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Francisco Saraceno: "Para ser partero tuve que desafiar prejuicios y legislaciones obsoletas"

Francisco evita referirse a partos “respetados” o “humanizados” para no polarizar el respeto y lo humano hacia un lado u otro
Francisco evita referirse a partos “respetados” o “humanizados” para no polarizar el respeto y lo humano hacia un lado u otro Crédito: Florencia Cosin
Atiende partos y concientiza activamente sobre gestación, nacimiento y crianza, gracias a que desafió leyes vigentes que le impedían ejercer su vocación
Cecilia Alemano
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30 de octubre de 2016  • 00:00

En esta casa de Floresta, hacia donde mires hay fotos, dibujos y esculturas de mujeres embarazadas. Y sobre una repisa, un antiguo cartel de chapa. “Partera”, dice. ¿Es que acaso ahí vive alguna? No, pero sí está Francisco Saraceno, de 34 años, el primer egresado varón de la carrera de Obstetricia en la UBA en un país donde los parteros (así, con “o”) se cuentan con los dedos de las manos.

La concepción, la gestación y el alumbramiento lo deslumbraron –valga el juego de palabras– desde que era un nene: “Faaa, de una persona sale otra”. Y con tan solo nueve años escribió un cuento en el que asistía a su madre en el nacimiento de su hermano y flasheaba con las historias de la mamá partera de uno de sus mejores amigos.

La idea de estar al servicio de un momento tan radical lo atravesó enseguida. Pero en ese entonces la ley prohibía a los hombres ser parteros. A él, eso no lo desanimaba. Tampoco el hecho de que, cada vez que iba a averiguar cómo inscribirse, se le rieran en la cara. Persistió. Se anotó en cuanta formación pudo. A donde fuera, pedía estar en contacto con parteras. Él se sentía ya uno. Y recién en 2002 –cuando se modificó la ley–, entraron él y otro hombre a la carrera. No fue fácil. Hubo encontronazos con profesores; incluso alguno que llegó a decirle que jamás iba a aprobar su materia ni, por ende, graduarse.

El recorrido fue sin pausa. Se formó en Buenos Aires, Tucumán, Colombia y Holanda. Trabajó en hospitales, clínicas, casas particulares. Dio clases y charlas en universidades; abrió su propia casa a personas que no tenían dónde parir; inauguró un espacio en San Telmo para que distintas mujeres pudieran dar a luz ahí; asistió a mujeres en la villa 1.11.14 y en Nordelta; a madres adolescentes, a chicas abusadas..., a mujeres cuyos hijos no iban a sobrevivir. Y ya lleva acompañados más de dos mil partos. ¿Y de dónde vendrá tanto desenfreno maternal? De una vida pasada –aventura él– o de esa madre que lo apoyó siempre, que lo crió de una manera sensible, con un lado femenino a flor de piel, con la premisa de siempre entender, acompañar y jamás juzgar. No siente que el hecho de ser hombre haya influido en nada: “En los relatos de los nacimientos que asistí no aparezco. Soy solo una presencia sutil que genera un entorno amoroso; un guardián atento y respetuoso de ese momento sagrado”.

El más cotidiano de los milagros

Ya a los 18 años, Francisco quería tener un hijo. Y desde entonces tuvo algunas parejas, pero no se le daba el ser padre. Hasta que se encontró con Violeta: “Los dos chorreábamos maternidad”, relata. La madrugada del 26 de octubre de 2013, el partero tuvo la chance de ayudar a traer al mundo a su propia hija. Fue en la bañadera: Violeta en cuatro patas, él sosteniéndola. En el medio de la intensidad, Francisco sentía cómo lo inundaba la felicidad cuando los ojos abiertos de su hija lo miraban. Se quedaron ahí los tres hasta que llegaron las parteras, que los mimaron durante todo ese día. “El nacimiento es una fiesta que hay que compartir”, asegura Francisco. ¿Y después? Se quedó seis meses, sin moverse de casa, alucinando con el minuto a minuto de su hija. “No me daba la cabeza para volver al ruedo. ¡Estaba recontra puérpero!”, ríe.

Compatibilizar su profesión con el resto de la vida no es sencillo. “Ser partero es una forma de vivir, estás pendiente del celular las 24 horas del día. Pero es lo que siento, y lo que me hace feliz. Hubo seis navidades seguidas que no pasé en familia, sino con embarazadas. No hay feriados, ni sábados ni domingos. Si mi hija está enferma, yo me tengo que ir igual”.

Al hablar, Francisco no puede evitar la emoción, porque sabe que detrás de cada embarazada hay una historia, una familia, una dinámica de hogar, una situación social. Y él les da el espacio para que lo vivan a su manera: “No sirve imponer, juzgar o interferir. Si yo me impongo, la mujer desaparece. Y no es la idea”. Él cree que cada nacimiento es milagroso y cotidiano a la vez. Por un lado, la magia de lo que no estaba y ahora está; por el otro, ese ser que llega y se inserta con total naturalidad en nuestra vida. •

Por qué es mejor hablar de parto fisiológico

Francisco evita referirse a partos “respetados” o “humanizados” para no polarizar el respeto y lo humano hacia un lado u otro. Él prefiere pensarlo desde la paciencia que acompaña los procesos fisiológicos de la mujer: “Una mujer puede sanar con una nueva experiencia, pero ese bebé no vuelve a nacer”.

Más info: www.lascasildas.com.ar.

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