El patrimonio, un recurso no renovable

Alicia de Arteaga
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3 de octubre de 2016  

¿Cómo una casa construida a mediados del siglo XX por encargo de un odontólogo platense puede conquistar la portada de los diarios del mundo? Muy simple: por las razones del patrimonio, recurso no renovable y la mayor ancla para el turismo, que mueve 1300 millones de personas por año.

El dato no es menor y recuerda la repercusión lógica de la incorporación de la Casa Curutchet, proyectada por el suizo francés Le Corbusier, al listado del patrimonio de la humanidad. Esa "chapa" garantiza visitantes de todas las latitudes, como ocurre con las obras del arquitecto Palladio, en Vicenza.

Dos extremos de la misma historia, porque el patrimonio se hereda, como el Coliseo romano o la torre Eiffel, o se crea, como sucedió con la pirámide del chino Pei en el Museo del Louvre o el edificio inteligente diseñado por Norman Foster que es hoy sede del gobierno porteño en Parque Patricios.

Edificios con historia, diseños con firma y palacios memoriosos ganan posiciones entre los viajeros y suman razones a la hora de elegir un destino. El mejor ejemplo sigue siendo Bilbao, que hasta la inauguración del Guggenheim, en 1997, era una ciudad decadente que se caía del mapa y pasó a ser uno de los destinos más visitados de Europa.

Buenos Aires es un claro ejemplo del valor agregado del patrimonio. La arquitectura de "la París de América del Sur" sigue siendo la primera razón para visitar la ciudad, con tours especializados en art déco, art nouveau y racionalismo. Por eso resulta clave controlar la piqueta. Que no prime el negocio inmobiliario sobre el respeto del patrimonio, porque lo que se tira abajo no tiene reposición. Algo que deberá tener en cuenta la Agencia de Administración de Bienes del Estado a la hora de definir el destino y el uso de lugares emblemáticos, como el Zoológico y el Tiro Federal.

La gente viaja para caminar por la última cuadra palaciega de Buenos Aires: la avenida Alvear entre Rodríguez Peña y Montevideo. Una escala obligada y fondo preferido para la selfie es el Palacio Maguire, estilo tardovictoriano, con la reja perimetral en inútil combate con las raíces de un gigantesco gomero.

Para entender el valor único del patrimonio, basta recordar la disputa desatada por el Palacio Duhau. Lo quiso comprar Juan Navarro, entonces mandamás del fondo de inversión The Exxel Group; fue adquirido por el empresario Julio Vicente Raele, mano derecha de Lorenzo Miguel, y, finalmente, quedó en manos de su actual dueño, el empresario Juan Scalesciani, quien le dio destino hotelero con la marca Park Hyatt.

El último barrio porteño, Puerto Madero, meca de los grandes desarrolladores, ya tiene algunas joyitas patrimoniales, como son el puente de Calatrava, el edificio de César Pelli para YPF y el de Rafael Viñoly para la Colección Fortabat. La última gran iniciativa en la ciudad de Buenos Aires tiene los ingredientes de un leading case. Palacio Paz siglo XXI se llama el proyecto de la desarrolladora RED que transformará el obsoleto gimnasio del Círculo Militar, sobre Esmeralda, en un sinuoso edificio diseñado por Richter-Dahl Rocha para conectar, a través del jardín palaciego, la calle esmeralda con la plaza San Martín. Una modalidad que puede ser la llave del mandala para salvar el patrimonio. Sin que se altere la identidad, el edificio del siglo XXI "financiará" el palacio construido por encargo de José C. Paz a fines del siglo XIX, cuando el fundador del diario La Prensa soñaba con ser presidente de la República.

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