vodaphone España y Telecom Italia fueron las primeras en animarse. Esta última utilizó el lema “Conectarse es importante, pero el resto también”. ¿Y la selfie? Probá tomarte una: te van a mirar con muy malos ojos. Ni te cuento si sacás el selfie stick: ese sí que es un rotundo “ya fue”.

7 claves para disfrutar de la renuncia

1. Ayuná de la web. Ponete tiempos de recreo sin información.

2. Reivindicá el ocio improductivo. Aburrirse un poco, como con los chicos, aumenta la creatividad.

3. Pensá desde el positivo y no desde el negativo. Si ya tenés un plan que te encanta, no es momento de ver qué es lo que no estás haciendo.

4. Elegí qué escuchar, qué ver y cuándo. Borrá de tu timeline a personas tóxicas. Si te hacen mal, te dan bronca o mal humor sus posteos, ¿para qué verlos?

5. Preferí información de calidad. Volvete específica con tus búsquedas.

6. Anotate solo en los eventos que realmente te seducen. Mejor ir a pocos eventos pero quedarte más tiempo y profundizar relaciones.

7. Ponete filtros. Abrite a los estímulos solo cuando tu ánimo sea propicio. Pensate en este momento y elegí a conciencia qué tipo de cosas querés ver, leer o escuchar.

La sociedad del cansancio, Byung-Chul Han

La sociedad del cansancio, Byung-Chul Han. Editorial Herder
La sociedad del cansancio, Byung-Chul Han. Editorial Herder

Byung-Chul Han es un filósofo surcoreano experto en estudios culturales y profesor de la Universidad de las Artes de Berlín que puede ser considerado representante del movimiento JOMO. Su best seller La sociedad del cansancio afirma que todos hoy –en mayor o menor medida– sufrimos en silencio. Según Han, el exceso de positividad nos está conduciendo a una profunda extenuación. El cansancio proviene de creer falsamente que podemos con todo, y eso, a su vez, produce cierta depresión en nuestro estado anímico. ¿La cura? “Dejar atrás el narcisismo. Mirar al otro, darse cuenta de su dimensión, de su presencia”, sostiene•

¿Cómo sos con las redes sociales? Te animarías a sumarte a la experiencia? También conocé a La niña de 8 años que se pregunta por qué hay tantas diferencias entre ropa de varones y mujeres y sumate a nuestras propuestas de lectura: El matadero revisitado, otros libros con historia argentina y el Filba

Expertas consultadas: Lic. Patricia Faur, psicóloga y docente de la universidad Favaloro y Lic. Victoria Bembibre Especialista en Social Media.

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