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Un pianista en el reino de las libertades

Pablo Kohan
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22 de noviembre de 2016  

Nazzareno Carusi (piano) / Programa: sonatas de Domenico Scarlatti y piezas del segundo libro de Años de pereginación, de Liszt / Nuova harmonia / Teatro coliseo / Nuestra opinión: muy bueno.

Aun antes de comenzar, ya resultaba interesante el extraño programa que Nazzareno Carusi había concebido para su recital en el Teatro Coliseo. Una primera parte para recrear sonatas de Scarlatti y una segunda para pasearse por algunas de las piezas que Liszt escribió a partir de algunas de sus muchas vivencias italianas. Y en ambas partes de este concierto, Carusi se reveló como un auténtico pianista italiano, una categoría muy lábil y, por supuesto, más que imprecisa, pero que se revela como apropiada en el momento de apreciar cómo leyó unas y otras.

Scarlatti compuso más de medio millar de sonatas para clave que son una fuente milagrosa de bellezas, saberes y experimentaciones. Sus sonatas bitemáticas, dos de las cuales fueron incluidas en la muy atractiva suite que pergeñó Carusi, son un prodigio de la invención y la creatividad, antecedentes de un clasicismo que late sorprendente dentro de su obra. Carusi enhebró siete sonatas cuya conexión y continuidad se establecieron sobre una lógica tonal, en tanto que el interés y el equilibrio musicales se asentaron en los contrastes y la variedad.

Con todo, más allá de la sapiencia y el buen gusto en la elección de las sonatas, lo más llamativo fue su modo de interpretarlas. Llevar al piano la música pensada para el clave es, en sí mismo, un mundo de variantes infinitas, todas dentro de ciertos parámetros estrictamente barrocos. Lejos de ese paradigma de equilibrios y mesuras, Carusi exhibió un trato pianístico sumamente desprejuiciado, con algunos exabruptos y con algunas libertades extremas en el momento de establecer el tempo y su regularidad. Lo más increíble es que esos casi exotismos funcionaron maravillosamente bien.

Si Scarlatti es un compositor que escapa a las taxonomías (un italiano que en su madurez residió en Portugal y en España no tiene casi puntos de contacto con Bach, Couperin o Handel), es lícito aceptar que puede ser interpretado de muchas maneras. Con una técnica impecable y una digitación pulcra hasta el último detalle, Carusi exageró algunos tempi, destacó con claridad contrapuntos que realzan las texturas, atenuó la intensidad de los pasajes de velocidad en el registro agudo, al tiempo que destacaba los bajos que los sostienen y no dejó de ornamentar y colorear las repeticiones, una rutina muy propia de aquel tiempo y que pocos pianistas ponen en práctica. Así, las sonatas de Scarlatti, italianas y mediterráneas, lucieron más teatrales, más emocionales, muy cambiantes y, al mismo tiempo, estrictamente barrocas. Puede resultar riesgoso caracterizar este tipo de lectura como italiana, pero, sin lugar a dudas, ninguno de los fantásticos pianistas no italianos que tocan Scarlatti ofrece este tipo de aproximación.

Y lo que fue virtud en la música de Scarlatti no lo fue cuando hubo que traer a Liszt a la vida. Del segundo libro de los Años de peregrinación, Carusi eligió "Sposalizio della Vergine", "Il penseroso", "Canzonetta del Salvator Rosa" y "Dopo una lettura di Dante". Lejos de cualquier patrón formal conocido, las cuatro son piezas de altísima singularidad, verdaderas meditaciones pianísticas en voz alta. Carusi, nuevamente con una solvencia invulnerable, las acometió agregándoles más dramatismo aún, con cambios sorpresivos de intensidad y velocidad, con acentuaciones desmedidas y silencios prolongados y con ciertas sobreactuaciones que tornaron casi empalagosa una música que, de por sí, ya tiene toda su teatralidad. Tal vez hubiera sido preferible prescindir de esas sobreactuaciones y, en su lugar, apelar a otros colores y otros toques.

En el final, luego de los aplausos, Carusi, con la misma lectura ¿italiana? que había aplicado a Scarlatti y a Liszt, tocó un arreglo propio del tema principal de la película Novecento, de Ennio Morricone.

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