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Día de los Muertos: cómo cambiaron las costumbres y los rituales funerarios en Buenos Aires, según los años

Cientos de porteños participan de un responso en el Cementerio de la Recoleta
Cientos de porteños participan de un responso en el Cementerio de la Recoleta Crédito: Hernán Vizzari
Hernán Vizzari, experto en la materia, advierte en una entrevista con LA NACION que "raramente se ve hoy un luto riguroso" en entierros y despedidas, aunque persiste en los porteños esa dualidad entre el morbo y el tabú en torno a la muerte
Valeria Vera
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2 de noviembre de 2016  • 10:10

La majestuosidad, el vestuario, las flores, la música y el desfile de un centenar de personas con rumbo fijo, varios de los signos que coronaban a los funerales de antaño en Buenos Aires, integran parte de un registro y de una historia que hoy el grueso de los porteños no comprendería del todo y hasta confundiría con situaciones o celebraciones de otra naturaleza.

Las postales en torno a ritos y costumbres funerarios del pasado, que tenían un amplio despliegue en las calles de la ciudad, remiten a tiempos lejanos y difíciles de replicar en los entierros y las despedidas que impulsan los deudos en la actualidad. “Raramente se observa un luto riguroso”, confirma en ese sentido a LA NACION Hernán Vizzari, uno de los investigadores que más sabe sobre tumbas, urnas y coronas.

En Buenos Aires, raramente, se observa hoy un luto riguroso

A propósito del Día de los Difuntos, que se conmemora el 2 de noviembre en la Argentina y otros países de la región, Vizzari, fundador del único museo funerario virtual y del sitio sobre el Cementerio de la Chacarita, describe, aunque resulte paradójico, la vida en los cementerios y el "nuevo público" que se suele encontrar, así como también la transición entre las costumbres que se dejaron de lado y las que se incorporaron en los últimos años, a partir de los avances de la ciencia para tratar a los cuerpos.

Además, en esta entrevista, explica por qué ya no es necesario vestirse de negro para expresar el duelo, y expone esa dualidad permanente entre el morbo y el tabú que implica hablar de la muerte, que evidencia el propio porteño.

Un grupo de mujeres acompaña a una viuda en el Cementerio de la Recoleta, en 1906
Un grupo de mujeres acompaña a una viuda en el Cementerio de la Recoleta, en 1906 Crédito: Hernán Vizzari

- ¿Quiénes suelen ir hoy a los cementerios?

- Los que conmemoran el Día de la Madre, del Padre y, en menor porcentaje, el Día de los difuntos y las fiestas de fin de año. Influye, sin dudas, la imagen o vista depresiva que brinda un cementerio, más si no tiene un gran mantenimiento. Hace varios años que los recursos monetarios se destinan hacia otros ámbitos, y por eso estos lugares terminan siendo meros “depósitos de cadáveres”, con instalaciones sin refacción. Ya bastante dolor tiene el deudo como para ir a un cementerio donde acentuar su dolencia. El problema de la seguridad, también, es un punto importante que aleja a las personas: los robos afectan tanto a los vivos como a los muertos. Y nunca faltan las cuestiones de dinero, que condicionan la decisión de mantener o no una sepultura, y por ende visitas regulares a estos establecimientos.

Por falta de dinero y mantenimiento, los cementerios terminan siendo meros depósitos de cadáveres

- ¿Cuáles son los efectos colaterales que trajo este panorama?

- Lo interesante de todo esto es poder apreciar que si bien en Buenos Aires y en algunas capitales del país las costumbres funerarias desaparecieron gradualmente, en el norte argentino ocurre lo contrario. Todavía se mantienen costumbres muy similares, a tono con lo que sucede en el resto de América latina. Una antigua creencia mexicana señala que cuando muere una persona, su espíritu sigue viviendo en el inframundo, lugar en el que residen las almas de quienes han dejado la vida en esta tierra. Un día al año retornan a sus antiguos hogares para visitar a sus parientes y seres queridos. Al “visitante” hay que deleitarlo y dejarlo satisfecho con aquello que “en vida” fue de su mayor agrado, en especial la comida. Esta “comida ritual” se realiza en la casa y en el cementerio, lugares donde los vivos y muertos se hacen compañía. Cada pueblo y región posee ciertas diferencias a la hora de conmemorar el “Día de los muertos o de las almas”, pero todos lo hacen con la misma finalidad: honrar a los seres queridos que han fallecido.

- ¿En qué medida influye la locación de los cementerios en el trazado de las ciudades y sus costumbres?

- Por lo general, los cementerios se encontraban a la entrada, al final de los pueblos o bien alejados de éstos últimos. A medida que los pueblos crecieron, quedaron dentro de las ciudades, como pasó en Buenos Aires con el de la Chacarita y el de Flores, no tanto con el de Recoleta, que estaba en una zona cercana al casco histórico porteño. En la Chacarita, por ejemplo, los responsables de la necrópolis eran un administrador y su mano derecha, que vivían dentro del predio. Sus casas estaban pegadas a la derecha y a la izquierda del peristilo, o ingreso principal. Los seguían, los oficiales de segunda y primera, el capellán y el encargado del horno crematorio. Después estaban los capataces y la tropa de peones. Entrando por el portón principal, a la izquierda, se encontraba la capilla. Las carrozas fúnebres frenaban su marcha en el interior del cementerio, transportaban a pulso el ataúd hasta la capilla, se pronunciaba un responso y se retiraban nuevamente hacia a la carroza, que los llevaría al destino final del servicio, la sepultura.

Parte de un cortejo fúnebre camino al Cementerio de Chacarita, en 1930
Parte de un cortejo fúnebre camino al Cementerio de Chacarita, en 1930 Crédito: Hernán Vizzari

La venta de flores era un gran negocio en esos días y parte de la ofrenda era llevar desde un ramito de flores hasta un soberbio arreglo floral, todo era válido. Entre esos vendedores, a veces, había oportunistas, quienes asaltaban a las personas que descendían de los tranvías o carruajes con el ardid de ofrecerles su mercadería

DE RITOS Y RITUALES: EL LUTO, A TRAVES DE LOS AÑOS

Las postales que brindan actualmente los cementerios, según el registro que lleva adelante Vizzari en sus investigaciones, da cuenta no sólo de una merma en la cantidad de personas que visitan y recorren estos lugares, sino además de un cambio profundo en los rituales que simbolizan la despedida.

- ¿Cómo se despedían antes a los difuntos?

- Nuestras costumbres funerarias tenían sus raíces europeas. La moda del luto en sus distintos aspectos, desde los vestidos y accesorios, hasta los carruajes, tuvo un auge cultural muy importante. Otra costumbre bastante particular era la fotografía fúnebre, un servicio que no prestaban las funerarias, sino que se contrataba de manera individual. Al velatorio iba un fotógrafo, que tomaba imágenes de determinados momentos: el velorio en sí, el carruaje que transportaba el ataúd, y ya en el cementerio (la salida de la capilla ardiente con el féretro transportado a pulso por sus familiares y amigos, y la sepultura). En algunos casos, existía la fotografía del cuerpo en el lecho de muerte o post mortem, donde el profesional debía tener cierto grado de “artista” para retratar al finado de la mejor manera o lo más “vivo” posible. Hacía su negocio al margen de la funeraria y los deudos le compraban las fotos que más les interesaban.

En la actualidad, los velorios se dan en pocas ocasiones; directamente, se realiza el responso y de allí, al crematorio

- Dentro de las costumbres más llamativas, ¿qué otras podrías recordar?

- Haciendo a un lado a las empresas de pompas fúnebres, nos encontrábamos con aquellos que se ganaban el pan de entre los muertos o de los vivos que se acordaban de ellos: sepultureros, floristas, marmolistas y lapidarios, pintores de epitafios, constructores de nichos y jardineros, por mencionar algunos. Además, existían en las funerarias catálogos donde se exponían distintas clases de sepulturas, modelos de urnas de mármol y otras de roble, bóvedas con variada ornamentación funeraria y accesorios para las mismas, dentro de los cuales se ofrecían todo tipo de candelabros, placas recordatorias, floreros, jardineras y la posibilidad de colocar un reloj que indicara la hora y fecha exacta de la muerte, bajo el curioso título de “la hora fatal”. Hoy los velatorios ocurren en pocas ocasiones, y directamente se realiza el responso en el cementerio y de allí, al crematorio, una práctica que en realidad tiene miles de años en distintas culturas y civilizaciones.

-Otro punto para destacar es la vestimenta del difunto y de los deudos. ¿Perdió su lugar el color negro?

- Antiguamente, los hombres se vestían con trajes y las mujeres, con vestidos, y el muerto llevaba ropa y zapatos nuevos que se le compraban para la ocasión. Ahora, estas prácticas suelen verse en pocas localidades argentinas, aunque siguen siendo fuertes en otros países de la región. El común denominador en la vestimenta del finado es una mortaja que cubre el cuerpo en su totalidad. El luto como uniforme se utiliza en las casas funerarias y en los servicios. Por el contrario, en los familiares del fallecido, raramente, se observa un luto riguroso. No se visten de negro, sino prolijos y con colores adecuados al momento. Sucede que actualmente vestir de negro no remite a ninguna interpretación en particular. Es un color normal, aceptado, hasta formal en muchos ámbitos, y que no se asocia necesariamente al rito fúnebre. Sin embargo, durante muchos períodos históricos vestirse de luto fue una manera de expresar el dolor por la pérdida de un ser querido, y mostrarle a los demás el estado en que se encontraba el deudo, tal vez más como un detalle social que otra cosa.

Otro funeral en el Cementerio de la Recoleta, en 1903
Otro funeral en el Cementerio de la Recoleta, en 1903 Crédito: Hernán Vizzari

En los registros fotográficos se ve una presencia multitudinaria en la Chacarita y Recoleta hasta los años cincuenta. Era normal que la Policía esperaba a los delincuentes el Día de los Difuntos para atraparlos con una flor para su madre. Luego, el público empezó a mermar. La decadencia se acentúa todavía en los sesenta.

TABUES QUE PERSISTEN Y... ¿MODAS PASAJERAS?

La muerte, sus misterios y ritos llevan al porteño a vivir en una dualidad permanente, que se debate entre el morbo y el tabú todavía asociado a ella. En paralelo, asoman nuevas técnicas para tratar las cenizas mortuorias (cuya esparcimiento fue prohibido recientemente por el Vaticano), a partir de los avances de la ciencia y las inquietudes de los deudos para recordar a la persona que abandona la vida terrenal.

- ¿De qué manera se advierte este fenómeno?

- Existe una necromanía histórica acentuada, que pasa desde repatriciones de cadáveres con fines políticos, misteriosas profanaciones de tumbas y quedarse con souvenirs mortuorios (como los dientes del General Manuel Belgrano, allá por 1902) y la concurrencia masiva a ciertos funerales, hasta el culto de devoción popular a los muertos dándoles tintes milagrosos. Sin embargo, al mismo tiempo, hablar de la muerte se transformó en un tabú. Es curioso, porque hace unos cien años atrás hablar de ella era tan común que el porteño iba a comprar a trajes y vestidos de luto. La industria de la muerte tenía una importancia social muy destacada. Hoy, todo eso se perdió y nunca falta los que ven una carroza fúnebre y le hacen cuernos.

- Sin embargo, los avances de la ciencia introducen técnicas novedosas y modernas en el cuidado de los cuerpos. ¿Cuáles son las que imperan en este momento?

- Se está incursionando en formas de cremación más adaptadas al cuidado del medio ambiente, como la hidrólisis alcalina, que consiste en introducir los restos mortales en un cilindro de acero a presión, que vierte una mezcla de hidróxido de potasio y agua a 170 grados centígrados. También se afianza el llamado “diamante de los caídos”, una innovación espectacular que permite a los familiares del difunto poseer -después de un proceso especial- las cenizas mortuorias de un ser querido en un verdadero diamante.

Gazebo del Día de los Difuntos, en 1905
Gazebo del Día de los Difuntos, en 1905 Crédito: Hernán Vizzari

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