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Julio Bocca: al otro lado del río, un remanso donde afrontar el vértigo de otro ciclo artístico

Antes de la presentación del Ballet Nacional del Sodre, en el Coliseo, el ex bailarín habla de los desafíos que asume en la búsqueda de excelencia con una compañía que ya logró un gran reconocimiento
Alejandro Cruz
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4 de noviembre de 2016  

Julio Bocca, al otro lado del río
Julio Bocca, al otro lado del río Crédito: Soledad Aznarez

MONTEVIDEO.- La rutina de Julio Bocca en este paisito parece ser simple. En general, a eso de las 8 de la mañana llega al enorme edificio del Auditorio Adela Rota, ubicado en pleno centro. Le gusta entrar a esta gran sala inaugurada en 2009 cuando está vacía, silenciosa. A veces va a un gimnasio que funciona aquí mismo para hacer algunos ejercicios antes de entrar a su despacho de director artístico del Ballet Nacional del Sodre. Ahí mismo, en la pared que está detrás de él, hay un gran mapa donde se van marcando los lugares en los que ya se presentó la compañía. El TEG de Bocca, su plan táctico y estratégico, impresiona por la proyección internacional alcanzada en estos seis años de gestión a cargo de una compañía -y un teatro- que no estaba pasando por su mejor momento.

Como parte de esa rutina diaria, luego vendrán reuniones, notas periodísticas (como ésta, realizada antes de la presentación del ballet en Buenos Aires como parte del ciclo de Nuova Harmonia), clases, decisiones administrativas, la necesidad de estar en cada detalle. A las 9 llegan los bailarines de la compañía estatal. Hay locales, pero también otros provenientes de Japón y Australia. Están hasta las 13. A partir de entonces, como suele ocurrir en algunas ciudades, vendrá el tiempo de la siesta o alguna forma del descanso que se extiende hasta las 17. Entonces, clases de nuevo, calentamiento y función. Siempre que la compañía no esté de gira.

En la vida del gran bailarín hubo otras fotos -varias- con Nueva York como telón de fondo. En ese tiempo formaba parte del American Ballet Theater (ABT). Ahora, las imágenes son de acá: Montevideo. "Son paisajes muy diferentes y cada paisaje creo que tiene que ver con la edad", reconoce. En este paisaje con vista al río encontró a su pareja, su casa cerca del Golf y una tranquilidad muy por fuera del tiempo porteño, del que tomó distancia. Del tiempo, de su gente y de la exposición. De hecho, ya sabe cuál es la puerta de salida más escondida del Teatro Coliseo para cuando se hagan las funciones el 25 y 26 de este mes. "Acá la gente puede reconocerme, claro; pero me saluda a lo lejos", apunta quien, al parecer, también decidió escaparse de los lugares en los que lo público y lo privado no tienen límites precisos.

Julio Bocca
Julio Bocca Crédito: Soledad Aznarez

De la compañía sí hay números exactos. Está compuesta por unos 70 bailarines, varios de los cuales están ahora en una de las dos salas de ensayo tomando clases en un juego de polainas, movimientos rigurosos y remeras de todos los colores, mientras el pianista toca "Penny Lane". Alrededor de la mitad son uruguayos. "Me gustaría que fueran más, pero a diferencia de la Argentina o de Brasil, en Uruguay somos pocos y no es tan fácil.", admite.

Para buscar nuevos talentos, le gusta moverse, buscar. "El otro día vi a un chico de unos 14 años que tiene un enorme talento. Les dije a los maestros que hay que darle clases a la mañana, a la tarde, a la noche.", se entusiasma. El chico no sabe que Julio Bocca reparó en él. Tampoco lo supo el propio Bocca cuando a su madre alguien le dijo que en ese pibe de 7 años había algo especial. Él lo único que quería era bailar donde fuera y como fuese. Pero aquel comentario fue importante: determinó su llegada la escuela del Colón.

A los 15 años, otros ojos curtidos repararon en sus potencialidades. "Yo mucha atención no les prestaba a esas cosas, tenía tanta energía que me la pasaba bailando todo el día. Estaba en otra", cuenta ahora. Se quería llevar el mundo por delante y, en cierta forma, lo hizo: es Julio Bocca. La mirada de un otro señalando una ruta posible a veces llega en momentos que parecen ya tardíos para el rígido sistema de la danza clásica. Al santafecino Lucas Erni fue la bailarina Raquel Rossetti quien le aconsejó dejar el fútbol y el folklore para meterse de lleno en la formación clásica. Eso fue cuando Lucas ya era "viejo" para esto: tenía 14 años. A los 15, ingresó en el Colón. Actualmente es solista del BNS. Será Basilio en el Don Quijote que se verá en el Coliseo.

Aquellas imágenes de los inicios de Julio Bocca tenían que ver con alguien en estado de formación. Las actuales son las de un tipo maduro. Que intenta, desde su compañía, llegar a los más jóvenes. Para eso tiene, por lo menos, una estrategia. "Trato de que las obras no superen la hora y media de duración. Acá vienen desde chicos de la escuela hasta personas de 80 años, y te das cuenta de que los jóvenes están todo el tiempo pendientes de los celulares. Por eso trato de hacer obras que los impacten, que los tengan agarrados. No siempre se pueden hacer, pero lo intentamos. Queremos generar espectáculos que los atrapen", afirma quien reconoce que no tiene tantos vínculos con las expresiones coreográficas más contemporáneas y experimentales. "La verdad es que siempre termino acá, en el teatro", confiesa, como afirmando su propia rutina de tiempos tranquilos y puertas adentro.

Las formas de lo estable

Rutina diaria: tomar clases y andar a los saltos
Rutina diaria: tomar clases y andar a los saltos Crédito: Soledad Aznarez

Los bailarines, como el resto del equipo, tienen contratos anuales. Él confía en ese mecanismo: lo impuso, lo defiende y esa defensa le ha costado críticas, huelgas, reclamos, manifestaciones contrarias y hasta señalamientos sobre su manera de actuar en la escena de un teatro público. "Sí, ha sido así. Pero, puertas adentro, todos los maestros que han venido a trabajar acá destacan lo bien organizado que está todo y eso, a mí, me da mucha satisfacción."

El BNS está sostenido por el Estado y aportes privados. En este engranaje, la venta de entradas es fundamental porque permite financiar las nuevas producciones. El modelo parece ser la contracara de otros teatros públicos, como el Teatro Colón, que tiene sus cuerpos estables (expresión un tanto peculiar para denominar a un colectivo de cuerpos en movimiento). "Todo este esquema lo aprendí en los Estados Unidos como bailarín en el American", señala.

A un lado del río o del Atlántico, él dice y repite a quien quiera escucharlo: "Yo quiero que el BNS sea una de las grandes compañías del mundo". Por lo pronto, el búnker donde esta maquinaria despliega sus formas hasta que alcanzan sus posibilidades más depuradas en un escenario luce en perfectas condiciones, tanto el enorme teatro como su impactante sala. El cuidado es tal que hasta las fotos de una clase para esta nota hay que mandárselas a Bocca para que las apruebe. "En las grandes compañías se cuidan estas cosas", dice una colaboradora suya. Y hay cierto orgullo en esa manera de pensarse como se hace en las "grandes compañías" internacionales.

Algunos observadores consideran que, en materia de política cultural pública, la jugada de mayor visibilidad en estos años de sucesivos gobiernos del Frente Amplio fue haber puesto a Julio Bocca al frente de la compañía nacional de ballet. Ahora bien, ¿cómo se explica que un gobierno de izquierda haya apostado por un modelo de gestión norteamericano para una disciplina, como es el ballet clásico, vinculada con cierta elite del siglo pasado? Julio Bocca escucha esta extensa observación y pone cara. "Tampoco lo sé -se ríe-. Fue una movida, una jugada. Hubo que incorporar cosas nuevas, estudiar reglamentos, encontrarles las formas."

Aunque no sea un ballet estable en términos contractuales, de la temporada pasada a la actual cuenta Bocca que más del 90 por ciento de sus miembros renovaron sus contratos. "En general se quedan, eso es bueno porque fortalece al grupo, hay más conocimiento, más madurez en la compañía. Algunos se fueron porque les llegó la edad, pero también hubo quienes tuvieron una oferta para ir a otra compañía", apunta. En las clases que tienen lugar en las dos salas que están ubicadas en el cuarto piso del teatro, la diversidad de gentes que forman parte de esta tribu es una de las marcas: una maestra de baile es suiza; la otra, española; la asistente de Bocca, suiza. Eso sí, en las oficinas de dirección se toma mate o te y sólo un bailarín anda con su termo de mate bajo el brazo.

En la mesa de su despacho, antes de este encuentro, Bocca estaba armando el tetris que implican los reemplazos de Onegin, la obra de John Cranko que acaban de estrenar. A una de las bailarinas de ese título le están preparando la despedida porque deja la compañía. Julio tuvo su adiós triunfal ante 300.000 personas que lo vieron bailar en el Obelisco. Eso fue en 2007. De a poco se fue preparando para el rol que ocupa ahora. Primero, se trasladó a Montevideo. "Cuando me empecé a aburrir de no hacer nada empecé a dar master classes y participé de ciertos jurados, hasta que vino la oferta de dirigir el Ballet", recuerda.

Los vientos cruzados

Uno de los tantos bailarines argentinos que forman parta de la compañía
Uno de los tantos bailarines argentinos que forman parta de la compañía Crédito: Soledad Aznarez

Eso fue en 2010. Su llegada levantó tanto viento como el que ahora pega en la rambla. Hay otra foto: cuando, en junio de este año anunció su "hasta luego" del Sodre y, al mes, su retorno. Eso fue otra tormenta de aquéllas y despertó reflexiones de todo tipo, en las que se cruzaron fuerzas que excedían el campo del ballet. Un extenso artículo de la crítica de danza Lucía Naser publicado en La Diaria decía esto: "La recepción del hecho [de su alejamiento] es dramática y se asocia a la percepción de que la culpa es de la burocratización cultural uruguaya, de la ineficiencia del empleado público, de la indisciplina del vago artista uruguayo. La situación levanta tremendo centro para discutir y sería una pena que desperdiciáramos la oportunidad".

De aquella experiencia él aprendió, ya lo había reconocido en otro encuentro, el haber centrado su gestión en su persona. Por eso, nombró a una codirectora.

En cosa de horas partirá para la gira por América Central. Luego, vendrán las dos funciones en el Teatro Coliseo. El año viejo llegará en España con funciones en Barcelona y Madrid, y allí mismo hará una segunda audición. En el Colón ya se presentaron hace unos años. "Esa vez sentí una presión especial, como que estaba dando una prueba en mi ciudad. La segunda, cuando nos presentamos al aire libre en el marco de La Noche de los Museos, fue mucho más relajada. Ahí lo disfruté", se sincera.

Para el próximo año, tenía pautado con el Colón presentar un espectáculo. En mayo. Pero no. Hace dos semanas, cuenta, recibió un correo electrónico del Colón con el que se sugirió cancelar ese compromiso: pareció que era muy poco el tiempo entre su próxima visita al Coliseo de Buenos Aires y su vuelta al primer coliseo. "Ahora, estamos buscando otra sala para preservar esa fecha en Buenos Aires", dice, y pone otra de sus caras.

Onegin fue el último estreno del Ballet Nacional del Sodre. No pasó como otras veces, que las entradas volaron. "No estábamos acostumbrado mal, me parece. Creo que se debe a que no se trata de un título tan conocido. Quizá la gente, al no conocer la obra, no se anima. Depende del boca en boca -dice Bocca en lo que parece un chiste-. Pero funcionó porque de ayer a hoy ya se vendieron 400 localidades."

La costumbre a la que hace referencia se explica fácil. A diciembre del año pasado, en esos cinco años y medio de su gestión, el BNS vendió 330.000 entradas, hizo 300 funciones en Uruguay y 50 en el exterior. El año pasado marcó un nuevo récord: Romeo y Julieta superó las 22.000 entradas vendidas. Agotó localidades una semana antes del estreno.

"La repondremos el año próximo para amortizar la inversión", dice el bailarín devenido en gestor que, desde la tranquila Montevideo, su lugar en el mundo, cruzará de nuevo el charco para volver a Buenos Aires, la ciudad desde donde saltó al mundo.

El Sodre y su presentación en el Teatro Coliseo

En 2009 fue la última vez que Julio Bocca se presentó en el ciclo Nuova Harmonia. Aquella vez fue con el Ballet Argentino, la compañía que fundó en 1990. El 25 y 26 de este mes será su segunda presentación en el recuperado Teatro Coliseo. Como director de compañía traerá un programa que pensó como señal de diversidad de estilos y, tal vez, como muestra de las posibilidades artísticas del Ballet Nacional del Sodre.

En medio de las casi permanentes giras por el extranjero, en Buenos Aires ofrecerán un programa compuesto por One and others, creación del argentino Demis Volpi, quien es coreógrafo residente en el Ballet de Stuttgart; un pas de deux de El corsario, con coreografía de Anna-Marie Holmes; Petite Mort, creación del genial coreógrafo Jirí Kylián con música de Mozart, y una suite de Don Quijote, con coreografía de los argentinos Silvia Bazilis y Raúl Candal.

Con la presencia del ballet que dirige Bocca, la Fundación Cultural Coliseum, que gestiona el Teatro Coliseo, celebra los 30 años del ciclo Nuova Harmonia en la misma temporada en la que finalizó la renovación integral de esa hermosa sala que abrió sus puertas en 1920.

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