Revertir el legado cultural del populismo

Daniel Gustavo Montamat
Daniel Gustavo Montamat PARA LA NACION
¿Tenemos los argentinos un ADN cortoplacista o nuestras instituciones nos convierten en esclavos del momento?; hoy el reto es construir certidumbre a futuro sin olvidar las urgencias presentes
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18 de octubre de 2016  

El gran desafío de la nueva administración es lograr que la Argentina dé vuelta la página populista. Por derecha y por izquierda, la partitura populista ha dominado durante décadas la política y la economía, permeando instituciones y valores. Los escépticos creen que estamos condenados al populismo por cultura; los esperanzados, en cambio, promueven cambios institucionales para superar la decadencia argentina.

Fuente: LA NACION

Desde 1969 hasta la fecha el país destruyó cuatro signos monetarios (peso moneda nacional, peso ley, peso argentino, austral); el actual, el peso, nació convertible en 1991, cuando compraba un dólar. Hoy un peso, ya no convertible, compra seis centavos de dólar. Sin embargo, un peso de hoy, que ya no compra casi nada, tiene el valor de... ¡10 billones! de pesos de 1969. En el medio están la desmesura inflacionaria que arrasó con la institución monetaria y el déficit fiscal crónico que, de manera cíclica, hace estallar las cuentas públicas y las cuentas externas, destruyendo salarios y confiscando ahorros en moneda doméstica. Ahora bien, ¿es el ADN cortoplacista de los argentinos el que precipita los déficits, mata la moneda y hace crónica la inflación, con sus consecuencias, o, al revés, son las reglas e instituciones las que nos han transformado en cortoplacistas consumados y esclavos del presente?

En los días del Martín Fierro (1872), mientras la Argentina se debatía en el nuevo arreglo institucional fundado en la Constitución de 1853, el trabajador rural necesitaba de una “papeleta” que lo identificaba con un patrón para desplazarse de un lugar a otro. Si circulaba sin la papeleta, corría el peligro de ser acusado de “vago” y sometido a la “leva”, una conscripción forzada con destino a la guerra de fronteras de aquella época. ¿Era el gaucho el personaje vago y errante que describían algunos intelectuales de entonces o era el ser romántico y perseguido que presentó José Hernández? ¿Los valores predominaban sobre la “papeleta” y la “leva” o aquellas instituciones de época condicionaban el comportamiento y la inserción social de nuestro personaje autóctono?

En otras palabras: ¿es nuestro “cambalache” el producto de una anomia idiosincrática donde la ley está para acatarse y no cumplirse o es la irreverencia ante la ley parte de una institucionalidad autoritaria y transgresora que desde arriba hacia abajo no quiere límites ni controles?

¿Es la ambición de riqueza fácil emparentada con la corrupción y despreciativa del esfuerzo y el ahorro un producto de cepa cultural, como lo sugiere el tango? (“Es lo mismo el que trabaja

noche y día como un buey/que el que vive de los otros/que el que mata, que el que cura/o está fuera de la ley”). ¿O son también las instituciones las responsables de la permisividad cómplice del saqueo del Estado? La “viveza criolla” y el poder como impunidad se entremezclan, con una “deriva” institucional de largo arraigo.

La mutua influencia de los valores y las instituciones es innegable; lo discutible es el rol y el predominio que tienen en un proceso de cambio.

La tesis de Acemoglu y Robinson en su libro ¿Por qué fracasan los países? es que las instituciones son las responsables de ese fracaso: “Ni las teorías basadas en la geografía, ni en la cultura ni en la ignorancia ayudan a explicar la situación en la que estamos inmersos”. Un alambrado separa la ciudad de Nogales, en Arizona, de la ciudad de Sonora, en México. La base cultural de los habitantes de ambas ciudades es la misma. Comparten valores y lazos familiares, pero la frontera los ha sometido a distintos arreglos institucionales con indicadores de desarrollo económico y social muy diferentes. Del mismo modo, las dos Coreas fueron sometidas a arreglos institucionales distintos cuando la guerra las dividió. Corea del Norte, la más industrializada cuando se produjo la partición, hoy es uno de los países más pobres del mundo, sometido a la dictadura de Kim Jong-il. Corea del Sur, en cambio, devino una potencia próspera con uno de los ingresos per cápita más altos de la región. Si las instituciones prevalecen y modelan valores, los cambios se pueden medir en años (o períodos de gestión); por el contrario, si lidiamos con transformaciones culturales, los cambios se miden en generaciones.

Asumiendo el desafío institucional, la administración de Cambiemos debe aspirar, como mínimo, a dos períodos de gestión para empezar a consolidar los fundamentos de un proyecto alternativo al populismo. Con su ideología cortoplacista y exculpatoria (amigo-enemigo), el populismo, sin embargo, ofrece certidumbre presente. La inmediatez del plan asistencial frente a la mediatez del puesto de trabajo; el puesto público hoy frente al empleo privado mañana; consumo presente a costa del consumo diferido; reactivación ahora en lugar de desarrollo para después. Como esas políticas no son sustentables en el tiempo, el arreglo institucional populista intenta avanzar sobre los mecanismos de control, equilibrio y contrapesos para perpetuarse en el poder. Así, sustituye la incertidumbre futura por la certidumbre de la continuidad del líder. Un eterno presente (en versión posmoderna).

La alternativa al populismo debe construir certidumbre futura sin dejar de ocuparse de las urgencias presentes. Éste es el reto institucional.

Hoy los argentinos asumimos que la democracia está para quedarse; el cambio institucional debe devolvernos la certeza de que los mecanismos de la república están para cumplirse. Nadie sospecha, ni los críticos más duros, que el presidente Macri esconda pretensiones de perpetuarse en el poder. Se atendrá a los plazos y límites establecidos en la Constitución. Ésta es una poderosa señal institucional diferenciadora de la deriva populista.

Hay una reforma política, una judicial y una del Estado en curso. Se está profesionalizando y devolviendo autonomía a los organismos de regulación y control. La provincia de Buenos Aires sancionó una ley para limitar las reelecciones en las intendencias. Ejemplo a seguir en otras jurisdicciones y organizaciones, como las gremiales. El respeto a los mecanismos de elección y recambio, la transparencia electoral y la previsibilidad que dan los límites a los mandatos afianzan la alternancia y despersonalizan el poder.

Afianzada la certidumbre futura con la institucionalidad republicana, queda por restablecer la capacidad de transacción institucional entre las urgencias del presente (pobreza, desempleo, inseguridad, inflación, droga) y las demandas del futuro (desarrollo inclusivo, desarrollo regional, nuevos empleos, calidad de los bienes y servicios públicos, innovación, productividad, sustentabilidad ambiental).

Los primeros brotes verdes empezarán a verse cuando el cortoplacismo dominante ceda lugar a políticas y planes de largo plazo. Si es posible, a grandes consensos que forjen políticas de Estado. Entonces, además de reconciliarnos con el futuro, empezaremos a transformar la herencia cultural de la saga populista.

Doctor en Economía y en Derecho

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