Elecciones en EE.UU: la rebelión blanca que dejó a Trump en la Casa Blanca

Inés Capdevila
Inés Capdevila LA NACION
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9 de noviembre de 2016  • 12:23

Derrotaron a la prensa, a los mercados, a las elites progresistas, a los sondeos, a la movilización latina, a los ciudadanos del resto del mundo, que si hubiese podido elegir con ellos, lo habrían hecho por la demócrata Hillary Clinton.

Los hombres y las mujeres blancos de clase media y de la clase trabajadora, de absolutamente todas las edades, disgustados con el Estados Unidos de Barack Obama y con el que les ofrecía su delfina, hartos del cambio de fisonomía, de cultura y de economía del país, tuvieron su rebelión. Y ahora será presidida por Donald Trump.

Los blancos son el 69% del padrón, y el 58% votó por Trump, mientras que el 37% lo hizo por Hillary Clinton, según los sondeos de boca de urna. El candidato republicano se llevó sólo el 9% del sufragio afroamericano y el 24% del latino.

De esos blancos, los que más se inclinaron por el millonario fueron aquellos que no tienen educación universitaria, en especial los hombres.

Ellos, que durante tanto tiempo fueron la base electoral del establishment norteamericano, dieron vida y poder ayer al anti establishment, o al menos a un movimiento al que le gusta definirse así porque ya no confía en que Washington lo tiene en cuenta.

Viven en el Estados Unidos profundo, alejados de las costas cosmopolitas aun cuando geográficamente estén cerca, en los suburbios industriales de Pensilvania o en las ciudades mediana de Nevada o en norte de Florida.

Y allí, en regiones que muchas veces prefirieron a los demócratas, votaron masivamente por el hombre de la gran ciudad, el millonario que siempre se codeó con celebridades pero que supo potenciar su enojo y canalizar sus quejas, a pesar de que fuera con un discurso de odio.

Ellos están en el corazón industrial de Estados Unidos, en el que ve cómo el país pasa a una economía de servicios, o en el interior rural, que ve cómo las costas se alejan cada vez más de la mano de la desigualdad.

No son los ciudadanos más pobres del país –eso queda para las minorías-.

Sus ingresos fueron destrozados por la gran crisis de 2008, el crac que tanto cambió al mundo y todavía lo hace sufrir. Pero, con la lenta remontada económica, se recuperaron de a poco.

Lo que para ellos no se restauró fue la esperanza. Nostálgicos de una seguridad laboral y de un status económico que podría no volver, se sienten marginados de la reconversión de Estados Unidos. La economía fue precisamente, según los bocas de urna, su mayor preocupación a la hora de elegir.

Están en estados que Obama ganó fácilmente en 2012 y ayer se volcaron por Trump: Ohio, Pensilvania, Wisconsin, Iowa.

Allí, votaron silenciosa pero masivamente, igual que lo hicieron sus primos del otro lado del Atlántico, los británicos que en junio pasado sorprendieron al mundo al votar por la salida de su país de la Unión Europea.

Esa rebelión de la clase blanca trabajadora no es sólo norteamericana, es occidental.

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