La selección dejó de ser una isla

Román Iucht
Román Iucht MEDIO:
Otra inquietante actuación argentina
Otra inquietante actuación argentina Fuente: AFP
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11 de noviembre de 2016  • 12:04

Ya está. Se acabó. La idea milagrosa de una selección argentina blindada de los problemas estructurales del fútbol argentino no existe más. Durante algo más de 4 años la combinación de jerarquía y destreza de los jugadores, sumado al profesionalismo y liderazgo de los entrenadores, logró mantenerla a salvo de la crisis que desde esa combinación de miseria, anarquía y egoísmo se llevó puesto todo.

El orgullo de pelear hasta el final tres campeonatos seguidos, porque el segundo puesto no es un simple consuelo para tontos, ahora forma parte del pasado. La hemorragia putrefacta que se derrama desde las bases organizativas, terminó salpicando a la única joya que quedaba brillante.

¿Por qué debería ser distinto? ¿Por qué el seleccionado tendría que haber sido la excepción?

Si el entrenador saliente renunció, producto del semi- golpe de estado dirigencial al que fue sometido. Si el nuevo llegó luego de una lamentable secuencia de negativas, entendibles en el contexto de semejante caos y casi como un descarte. Si el fútbol juvenil estuvo acéfalo durante un año y su patética expresión quedó reflejada en los Juegos Olímpicos. Si la dirigencia actual “normaliza” poco y mantiene viejos vicios conectados con el desorden y el personalismo. Si los que miran desde afuera con “la ñata contra el vidrio” sólo son máquinas de impedir, cuyo único interés son los millones de la televisión para maquillar su descontrol en el manejo de los clubes y perpetuarse en sus cargos. Si buena parte de la prensa se divide entre los simplistas o demagogos capaces de razonar y difundir que si Grondona estuviera vivo el presente sería mejor, o los que critican ahora lo que silenciaron durante décadas.

¿Desde qué lugar podríamos esperar algo mejor del seleccionado argentino?

Lo visto ante Brasil fue tan cristalino que no hace falta ser un erudito para entenderlo.

Un equipo que no es tal. Una suma de individualidades que sin un plan de juego se movilizan anárquicamente por el campo, con la mochila de la frustración cada vez más pesada. Esos cracks europeos de acero, se vuelven terrenales y con todas las heridas abiertas cada vez que se calzan la camiseta celeste y blanca, al punto de no poder siquiera competir ante un rival que se transformó para encontrar nuevos nombres y respuestas. Sin una idea madre, los arrestos individuales se vuelven una caricatura. Sin decisiones de peso la imagen del líder se derrite en pocos partidos. Sin fortaleza colectiva hasta el mejor se hace común.

Problemas de funcionamiento. Fragilidad anímica. Fracasos individuales. Todo suma, o si se prefiere, todo resta.

En pocos días estará la chance de ganar y volver a la pelea, porque la única buena noticia es que a pesar de todo, la tabla le da vida a un equipo extraviado. Hasta el martes será cuestión de reparar los daños y buscar una sonrisa transitoria. Después habrá que cambiar todo de raíz. Los resultados son la punta del iceberg. El espejo devuelve imágenes tristes pero no miente. Aunque algunos no se hayan dado cuenta, la selección dejó de ser una isla y es parte del continente del fútbol argentino.

Y ese es el verdadero problema.

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