Diario de viaje: el caos de Roma

Puteadas matutinas, el espresso como síntesis nacional y montañas de basura por culpa de ¿la mafia?
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4 de octubre de 2016  • 19:43

Por Nicolás Artusi

Lo primero es una puteada. O casi. Tempranito a la mañana, el mozo de la cafetería Sant’Eustachio, esa que está en una callecita cortada detrás del Panteón y que tiene un ciervo como heráldica, me grita que no, que si me siento en las mesas de la vereda me tiene que cobrar más caro el café, que vaffanculo. Alguna vez escribí que el espresso resume el espíritu tónico de los tanos: enérgico, amargo, potente, breve, retacón y castigador. Y como mi dignidad tiene un precio más bien bajo, decido pagar la diferencia (¡monedas!) y sentarme a disfrutar del cafecito bajo el limpio cielo romano… al lado de una montaña de basura. Las bolsas negras no pueden contener los restos de comida que se desparraman sobre los adoquines y si un poco más allá un señor mayor fotografía a su esposa al lado de un fitito original cuyas ruedas no se llegan a ver porque están hundidas en desperdicios, más acá las moscas revolotean sobre la taza y amagan con zambullirse en el líquido oscurísimo.

Me desayuno con la noticia: la empresa municipal que se encarga de la recolección de los residuos tiene una deuda de € 600 millones y dos de sus capos fueron detenidos en la Operación Mafia Capital (una ironía fellinesca en el país que bautizó sus redadas contra la corrupción como mani pulite: “manos limpias”). En la muy aséptica Europa del tren ultrarrápido y el canal Euronews, a Roma le dicen “el gran vertedero” y se burlan de que el paseante, cada mañana, pueda tropezar por la calle con pilas de bolsas repletas, sillas rotas, heladeras descompuestas, espejos partidos o inodoros cachados. Como la ciudad, la mugre es eterna. Desde el Trastevere hasta la Villa Borghese, a uno y otro lado del río, el caminante se siente perdido en el negocio de un ropavejero, como en una de esas ferias americanas que venden rezagos de espectáculos teatrales: aquella puerta descascarada pudo haber sobrevivido a una puesta de El decamerón y ese centurión parece el figurante de una obrita escolar dedicada a ensalzar la gloria de Julio César. A los pies del Coliseo, puro teatro: un Marco Antonio panzón con sandalias de plástico y armadura de gomaespuma espadea entre las bolsas de basura y posa con hidalguía imperial antes de pedir € 5 por la foto.

No me dejo manguear (antes de venir, se recomienda ver el documental Turistas en la mira, que está en Netflix y advierte de todos los engaños al incauto, que en las calles romanas se multiplican por miles, como las bolsas de residuos). Aun así, la ciudad me enamora porque, en mi leve agorafobia no diagnosticada, me siento mejor entre cosas chicas: el Cinquecento, las motonetas o esa callecita que se pierde detrás del Panteón donde tomé el mejor ristretto de mi vida y me hundí en una montaña gigante de basura. ¿O será que uno se siente inmaculado entre la mugre ajena? Si del imperio no quedan más que los restos, una sola verdad es eterna: Roma no se hizo en un día, pero se ensucia en una noche.

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