En defensa de la democracia

Félix V. Lonigro
Félix V. Lonigro PARA LA NACION
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11 de noviembre de 2016  

Para algunos, peligrosamente inestable para conducir la primera potencia del mundo, xenófobo, machista, soberbio, impredecible e intolerante. Para otros, franco, sincero, directo, audaz y exitoso. Lo cierto es que la elección de Donald Trump como nuevo presidente de Estados Unidos recupera para el análisis académico una vieja y apasionante discusión: ¿es útil la democracia como sistema de gobierno para asegurar el bienestar de la gente y el progreso de las naciones?

Alguna vez dijo Winston Churchill que "la democracia es la peor forma de gobierno, excepto por todas las otras formas que han sido probadas de vez en cuando". Con esta irónica frase, el ex primer ministro británico daba a entender que, con todas sus imperfecciones, no hay mejor régimen de gobierno que el democrático.

Es tan mayoritaria la preferencia de los países por el sistema de gobierno democrático que resulta irresistible la tentación de asignarle todo tipo de cualidades políticamente sanadoras. No hay más que recordar al ex presidente Alfonsín cuando, en 1983, decía que con la democracia se come, se cura y se educa. Era una excelente retórica formulada en una época en la que se necesitaba devolver al país su mística democrática, pero constituyó un error de concepto, porque quienes facilitan el alimento, la salud y la educación son los gobernantes, cuyos fracasos no pueden ni deben ser imputados al sistema.

El fundamento de la democracia radica en aceptar que la población es titular del poder de mandar (poder político), pero al ser imposible que millones de "titulares" de ese poder tomen decisiones, se torna indispensable transferirlo a unos pocos, quienes al recibirlo, adquieren legitimidad democrática de origen y se convierten en representantes del resto. Se supone que esos gobernantes deben conducir los destinos del conjunto con el objetivo de lograr el bienestar de sus representados, motivo por el cual el destinatario del voto no sólo es democrático por haber sido elegido, sino también en la medida en que gobierne para beneficiar a sus mandantes.

Pues, como se advierte, la democracia no asegura la felicidad de los pueblos, sino que simplemente funciona como un escenario que le permite a la gente elegir a sus representantes, de modo tal que el bienestar y el progreso de un país no dependen tanto del sistema, sino de sus actores: gobernantes y gobernados. De los primeros, porque son quienes mandan y gestionan; de los segundos, porque son quienes eligen a los primeros.

En el contexto de la democracia, el pueblo puede acertar o equivocarse al elegir, y los gobernantes pueden acertar o equivocarse al gobernar. Lo importante es que el titular del poder pueda tener la posibilidad de rectificar el rumbo en una nueva instancia electoral, siendo ésta la gran bondad del sistema, inexistente en las autocracias y dictaduras.

De cualquier modo, como no todos los individuos tienen los mismos criterios para elegir a sus representantes, en democracia la voluntad del pueblo es la de la mayoría. Pues aquí también aparece ilustrativa otra frase de Winston Churchill: "La democracia es la necesidad de inclinarse de cuando en cuando ante la opinión de los demás". La frase podría completarse de la siguiente forma: "Aunque los demás, constituyendo mayoría, se equivoquen profundamente", tal como a mi juicio acaba de ocurrir en los Estados Unidos.

Profesor de derecho constitucional

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