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Halloween, la fiesta que pone a cada uno en su lugar

En una ciudad del sur de Estados Unidos, la Noche de Brujas revela las asimetrías sociales y culturales que subyacen a los ritos de consumo
Marcelo Pisarro
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30 de octubre de 2016  

Ilustración: Alejandro Agdamus
Ilustración: Alejandro Agdamus

COLUMBIA.- En el centro de la narración hay una nenita negra que extiende una bolsa de plástico de Walmart. No olvides a esta niña. Representa uno de los ejes de los incontables conflictos, tensiones y desigualdades en el acceso a los bienes simbólicos y materiales que conforman la festividad de Halloween. La nena acaba de tocar el timbre y está de pie frente a la puerta de la casa, en el cruce de Amherst Ave. y Blossom St., en Shandon, un barrio centenario de clase media alta mayoritariamente blanco de la ciudad de Columbia, la capital de South Carolina, en el sur profundo de Estados Unidos. Tampoco te olvides de las coordenadas geográficas.

Ahora pensá en la noche de Halloween. Hay un suspenso eléctrico en el aire, el tiempo es espeso y está cargado de adivinaciones, que es como Beatriz Sarlo describió la semana que transcurre entre Navidad y Año Nuevo. Las calabazas iluminadas con velas en los porches de las casas, los niños disfrazados que piden dulces puerta por puerta, las fiestas universitarias desquiciadas, los clásicos de George Romero y Wes Craven en la función de trasnoche del autocine local.

Cualquier narración de Halloween en una ciudad estadounidense de provincia es incapaz de esquivar cierto pintoresquismo de tarjeta postal. Pero también es un recordatorio que compete más a la sociología que al suplemento de viajes del diario del domingo: Halloween no es una celebración homogénea y uniforme, un paquete de significación compacto y sin fisuras. Es una festividad en permanente negociación, impugnación y debate. Habita una zona de contacto, en el sentido que Mary Louise Pratt le asigna al concepto: "Espacios sociales donde culturas dispares se encuentran, chocan y se enfrentan, a menudo dentro de relaciones altamente asimétricas de dominación y subordinación".

Al igual que no es lo mismo el carnaval en el barrio porteño de Boedo que en la localidad jujeña de Yavi, tampoco Halloween es igual en un pueblito de Nebraska que en la Quinta Avenida de Manhattan. Se ponen en juego diferentes patrones de legitimidad, se entrelazan distintas tradiciones y lenguajes, se vislumbran con mayor o menor brusquedad las estructuras de inequidad social, económica, racial y étnica de todo rito periódico de consumo.

Porque Halloween es una celebración acerca de la posibilidad de consumir. Es divertido, excitante, un collage de iconografías de infinidad de películas, series y noveluchas baratas de terror: el folklore del capitalismo industrial del siglo XX, baratijas de mercado que, convertidas en amuletos, naturalizan los horrores modernos. También, como toda fiesta, según escribió Henri Lefebvre al referirse a la Comuna de París de 1871, es cruel, desenfrenada y violenta. No tener el dinero para acceder a todos los objetos que el mercado ofrece, ocupar una posición subalterna en los rituales de consumo: ser una nena negra pobre que extiende una bolsa de Walmart en un barrio blanco, burgués y acomodado para recibir un par de caramelos. Halloween es genial, siempre que mantengas la vista en la tarjeta postal.

Fantasmas locales

Nada parece ajeno al acontecimiento. Las galerías de arte y los museos dedican exhibiciones a Halloween; también los teatros, los cines y el zoológico (el reconocido " Boo at the Zoo"). En las bibliotecas se organizan lecturas para niños y adultos; nunca faltan Poe, Lovecraft ni Shelley, pero incluso puede oírse a Robert Aickman y Tod Robbins. Las calabazas habilitan toda clase de talleres y cursos: decoración, cocina, horticultura, naturismo, aromaterapia. En la fuente de Five Points, el distrito de bares y boliches, colocan un altar del Día de los Muertos que reconoce la tradición mexicana; también sirve como un mecanismo de legitimidad histórica, una manera de darle más "profundidad" a la ingesta de alcohol. Este año alguien escribió dos palabras sobre uno de los letreros explicativos: Fuck Trump.

En el sur son corrientes las visitas nocturnas por cementerios, cárceles y hospitales abandonados, por sitios vinculados con la Guerra Civil, episodio pródigo en la producción de fantasmas locales; en octubre la oferta de estos tours se multiplica, sobre todo en la ciudad costera de Charleston. Para las casas y granjas embrujadas hay que reservar entradas con meses de anticipación, y una vez allí aguardar varias horas en la fila. Ni hablar de los campos de maíz. Vale la pena. No todas las noches te acecha un espantapájaros diabólico en plantaciones de mazorcas al estilo de Jeepers Creepers.

También hay parques con atracciones que podrían fundar una categoría de retromanía campesina digna de Simon Reynolds: desde un maltrecho trencito fantasma hasta el bobbing for apples (¡anímate, muchacho, sumerge la cabeza en la gran palangana de latón y atrapa una manzana con la boca!). Entretanto, en Five Points, no faltan reproches por los disfraces "demasiado sexualizados" de las jóvenes: no celebran Halloween (Noche de Brujas), dicen, sino Whoreween (Noche de Putas). Lindo, sí.

La elección de disfraces es problemática. Se insiste en evitar estereotipos raciales y étnicos, en no ofender a nadie por sus creencias religiosas ni sus posiciones políticas. Así que no podés andar como indio ni como cowboy; si sos blanco, ni se te ocurra vestirte de persona negra; si sos negro, no pienses en disfrazarte de tipo blanco; y que nadie vaya a ponerse un traje de mariachi, geisha, odalisca, esquimal, hawaiana, gaucho. No uses turbantes. Ni pasamontañas. Ni nada "demasiado sexualizado". Y este año, dado el alboroto por los "avistamientos de payasos" (que empezaron en un complejo habitacional de Greenville, acá en South Carolina, y se expandieron por todo el país), las autoridades pidieron que no haya disfraces de bufones.

Las universidades son propensas a enfatizar estas regulaciones. "Somos una cultura, no un disfraz", decía el eslogan de una campaña de 2013 de un grupo de estudiantes de la Universidad de Ohio. El año pasado dos docentes de la Universidad de Yale se atrevieron a discordar con estos reglamentos; se preguntaron si hacer listas de disfraces prohibidos y permitidos no acababa en un control total de la vida de los jóvenes. Curiosamente, los estudiantes se mostraron ofendidos; insultaron a los docentes y reclamaron su renuncia. No pedían más libertad, sino más vigilancia.

Por lo demás, de vuelta en Columbia, ir al supermercado a comprar un cartón de leche significa regresar con al menos un esqueleto fluorescente, tres cervezas de calabaza, un DVD con los grandes éxitos de Dario Argento y un Pumpkin Spice Frappuccino de Starbucks. La maquinaria monstruosa de Halloween funciona. Es imposible no participar, pues incluso la elección de mantenerse al margen es una forma de participación.

Famously hot

Columbia posee el esplendor discreto y rural de las buenas ciudades sureñas. En el barrio de Shandon casi todas las casas fueron construidas o remodeladas durante las primeras décadas del siglo XX. Predomina la madera y el ladrillo a la vista; en los porches hay hamacas y sillones; las ventanas no tienen rejas y por las noches las puertas sólo se cierran con un pestillo. Los jardines son enormes y los patios traseros están apenas demarcados por cercas o por arbustos; la vegetación es densa, las ardillas suben y bajan de los árboles, en cualquier fondo puede esconderse un bosquecito.

En octubre los pórticos se atestan de calabazas. También de murciélagos de goma, brujas de paja, figuras a escala humana de zombies que salen de sus tumbas, telas de araña que cubren los árboles y los frentes. Algunos buscan un efecto infantil; otros pretenden inquietar a los transeúntes (cintas policiales, manchas de sangre). Uno de los lemas de Columbia es " Famously hot", famosamente calurosa, así que las calabazas comienzan a descomponerse casi de inmediato. El aire se vuelve dulzón, las hojas secas del otoño realzan sus tonos dorados por las luces naranjas de la decoración. Shandon es uno de los polos de atracción de la noche de Halloween, al menos porque los vecinos todavía se molestan en comprar golosinas para desconocidos. Entonces personas que habitualmente están separadas por la clase, el dinero o el color, por ese signo de estatus que es el código postal del barrio, confluyen en una zona de contacto en la que las relaciones altamente asimétricas de dominación y subordinación no se disuelven, sino que se afianzan.

Ya es tarde en Shandon. Hora de ir a Five Points, a una fiesta universitaria, al cine, a jugar al Scrabble con gente maquillada como Kiss. La nena de color no tiene más de nueve o diez años. Es la última en golpear la puerta. No tiene un disfraz de 30, 50 o 100 dólares comprado en Spirit Halloween como otros niños que llegaron pidiendo dulces; no carga una bolsita de 15 dólares de Frozen para recogerlos; no dice ninguna frase ingeniosa. Lleva ropa de todos los días y extiende una bolsa de plástico de Walmart en silencio. Unos pasos más atrás está una mujer joven que parece ser la madre. Viste un uniforme de Pizza Hut. Se disculpa por la hora, explica que recién salió del trabajo y vinieron caminando de lejos. No hay nada lúdico en la interacción de obsequiarle golosinas; cualquier pantomima de simetría está quebrada y esparcida por el suelo. Aunque abrir la bolsa de plástico del supermercado es una forma de participar en la celebración del consumo, también es un mecanismo para que las buenas intenciones del barrio blanco, acomodado y burgués coloquen a cada uno en su sitio.

Halloween es genial, de veras, pero también existen nenas de barrios marginados que piden caramelos con bolsas de Walmart y, en nombre del respeto y la diversidad, se controla que las jóvenes no se vistan como prostitutas. Más allá, los pumpkin smashers, quienes participan de la celebración reventando a palazos las calabazas de los pórticos de las casas, ya alistan sus bates de béisbol. También ellos podrían ocupar el centro de la narración.

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